casa. Solo necesito saber si usted se encargara de que Pamela llegue a casa sana y salva.
– Te acompano -dijo Pamela enseguida, visiblemente preocupada.
Hayley se volvio hacia Pamela y le cogio las manos.
– Por favor -imploro-, quiero que disfrutes de la fiesta. Pero yo debo irme. -Su voz se convirtio en un angustiado susurro-. Debo irme. -«Ahora. Inmediatamente. Antes de que me ponga a llorar y haga el ridiculo.»
– Te acompano hasta la puerta -dijo Pamela, tomando a Hayley del brazo. Anduvieron hasta el vestibulo, donde esperaron a que el lacayo les trajera la calesa.
– Se lo que te molesta tanto, Hayley. Ya he visto como esa insoportable coquetea descaradamente con el senor Barrettson. Pero eso no significa que el…
– Estan fuera, en el jardin, juntos -dijo Hayley con un susurro entrecortado.
– Oh, Hayley. -Pamela la rodeo con ambos brazos y le dio un fuerte abrazo. Hayley casi sonrie cuando oyo decir a su hermana una palabrota de la cosecha de Winston.
– Disfruta de la compania de Marshall -dijo Hayley, separandose de Pamela-Quiero que manana me lo cuentes todo con pelos y senales.
El lacayo anuncio la llegada de la calesa, y Hayley se dirigio rapidamente hacia la puerta de salida. Se subio al asiento, cogio las riendas y partio como alma que lleva el diablo. No permitio que le cayeran las lagrimas hasta que estuvo lejos de la casa de Lorelei Smythe.
– ?Donde esta Hayley? -pregunto Stephen a Pamela casi media hora mas tarde.
Habia salido a fumarse un puro y casi inmediatamente se encontro en compania de Lorelei. Stephen reprimio una palabrota. Aquella mujer no solo era molesta y aburrida, sino que encima era tenaz. Le recordaba a las mujeres de la ciudad a quienes tanto detestaba. Habia tolerado su compania durante la mayor parte de la velada, pero ya habia tenido suficiente. Siguio fumando, ignorando su vacua conversacion, y se deshizo de ella con brusquedad, antes de haberse fumado siquiera medio puro.
En cuanto entro en el salon, sus ojos inquisidores buscaron a Hayley, pero no la pudo encontrar. Diviso a Jeremy en la otra punta del sajon, pero no habia ni rastro de Hayley. Finalmente, se acerco a Pamela, que estaba sola junto a una ventana.
– Me sorprende que se atreva a preguntarme por el paradero de Hayley, senor Barrettson -contesto Pamela con voz gelida.
Stephen la miro fijamente, sin poder ocultar su sorpresa ante aquel gelido tono.
– ?Y por que le extrana tanto?
Pamela le dirigio una mirada inequivocamente reprobatoria.
– Quiza porque, hasta ahora, llevaba toda la noche ignorandola completamente y parecia encontrarse bastante a gusto haciendolo.
– Estaba bien acompanada -dijo Stephen con la boca pequena.
– La ha humillado delante de esa odiosa mujer -dijo Pamela echando fuego por los ojos-. Hayley solo le ha dado bondad. ?Como ha podido ser tan cruel con ella?
A Stephen le embargo un intenso sentimiento de culpa. No habia sido su intencion hacerla sufrir. Solo habia intentado hacer lo que el creia que era mejor para ella. Mantenerse alejado y dejar que otro hombre -un hombre que no la iba a abandonar- se fijara en ella.
– Le aseguro que no era mi intencion hacerla sufrir.
– Pero lo ha hecho. Le ha hecho mucho dano.
– Digame donde esta. Quiero pedirle disculpas.
– Se ha ido.
Stephen miro a Pamela fijamente.
– ?Que?
– Se ha ido. Supongo que no se dio cuenta de su marcha porque estaba demasiado ocupado en el jardin con la senora Smythe. -Miro a Stephen de arriba abajo con evidente deprecio-. Sinceramente, senor Barrettson, me ha sorprendido. Hasta esta noche, le tenia por un hombre bueno, considerado, un hombre digno de la admiracion de Hayley. Es obvio que estaba equivocada. -Se volvio para alejarse, pero Stephen la retuvo cogiendola del brazo.
