Callie lo miro decepcionada.

– Bueno… Tal vez cuando sea mayor.

Poniendole las manos en sus estrechos hombros, Stephen la miro a los ojos y se esforzo por encontrar las palabras adecuadas.

– Las senoritas decentes y… limpias no van a casas de citas. Nunca.

A Callie se le pusieron los ojos como platos.

– ?Que? ?Quiere decir que es un lugar adonde van las senoritas que no se banan?

– ?Banarse? Eh, bueno, si. Eso.

Callie arrugo su naricita chata.

– Entonces no me veran por alli. Me encanta jugar en la banera. Hayley me deja quedarme hasta que se me empieza a arrugar la piel. -Bajo la mirada y se fijo en la muneca que estaba en la alfombrilla entre ellos dos-. ?Y si acabamos de curar a la senorita Josephine?

Stephen aprovecho la oportunidad y cogio la muneca con el mismo celo con que un perro hambriento corre tras un hueso. Y empezo a coser como si le fuera en ello la vida, rezando por que a Callie no se le ocurriera hacerle mas preguntas.

– Ya esta -dijo el por fin, haciendo un nudo y cortando el hilo con los dientes. Levanto la muneca para que Callie la pudiera inspeccionar. «No esta mal. Nada mal.» Aunque le dolian los dedos, estaba orgulloso de si mismo. «?Y que mas da si los brazos de la muneca estan un poco torcidos y uno es mas largo que otro? La cuestion es que ahora tiene brazos.»

– ?Tiene un aspecto magnifico! -dijo Callie y despues emitio un hondo suspiro. Sus ojos rebosaban gratitud.

Una profunda sensacion de logro y autocomplacencia invadio a Stephen.

– Si, lo tiene. Ahora veamos como esta su ropa. Tal vez ya se haya secado.

Callie fue a buscar el vestidito de la muneca.

– Solo tiene los bordes un poco humedos.

– Perfecto. Sugiero que vistamos a la senorita Josephine y la acostemos.

– Opino lo mismo. Ha tenido una noche agotadora.

Stephen sujeto la muneca mientras Callie le introducia el vestido por la cabeza. Y se lo abrocharon entre los dos.

– Gracias, senor Barrettson -dijo Callie, abrazando a la muneca contra su pecho-. Le ha salvado la vida a la senorita Josephine y siempre le estare agradecida. -Se acerco la muneca al oido y escucho, con los ojos abiertos de par en par. Luego miro a Stephen-. A la senorita Josephine le gustaria darle un beso y un abrazo.

Stephen hinco una rodilla en el suelo enfrente de Callie. Ella acerco la carita de porcelana de la muneca a la mejilla de Stephen e hizo el sonido de un beso.

– Gracias, senor Barrettson -dijo Callie con voz aguda, simulando ser la senorita Josephine-. Le quiero.

A Stephen se le hizo un nudo en la garganta, un nudo que le resulto casi insoportable cuando Callie se abalanzo sobre el, le rodeo el cuello con sus bracitos y lo abrazo con todas sus fuerzas. Al principio, Stephen dudo, pero luego apreto a la pequena contra su pecho, mientras sentia que se le expandia el corazon ante semejante muestra de gratitud. «?Que sensacion tan distinta abrazar a un nino! Distinta, increible y maravillosamente enternecedora.»

– Yo tambien le quiero, senor Barrettson -le susurro en el cuello. Le dio un jugoso beso en la mejilla sacando mucho los labios y luego se retiro y le sonrio, con los ojos brillantes.

«?Maldita sea! Esta nina va a acabar por desmontarme.» Stephen carraspeo y, de algun modo, consiguio esbozar una sonrisa.

– Creo que ya es hora de que tu y la senorita Josephine os vayais a la cama -dijo con voz ronca, embargado por la emocion.

Callie se subio a la cama y Stephen las arropo a ella y a la senorita Josephine. No estaba seguro de haberlo hecho correctamente, pero Callie bostezo inmediatamente y cerro los ojos. Al poco rato, tenia la respiracion profunda y regular propia del sueno.

Stephen se quedo de pie junto a la cama durante varios minutos, observandola. Un halo resplandeciente de rizos oscuros y brillantes rodeaba la preciosa carita de Callie, las pestanas proyectaban sombras en forma de media luna sobre sus regordetas mejillas, y su boquita de pinon parecia robada de un querubin.

