La mirada de Stephen descendio al torso de Hayley. Efectivamente, el corpino era escotado, pero no exagerado ni indecente. De hecho, aquel escote era incluso moderado en comparacion con los que llevaban las mujeres de la ciudad.

La piel color crema de Hayley resplandecia bajo la muselina azul claro, y el contorno de sus enhiestos senos cautivo la vista de Stephen. El deseaba con todas sus fuerzas palpar aquellas tentadoras curvas, y solo una considerable determinacion le impidio hacerlo.

– Es perfecto -le aseguro, con voz ronca, intentando contener el deseo-. Pareces un angel.

– Me encantan los pensamientos. Le dan un toque de elegancia.

– Si, ya sabes, «ocupas mis pensamientos». -«Como has hecho tu desde la primera vez que te vi», penso.

– ?Estamos listos para salir? -pregunto Pamela desde el otro extremo de la habitacion.

– Por supuesto -dijo Stephen forzandose a apartar la vista de Hayley. Ofrecio un codo a cada una de sus dos acompanantes y las condujo hasta la calesa que les estaba esperando. Grimsley sostuvo las riendas mientras Stephen ayudaba a las damas a acomodarse. Luego tomo asiento entre ellas y cogio las riendas. La calesa estaba pensada para dos pasajeros, de modo que los tres se tuvieron que apretujar, muslo con muslo, en el asiento. Stephen nunca habia conducido un vehiculo semejante, y cruzo los dedos para que no se notara su falta de experiencia. Puso la calesa en movimiento y deseo lo mejor.

Hayley entro en la elegante casa senorial de Lorelei Smythe con el corazon latiendole fuertemente en senal de anticipacion. La forma en que Stephen la habia mirado, y la seguia mirando, con aquellos ojos verdes oscuros y tormentosos y aquella mirada tan calida e irresistible, le dificultaba la respiracion.

Las fiestas siempre le habian dado pavor. Las pocas a las que habia asistido no le habian aportado nada mas que malos ratos y un gran apuro. Era demasiado alta, nadie le pedia para bailar y su ropa siempre parecia pasada de moda.

Pero aquella noche era diferente. Aquella noche se sentia como una princesa. Llevaba un vestido precioso, y el hombre mas apuesto y maravilloso del mundo era su acompanante.

– Hayley y Pamela -dijo Lorelei en tono de afectacion mientras les tendia la mano-. ?Como me alegra verlas! ?Y, senor Barrettson, que divino que tambien haya venido! -dirigio a Pamela una mirada superficial y luego clavo los ojos en Hayley-. ?Santo Dios! ?Que vestido tan precioso, Hayley! -exclamo mientras tomaba nota de todos los detalles de su aspecto-. Creo que nunca la habia visto tan elegante. -Colando sigilosamente el brazo del codo de Stephen, con un inequivoco gesto de posesion, prosiguio-: Hayley suele vestir de marron oscuro y se lava con agua de lago. Seria bastante escandaloso si todo el mundo no estuviera acostumbrado a sus… excentricidades. Ahora, permitame que le presente a mis otros invitados, senor Barrettson. -Luego se dirigio a Pamela y a Hayley-. ?Me disculpan, por favor? -Y pegandose todavia mas a Stephen lo guio hacia la entrada del edificio.

– No soporto la forma en que te trata esa mujer -susurro Pamela a Hayley visiblemente enfadada-. Me gustaria borrar esa mirada arrogante y suficiente de su cara. ?Como se atreve a llevarse a tu senor Barrettson de ese modo? ? Por que…?

– Pamela, no es mi senor Barrettson -le susurro Hayley al oido mientras intentaba dominar los celos que le empezaban a corroer. La vision de las manos de Lorelei encima de Stephen le desperto el imperioso deseo de romper algo, tal vez las horrendas figuras pastorales de porcelana que habia sobre una lujosa mesita de cerezo.

Pero tenia que pensar en Pamela, de modo que se quito la idea de la cabeza. Conteniendose, le dijo:

– Deja de poner mala cara, Pamela, Marshall nos acaba de ver y se dirige hacia aqui.

– Senorita Hayley, senorita Pamela -dijo Marshall en cuanto llego hasta ellas. Hizo una reverencia a la primera y anadio-: Esta preciosa esta noche, senorita…

– Gracias, Marshall.

Marshall se volvio hacia Pamela, y Hayley le vio tragar saliva con dificultad.