Lo cierto es que le habia sorprendido mucho el breve discurso de Pamela. Al parecer, estaba destinado a recibir duras reprimendas de las hermanas Albright. Pero su sorpresa quedo eclipsada por la profunda y dolorosa sensacion de perdida que le invadio inmediatamente. Le molestaba tremendamente que Pamela le estuviera mirando como si fuera un perro abandonado. Debia de estar realmente enfadada para hacer semejante exhibicion de genio.
Y la mera idea de que Hayley estuviera sufriendo por su culpa, de que ya no le tuviera en tan alta estima, le oprimia el pecho y le llenaba de remordimientos. Le dolia muchisimo que cualquiera de aquellas dos mujeres pudiera pensar mal de el, especialmente Hayley.
– No estaba equivocada -contesto el dulcemente-. Le aseguro que tengo a su hermana en la mas alta estima y que jamas le haria dano a proposito.
La mirada de Pamela no se suavizo ni un apice.
– Entonces, ?porque…?
– No lo se. -Una sonrisa de arrepentimiento aparecio en el rostro de el-. Soy un imbecil.
Pamela lo miro sin parpadear, con expresion implacable.
– No pienso llevarle la contraria -dijo con brutal sinceridad-, pero se lo esta explicando a la senorita Albright equivocada. -Se libero de los dedos de Stephen con un ademan brusco-. Ahora, por favor, disculpeme.
Stephen observo como Pamela se reunia con Marshall. La orquesta empezo a tocar una nueva melodia, y los dos se dirigieron hacia la pista de baile. Stephen entro a pasos largos en el vestibulo y salio del edificio a toda prisa.
La caminata de tres cuartos de hora hasta la casa de los Albright ofrecio a Stephen la oportunidad que tanto necesitaba para pensar.
Sabia que aquella noche habia hecho lo mejor que podia hacer por el bien de Hayley, pero, de todos modos, se sentia como un canalla. Estaba tan hermosa, con el rostro ruborizado e irradiando felicidad, tan increiblemente encantadora con su nuevo vestido. Habia deseado tanto tocarla, besarla, cogerla en brazos y llevarsela a un lugar intimo donde pudieran estar los dos solos…
Pero ?como iba a hacerlo yendose a la manana siguiente? Era un canalla, pero no tan canalla como para eso.
La idea de su inminente marcha le lleno de una profunda sensacion de vacio, y sintio una fuerte opresion en el pecho. Se habia encarinado mucho con los Albrigth en aquella breve estancia en su casa. Con todos ellos. Sobre todo con Hayley.
«?Maldita sea!», penso. Encarinarse era un eufemismo rayano con el ridiculo. La admiraba. La respetaba. Le gustaba tremendamente.
Le importaba. Muchisimo.
Entro en la casa de los Albright. Grimsley no estaba en la puerta, de modo que Stephen asumio que se habia retirado a su alcoba. Busco a Hayley en la biblioteca y en el despacho, pero los dos estaban vacios, de modo que supuso que se habia acostado. Decidio esperar. Ya hablaria con ella a la manana siguiente antes de partir. Asi tendria toda la noche para pensar en las palabras adecuadas, aunque dudaba que existieran.
Mientras subia las escaleras, se aflojo el cuello de la camisa. Cuando entro en su alcoba, se quito rapidamente la chaqueta y la dejo caer, junto con la corbata, sobre la butaca que habia junto a la chimenea. Estaba desabrochandose la camisa cuando vio la cama por el rabillo del ojo. Sus dedos se detuvieron subitamente y miro fijamente en aquella direccion.
El vestido que le habia regalado a Hayley estaba desparramado sobre la cubierta.
Como si estuviera hipnotizado, se acerco a la cama. El precioso vestido estaba cuidadosamente extendido sobre la cama, con una nota encima del suave tejido. Al lado del vestido, perfectamente apilados, Hayley habia dejado la combinacion, las medias y los zapatos. Stephen alargo el brazo y cogio la nota.
Senor Barrettson,
Quiero darle las gracias por este precioso vestido y sus complementos, pero tras reconsiderarlo, opino que
