garaje. De hecho, tenian tres, como comprobe al rodear la propiedad junto a German.
– Me alegro de que haya podido unirse a nosotros, Oscar.
Se detuvo frente a la tercera puerta del garaje, un cobertizo del tamano de una pequena casa cubierto de hiedra. La palanca de la puerta chirrio al abrirse. Una nube de polvo inundo el interior en tinieblas. Aquel lugar tenia el aspecto de haber estado cerrado veinte anos. Restos de una vieja motocicleta, herramientas oxidadas y cajas apiladas bajo un manto de polvo grueso como una alfombra persa.
Vislumbre una lona gris que cubria lo que debia de ser un automovil.
German asio una punta de la lona y me indico que hiciese lo propio.
– ?A la de tres? pregunto.
A la senal, ambos tiramos con fuerza y la lona se retiro como el velo de una novia. Cuando la nube de polvo se esparcio en la brisa, la tenue luz que se filtraba entre la arboleda descubrio una vision.
Un deslumbrante Tucker de los anos cincuenta color vino y de llantas cromadas dormia en el interior de aquella caverna. Mire a German, atonito. El sonrio, orgulloso.
– Ya no se hacen coches asi, amigo Oscar.
– ?Arrancara? -pregunte, observando aquella pieza de museo, segun mi apreciacion.
– Esto que ve usted aqui es un Tucker, Oscar. No arranca; cabalga.
Una hora mas tarde nos encontrabamos cincelando la carretera de la costa. German iba al volante, pertrechado con su atavio de pionero del automovilismo y una sonrisa de loteria. Marina y yo viajabamos a su lado, delante. Kafka tenia para el todo el asiento trasero, donde dormia placidamente. Todos los coches nos adelantaban, pero sus ocupantes se giraban a contemplar el Tucker, con asombro y admiracion.
– Cuando hay clase, la velocidad es una minucia -explicaba German.
Estabamos ya cerca de Blanes y yo seguia sin saber adonde nos dirigiamos. German estaba absorto en el volante y no quise romper su concentracion. Conducia con la misma galanteria que le caracterizaba en todo, cediendo el paso hasta a las hormigas y saludando a ciclistas, transeuntes y motoristas de la guardia civil. Pasado Blanes, una senal nos anuncio la villa costera de Tossa de Mar. Me volvi a Marina y ella me guino un ojo. Se me ocurrio que quizas ibamos al castillo de Tossa, pero el Tucker bordeo el pueblo y tomo la angosta carretera que, siguiendo la costa, continuaba hacia el norte.
Mas que una carretera, aquello era una cinta suspendida entre el cielo y los acantilados que serpenteaba en cientos de curvas cerradas. Entre las ramas de los pinos que se aferraban a empinadas laderas se podia ver el mar extendido en un manto de azul incandescente. Un centenar de metros mas abajo, decenas de calas y recodos inaccesibles trazaban una ruta secreta entre Tossa de Mar y la Punta Prima, junto al puerto de Sant Feliu de Guixols, a una veintena de kilometros.
Al cabo de unos veinte minutos, German detuvo el coche al borde de la carretera. Marina me miro, senalando que habiamos llegado. Bajamos del coche y Kafka se alejo hacia los pinos, como si conociese el camino. Mientras German se aseguraba de que el Tucker estuviese bien frenado y no se fuese ladera abajo, Marina se acerco a la pendiente que caia sobre el mar.
Me uni a ella y contemple la vision. A nuestros pies una cala en forma de media luna abrazaba una lengua de mar verde transparente. Mas alla, la hondonada de rocas y playas dibujaba un arco hasta la Punta Prima, donde la silueta de la ermita de Sant Elm se alzaba como un centinela en lo alto de la montana.
– Anda, vamos -me animo Marina.
La segui a traves de los pinos.
La senda cruzaba la propiedad de una antigua casa abandonada que los arbustos habian hecho suya. Desde alli, una escalera horadada en la roca se deslizaba hasta la playa de piedras doradas. Una bandada de gaviotas alzo el vuelo al vernos y se retiro a los acantilados que coronaban la cala, trazando una especie de basilica de roca, mar y luz. El agua era tan cristalina que podia leerse en ella cada pliegue en la arena bajo la superficie.
