El dia anterior, en un momento en que el garaje estaba tranquilo, Ogilvie habia inspeccionado el automovil en su cochera detras del pilar. Decidio que si podia obtener el faro adecuado, el mismo podria hacer una reparacion momentanea.

Sopeso el riesgo de comprar un faro de repuesto al unico representante del «Jaguar» en Nueva Orleans y rechazo la idea. Aun cuando la Policia todavia no estaba enterada (por lo que Ogilvie sabia) de la marca del coche que buscaban, dentro de uno o dos dias lo sabrian cuando se identificaran los vidrios rotos. Si compraba un faro para «Jaguar» ahora, se podria recordar con facilidad en los interrogatorios que se hicieran, y enterarse de la compra. Habia acabado por comprar una unidad sellada americana corriente en un negocio de auto-servicio de repuestos de automoviles. Su inspeccion visual del automovil le indico que podria servir. Ahora se disponia a probarlo.

Conseguir la lampara habia sido una cosa mas, en un dia muy ocupado, que habia dejado al detective del hotel satisfecho y un poco intranquilo. Tambien estaba fisicamente cansado; mal comienzo para el largo viaje hacia el norte que lo aguardaba. Se consolaba pensando en los veinticinco mil dolares, diez mil de los cuales, como estaba convenido, recibio esa tarde de la duquesa de Croydon. Habia sido una escena tensa y fria, la duquesa con los labios apretados y formal; Ogilvie, sin importarle nada, con codicia habia metido la pila de billetes en una cartera. A su lado el duque se movia borracho, con los ojos nublados, casi sin darse cuenta de lo que sucedia.

El pensamiento del dinero le dio una sensacion de calor. Ya lo habia puesto a buen recaudo y solo llevaba doscientos dolares encima… una precaucion por si algo salia mal durante el viaje.

Su contrastante inquietud tenia dos causas. Una, era saber las consecuencias que tendria que sufrir si no podia sacar el «Jaguar» de Nueva Orleans sin ser visto, y luego de Luisiana, Mississippi, Tennessee y Kentucky. La segunda era el enfasis que puso Peter McDermott en la necesidad de que Ogilvie permaneciera a mano en el hotel.

El robo de la noche anterior, y la posibilidad de que hubiera un ladron profesional trabajando en el «St. Gregory», no podia haber ocurrido en peor momento. Ogilvie habia hecho cuanto habia podido. Advirtio a la Policia de la ciudad, y los detectives habian entrevistado al huesped robado. El personal del hotel, incluyendo los otros detectives a sus ordenes, estaban alerta, y el segundo de Ogilvie habia recibido instrucciones sobre lo que tenia que hacer en cualquier contingencia. Sin embargo, Ogilvie sabia que era el quien debia estar ahi para dirigir las operaciones personalmente. Cuando manana, McDermott se enterara de su ausencia, era casi seguro que habria un revuelo de primer orden. Al final no importaria, porque McDermott, y los otros que se le parecian, vendrian y se irian, mientras que Ogilvie, por razones solo conocidas por el y por Warren Trent, seguiria en su puesto. Pero tendria el efecto (que el jefe de detectives queria evitar sobre todas las cosas) de llamar la atencion sobre sus movimientos en los dias siguientes.

Solo en una forma el robo y sus consecuencias habian resultado utiles. Le habian dado una razon valedera para visitar con frecuencia el Departamento de Policia, donde pregunto con aire distraido por los progresos hechos en la busqueda del automovil homicida. Se entero de que la atencion de la Policia seguia concentrada en el caso, con todo el personal alerta para cualquier indicio. En el States-Item de esa tarde la Policia habia hecho una nueva apelacion al publico para que informara de la presencia de cualquier coche con averias en los guardabarros o faros. Habia sido bueno tener la informacion, pero tambien hacia que las posibilidades fueran menores de conseguir sacar el «Jaguar» sin ser advertido. Ogilvie sudaba un poco cuando pensaba en ello.

Habia llegado al final del tunel y estaba en el subsuelo del garaje escasamente iluminado y tranquilo. Ogilvie titubeo, sin saber si dirigirse directamente al coche de los Croydon, algunos pisos mas arriba, o a la oficina del garaje, donde estaba de servicio el sereno. Decidio que seria prudente visitar la oficina primero.

Con trabajo, respirando con pesadez, subio dos pisos por la escalera de hierro. El sereno, hombre viejo y oficioso llamado Kulgmer estaba solo en un cubiculo muy iluminado, cerca de la rampa que daba a la calle. Dejo a un lado el diario vespertino cuando se acerco el jefe de detectives.

– Queria hacerle saber que pronto voy a sacar el coche del duque de Croydon. Esta colocado en la cochera 371. Le estoy haciendo un favor.