– Y usted esta francamente… hermosa. -Le hizo una reverencia formal y luego ofrecio sendos codos a ambas hermanas-. ?Me permiten que las acompane?

– ?Quizas Hayley me concederia ese placer? -pregunto una voz grave detras de Hayley.

Hayley se volvio para encontrarse cara a cara con Jeremy Popplemore. El le sonrio cordialmente, y Hayley le devolvio la sonrisa. No le guardaba rencor y, si el queria que fueran amigos, ella no tenia ningun inconveniente.

– Buenas noches, Jeremy. Es muy amable de tu parte, pero Marshall…

– Me temo que ya ha entrado con tu hermana en el salon -dijo Jeremy en tono jocoso. Le ofrecio su codo-. ?Me concedes el honor?

Con pocas opciones entre las que elegir, Hayley apoyo sin demasiado entusiasmo su enguantada mano en el brazo de Jeremy y permitio a este que la acompanara hasta el salon donde tenia lugar la recepcion. Moquetas de Axminster cubrian los suelos de marmol pulido, y habia elegantes mesas de madera de cerezo y caoba que realzaban la media docena de sofas de brocado. Debia de haber unas cuarenta personas en el inmenso salon, reunidas en corrillos, tomando vino de Madeira o ponche servidos por los mayordomos.

– Estas preciosa esta noche, Hayley -le dijo Jeremy, repasandola con la mirada y deteniendose en el escote-. Realmente encantadora.

Hayley no pudo evitar que se le escapara la risa.

– Gracias, Jeremy, aunque debo admitir que todo el que me lo dice lo hace con una expresion de asombro en el rostro. Debo de estar bastante horrorosa la mayor parte del tiempo.

Jeremy inclino la cabeza hacia atras y se rio.

– En absoluto, querida -le aseguro, volviendola a repasar con la mirada-. En absoluto.

En el otro extremo del salon, Stephen oyo la risa de Jeremy Poppleport [9]. Habia observado disimuladamente como aquel hombre entraba con Hayley en el salon y luego el modo en que la devoraba con los ojos. Stephen conocia demasiado bien el significado de aquella mirada. Era la mirada de un hombre a quien le gustaba lo que veia, que lo deseaba.

Los dedos de Stephen se apretaron contra la base de la copa de vino que tenia en la mano. Lucho con todas sus fuerzas para no dejarse llevar por el deseo de aporrear a Poppledink hasta convertirlo en polvo. Y, para empeorar todavia mas las cosas, Lorelei Smythe volvia a estar a su lado, cada vez mas pegada a el e intentando conducirlo hacia un intimo rincon del salon. Se habia dejado guiar por ella al principio porque le habia cogido desprevenido y no queria ser grosero con la gente con la que se relacionaba Hayley y su familia. Pero ya habia decidido que iba a darle a aquella pesada exactamente dos minutos mas de su tiempo y luego prescindiria de tan molesta compania.

– ?Le gusta mi casa, senor Barrettson? -le pregunto Lorelei cuando se encontraban en una relativa intimidad cerca de las ventanas.

El ni siquiera se habia fijado en el color de las paredes.

– Si. Es preciosa, senora Smythe.

– Llameme Lorelei. Mi marido, que en paz descanse, me compro esta casa varios anos antes de su muerte prematura.

– Le acompano en el sentimiento -musito Stephen, con la atencion puesta en la pareja que habia en el otro extremo del salon.

– Oh, ya hace dos anos de su muerte -dijo haciendo un gesto con la mano para quitarle importancia-. Ya tengo el luto bastante superado.

Stephen se forzo a mirarla directamente. Era innegablemente atractiva, con cabello marron claro y avispados ojos castanos rebosantes de sensualidad. Su cuerpo era exuberante, un hecho patentizado por sus voluptuosos senos, insinuantemente comprimidos contra el brazo de Stephen, y la pasmosa cantidad de carne que le sobresalia por encima del escote. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que probablemente Stephen habria mostrado por ella el mismo interes que ella demostraba por el, y la noche habria culminado en un encuentro sexual mutuamente satisfactorio.

Pero las cosas habian cambiado.

Stephen miraba a Lorelei Smythe de forma desapasionada, experimentando nada mas que una ligera molestia ante sus empalagosas atenciones. Estaba tenso y aburrido, y no habia nada que le apeteciera mas

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