Un pico de roca ascendia en el centro como la proa de un buque varado. El olor del mar era intenso y una brisa con sabor a sal peinaba la costa. La mirada de Marina se perdio en el horizonte de plata y bruma.
– Este es mi rincon favorito del mundo dijo.
Marina se empeno en mostrarme los recovecos de los acantilados.
No tarde en comprender que acabaria rompiendome la crisma o cayendome de cabeza al agua.
– No soy una cabra -puntualice, intentado aportar algo de sentido comun a aquella suerte de alpinismo sin cables.
Marina, ignorando mis ruegos, se encaramaba por paredes lijadas por el mar y se colaba por orificios donde la marea respiraba como una ballena petrificada. Yo, a riesgo de perder el orgullo, seguia esperando que en cualquier momento el destino me aplicase todos los articulos de la ley de la gravedad.
Mi pronostico no tardo en hacerse realidad. Marina habia saltado al otro lado de un diminuto islote para inspeccionar una gruta en las rocas. Me dije que, si ella podia hacerlo, mas me valia intentarlo.
Un instante despues, sumergia mis dos patazas en las aguas del Mediterraneo. Estaba tiritando de frio y de verguenza. Marina me observaba desde las rocas, alarmada.
– Estoy bien -gemi. No me he hecho dano.
– ?Esta fria?
– Que va balbucee. Es un caldo.
Marina sonrio y, ante mis ojos atonitos, se desprendio de su vestido blanco y se zambullo en la laguna. Aparecio a mi lado riendose. Aquello era una locura, en esa epoca del ano. Pero decidi imitarla. Nadamos con brazadas energicas y luego nos tendimos al sol sobre las piedras tibias. Senti el corazon acelerado en las sienes, no sabria decir a ciencia cierta si a causa del agua helada o como consecuencia de las transparencias que el bano permitia dilucidar en la ropa interior empapada de Marina.
Ella advirtio mi mirada y se levanto a buscar su vestido, que yacia sobre las rocas. La observe caminar entre las piedras, cada musculo de su cuerpo dibujandose bajo la piel humeda al sortear las rocas. Me relami los labios salados y pense que tenia un hambre de lobo.
Pasamos el resto de la tarde en aquella cala escondida del mundo, devorando los bocadillos de la cesta mientras Marina relataba la peculiar historia de la propietaria de aquella masia abandonada entre los pinos. La casa habia pertenecido a una escritora holandesa a quien una extrana enfermedad la estaba dejando ciega dia a dia. Sabedora de su destino, la escritora decidio construirse un refugio sobre los acantilados y retirarse a vivir en el sus ultimos dias de luz, sentada frente a la playa, contemplando el mar.
Vivia aqui con la unica compania de Sacha, un pastor aleman, y de sus libros favoritos -explico Marina. Cuando perdio completamente la vista, sabiendo que sus ojos jamas podrian ver un nuevo amanecer sobre el mar, pidio a unos pescadores que solian anclar junto a la cala que se hiciesen cargo de Sacha. Dias mas tarde, al alba, tomo un bote de remos y se alejo mar adentro. Nunca se la volvio a ver.
Por algun motivo, sospeche que la historia de la autora holandesa era una invencion de Marina y asi se lo di a entender.
– A veces, las cosas mas reales solo suceden en la imaginacion, Oscar -dijo ella. Solo recordamos lo que nunca sucedio.
German se habia quedado dormido, el rostro bajo su sombrero y Kafka a sus pies. Marina observo a su padre con tristeza. Aprovechando el sueno de German, la tome de la mano y nos alejamos hacia el otro extremo de la playa. Alli, sentados sobre un lecho de roca alisada por las olas, le explique todo lo sucedido en su ausencia.
No deje detalle, desde la extrana aparicion de la dama de negro en la estacion, a la historia de Mijail Kolvenik y la Velo Granell que me habia explicado Benjamin Sentis, sin olvidar la siniestra presencia en la tormenta aquella noche en su casa de Sarria. Me escucho en silencio, con la mirada perdida en el agua que formaba remolinos a sus pies, ausente.
Permanecimos un buen rato alli, callados, observando la silueta de la lejana ermita de Sant Elm.
– ?Que dijo el medico de La Paz? pregunte finalmente.
Marina alzo la mirada. El sol empezaba a caer y un reluz ambar revelo sus ojos empanados en lagrimas.
– Que no queda mucho tiempo…