Kulgmer fruncio el ceno:

– No se si puedo dejar que haga eso, mister O., si no tengo una autorizacion.

Ogilvie mostro la nota de la duquesa de Croydon, escrita por la manana a peticion suya.

– Supongo que es lo que usted necesita.

El sereno leyo las palabras con cuidado, luego doblo el papel:

– Me parece bien.

El detective estiro su mano regordeta para tomar la nota.

Kulgmer movio la cabeza:

– Tendre que conservar esto. Para cubrirme en caso necesario.

El gordo se encogio de hombros. Hubiera preferido llevarse la nota, pero insistir significaba levantar una sospecha, destacando el incidente, que de otra manera podria ser olvidado. Hizo un ademan hacia la bolsa de papel:

– Subire a dejar esto. Sacare el coche dentro de dos horas.

– Como quiera, mister O. -El sereno volvio a su diario.

Minutos despues, acercandose a la cochera 371, Ogilvie miro a su alrededor con aparente indiferencia. La plaza de estacionamiento de cemento y techo bajo, si bien ocupada en un cincuenta por ciento por coches, permanecia en silencio y desierta. Los peones del garaje del turno de la noche estaban sin duda alguna en su vestuario en el piso principal, aprovechando la calma para echar un sueno o jugar a las cartas. Pero era necesario trabajar de prisa.

En el rincon, al abrigo del «Jaguar» y de la pantalla parcial que formaba la columna, Ogilvie vacio la bolsa de papel y saco el faro, un destornillador, pinzas, hilo electrico y cinta negra aislante.

Los dedos, a pesar de su aparente lentitud se movian con suma destreza. Usando guantes para proteger las manos, retiro los remanentes del vidrio roto. Solo le llevo un momento descubrir que el faro de repuesto se ajustaria bien al «Jaguar», pero las conexiones electricas no. Ya habia previsto eso. Trabajando ligero usando las pinzas, el cable y la cinta aislante, hizo una conexion rustica pero efectiva. Con otro cable aseguro el artefacto en su lugar, rellenando con un carton, que saco de los bolsillos, el espacio que habia dejado el aro perdido. Cubrio esto con cinta aislante negra, pasandola por dentro y sujetandola por atras. Era un trabajo chapucero que podia ser muy facilmente advertido a la luz, pero adecuado para la oscuridad. Le habia llevado casi quince minutos. Abriendo la portezuela del lado del conductor, encendio las luces de los faros. Ambos se encendieron.

Emitio un grunido de alivio. En el mismo instante, desde abajo, llego el agudo staccato de una bocina y el rugido de un coche que aceleraba. Ogilvie quedo helado. El ruido del motor se aproximaba, magnificado su sonido por las paredes de cemento y los techos bajos. Luego, abruptamente, los faros se encendieron iluminando la rampa hacia el piso de arriba. Se oyo el chirrido de las cubiertas, el motor se detuvo, y la puerta golpeo. Ogilvie aflojo su tension. Sabia que el muchacho utilizaria el ascensor para bajar.

Cuando vio que los pasos retrocedian, volvio a poner sus herramientas y materiales en la bolsa de papel, junto con los fragmentos del faro original. Puso la bolsa a un lado para llevarsela despues.

Al subir habia observado una pequena habitacion de articulos de limpieza, en el piso de abajo. Utilizando la rampa bajo.

Como habia esperado, habia un equipo de limpieza dentro y eligio una escoba, pala y un balde. Lleno el balde hasta la mitad con agua caliente y tomo un trapo. Escuchando con cuidado los ruidos de abajo, espero a que pasaran dos automoviles, y luego de prisa volvio al «Jaguar».

Con la escoba y la pala, Ogilvie limpio con prolijidad alrededor del coche. No debian quedar fragmentos de vidrio identificables para que la Policia comparara con los de la escena del accidente.

No tenia mucho tiempo. Cada vez estaban llegando mas automoviles al estacionamiento. Dos veces durante la limpieza se habia interrumpido por temor a ser visto, sin respirar cuando uno de los automoviles se metio en una cochera en el mismo piso, a pocos metros del «Jaguar». Felizmente, el muchacho que lo traia no se molesto en mirar en derredor, pero era una advertencia para que se apresurara. Si un peon lo veia y se acercaba, significaria curiosidad y preguntas, que repetiria abajo. La explicacion de su presencia, que Ogilvie habia dado al sereno, parecia poco convincente. No solo eso, la probabilidad de huir hacia el Norte sin ser descubierto dependia de no dejar, en lo posible, ninguna huella.

Quedaba otra cosa por hacer. Tomando el trapo mojado en agua caliente, limpio con cuidado la parte danada del guardabarros del «Jaguar» y la superficie adyacente. Cuando retorcio el trapo, vio que el agua, que habia estado

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