«Yo tambien le quiero, senor Barrettson.» «Que Dios me ayude.»

Stephen salio del dormitorio, cerrando silenciosamente la puerta tras el.

Cuando entro en su alcoba, Stephen se fue directo a la garrafa de brandy. «?Estoy perdido! Los habitantes de esta casa van a acabar volviendome loco.» No sabia como habia ocurrido, pero cada uno de ellos se las habian apanado para, de alguna manera, colarse con la habilidad de un experto ladron en su hastiado corazon y robarle un pedacito.

Pero ninguno lo habia logrado tan completamente como Hayley. «?Dios! Ni siquiera creia que tuviera un alma hasta que ella me la desperto con su valiente compasion, su ternura y su afecto.» Ella era un angel que le tentaba mas alla de lo imaginable y le hacia sentir cosas que nunca habia experimentado antes, cosas que ni tan siquiera era capaz de describir, que le estremecian intimamente y le hacian sentir que iba a estallarle el corazon.

Dominado por la inquietud, Stephen se bebio una copa de brandy y volvio a servirse otra enseguida. Era una buena cosa que tuviera que abandonar pronto la casa de los Albright. Se habia implicado demasiado con aquella gente, en sus vidas y sus problemas. No podia permitir que le importaran.

No. Era demasiado tarde.

«?Maldita sea! Ya me importan. Todos ellos.»

Intento alejar sus pensamientos del rato que acababa de pasar con Callie, pero no lo consiguio. No sabia absolutamente nada sobre ninas pequenas, pero, cuando la encontro llorando por su querida muneca, noto que estaba a punto de partirsele el corazon. Si hubiera sido necesario, habria luchado contra dragones para que la pequena volviera a sonreir.

Y lo habia conseguido. Bajo la mirada y contemplo sus dedos doloridos y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Por lo menos no «le habia salido» un tatuaje. «?Dios mio! Que hermosura de nina. Tan abierta, sincera e inocente.» «Yo tambien le quiero, senor Barrettson.»

Nadie le habia dicho antes aquellas palabras. Ni su madre, ni su padre, ni su hermana, ni ninguna de sus numerosas amantes. Nadie. Lo cierto era que el nunca habia concedido ninguna importancia a aquellas tres breves palabras hasta que las habia oido en boca de una nina de seis anos que lo miraba con ojos brillantes y llenos de admiracion, unos ojos que eran un duplicado exacto de los de su hermana mayor. «Que extraordinario que una nina tan pequena haya experimentado el amor cuando yo, alguien que se supone que lo tiene todo, no lo ha hecho nunca.»

Stephen dio un buen trago al brandy, el fuerte licor le dejo un ardiente rastro de camino al estomago. Fuera como fuese, tenia que dejar de pensar en Hayley. Pero, por mucho que lo intentaba, no podia alejar sus pensamientos de ella. Recordo el rato que habian pasado a solas la noche anterior; Hayley entregada y temblorosa entre sus brazos, experimentando su primer extasis pasional. La sedosa textura de su piel, con olor a rosas, la aterciopelada calidez de su feminidad contrayendose alrededor de sus dedos, sus suspiros de placer, la caricia de sus labios…

Dentro de cuarenta y ocho horas estaria de vuelta en Londres, fuera de la vida de Hayley. Se le revolvieron las tripas solo de pensarlo y sintio un dolor que no se atrevio a nombrar. ?Maldita sea! Aquella mujer se le habia metido debajo de la piel y no sabia como sacarsela de alli. Tenia que marcharse, por el bien de los dos.

Musitando con rabia una obscenidad, cogio la garrafa de brandy, se sirvio otra copa y se hundio en la butaca orejera que habia enfrente de la chimenea con un sonoro suspiro.

Casi eran las cuatro de la madrugada. Se bebio el brandy y volvio a llenarse la copa.

?Acabaria aquella noche alguna vez?

Hayley estaba tumbada sobre un costado, con los ojos como platos, mirando fijamente el vestido que colgaba de su armario abierto, pensando en el hombre que se lo habia regalado.

Stephen.

Emitiendo un hondo suspiro, cerro los ojos y dibujo mentalmente su atractivo rostro. Casi podia oler su

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