Hayley caminaba por el bosque a pasos silenciosos a lo largo del sendero de tierra compacta. La luz del sol se filtraba entre las ramas de los arboles, caldeando el ambiente fresco y humedo, oscurecido por la densa vegetacion. Cuando llego al lago, encontro una zona cubierta de hierba y se dejo caer en el suelo, apoyando el peso en las manos, y miro fijamente al agua de un azul oscuro centelleante.
«?Dios mio! ?Volvere alguna vez a ser feliz?» Cogio una piedrecita y la lanzo al lago, observando las serie de ondas circulares que se iban extendiendo por la superficie del agua. Normalmente encontraba la paz en aquel lugar, en el olor a musgo de las sombras y el suave crepitar de las hojas. Pero no hoy. Ni en las dos ultimas semanas. Desde que el se fue.
Habia tenido dos largas semanas para recuperar fuerzas, ordenar sus pensamientos y luchar contra el profundo malestar que habia sido su constante compania desde la marcha de Stephen. Pero habia fracasado estrepitosamente. Seguia doliendole al respirar. Le dolian las entranas, y tenia el corazon hecho anicos y el alma herida, como si la hubiera arrollado una manada de caballos salvajes. La vida ya no era como antes de la llegada de Stephen.
No habia sido capaz siquiera de mirar el jardin. No soportaba ver las flores, sobre todo los pensamientos. Y no habia dormido en su cama desde que el se fue, incapaz de acostarse donde habian pasado la noche haciendo el amor.
Puesto que tampoco conseguia conciliar el sueno, se pasaba la mayor parte de las noches en el despacho de su padre, escribiendo hasta la madrugada. Cuando despuntaban los primeros rayos de sol en el horizonte, se acostaba durante una hora en el sofa y dormia a rachas.
Consciente de que su familia estaba muy preocupada por ella, Hayley se habia forzado a poner buena cara y parecer alegre durante los ultimos dias para ofrecer la impresion de que estaba bien. Ya no soportaba mas las miradas de lastima de Pamela.
Durante las dos ultimas semanas, sus emociones habian recorrido toda la gama comprendida entre el enfado y la rabia, por un lado, y la amargura y la desesperacion por el otro. A veces estaba furiosa, con Stephen, por sus palabras vacias y por la forma en que la habia abandonado, y tambien consigo misma, por haberse enamorado perdidamente de el. Otras veces se sentia tan profunda y completamente triste y hundida que apenas podia mantenerse en pie. Le temblaban las rodillas de la verguenza que sentia cada vez que evocaba su desinhibido comportamiento en la noche previa a la marcha de Stephen.
Se le encogia el corazon al pensar que le habia declarado su amor. Se habia pasado la primera semana posterior a la partida de Stephen temiendo haberse quedado embarazada, pero, gracias a Dios, habia comprobado que no lo estaba.
«No puedo culpar a nadie mas que a mi misma. Le ofreci todo lo que tengo -mi corazon, mi alma, mi inocencia- pero, al parecer, todo eso no le bastaba.» Habia releido la carta que Stephen le habia dejado cien veces, hasta que ya no pudo mirarla mas. La noche anterior la habia echado al fuego. Ya era hora de reanudar su vida. Tenia una familia que dependia de ella y responsabilidades que atender. Ellos le daban un motivo para seguir adelante. Era hora de dejar de sumirse en la autocompasion y unirse de nuevo a la vida. Era hora de volver a su vida anterior.
Como era obvio que habia hecho Stephen.
– ?Si? ?Quien es? -pregunto Grimsley, abriendo la puerta principal. Cegado por el fuerte resplandor, entorno los ojos para protegerse de la luz solar-. ?Quien es usted? ?Le conozco? ?Donde he puesto mis gafas? -Se dio un cachete en la parte superior de la cabeza e hizo una mueca de dolor cuando la montura de alambre se le clavo en la piel.
Se puso las gafas en la punta de la nariz y volvio a mirar, esta vez con los ojos abiertos de par en par en senal de asombro.
Un lacayo, ataviado con librea, la mas elegante que Grimsley habia visto nunca, esperaba de pie ante la puerta.
Winston eligio justamente aquel momento para entrar a zancadas en el vestibulo.
– ?Quien diablos es usted y que diablos quiere? -dijo vociferando.
– Tengo un mensaje para la senorita Hayley Albright -dijo el lacayo sin inmutarse-. ?Esta en casa?
Grimsley se arreglo timidamente el chaleco.
– Si, la senorita Albright esta en casa. Espere aqui, por favor.
Winston, claramente receloso, dirigio una mirada fulminante al lacayo.
– Ve a buscar a la senorita Hayley, Grimsley. Yo vigilare a este tipo. Si me plantea problemas, lo echare con mis propias manos.
Haciendo acopio de toda la dignidad de que fue capaz dadas las circunstancias, Grimsley salio del vestibulo en busca de la senorita Hayley. No tenia ni idea de donde encontrarla.
Tardo casi veinte minutos en dar con ella. Tras una busqueda exhaustiva, por fin la encontro en el huerto, arrancando malas hierbas con Callie y Pamela. Cuando les hablo de la presencia del elegante lacayo, las tres lo siguieron hasta la casa.
– ?La senorita Hayley Albright? -pregunto el lacayo, mirando alternativamente a Hayley y a Pamela.
– Yo soy Hayley Albright -dijo Hayley, dando un paso adelante.
El lacayo le alargo un trozo de papel vitela color marfil lacrado en rojo.
– Tengo un mensaje para usted de la condesa de Blackmoor. La condesa me ha pedido que esperara para recibir su respuesta.
– ?La condesa de Blackmoor? -repitio Hayley completamente desorientada. Cogio el grueso trozo de papel y le dio varias vueltas-. Nunca habia oido ese nombre hasta hoy. ?Esta seguro de que el mensaje es para mi?
– Absolutamente-contesto el lacayo.
– ?Que dice? -pregunto Callie estirando del vestido de Hayley.
– Veamos. -Hayley rompio el precinto lacrado y leyo rapidamente la nota-. ?Que extraordinario!
– ?Que? -preguntaron Callie y Pamela al unisono.
– La condesa de Blackmoor me invita manana a su casa de Londres a tomar te. Dice que, aunque no nos conozcamos, recientemente ha descubierto que tenemos amigos comunes y que le encantaria conocerme personalmente.
– ?Que amigos comunes? -pregunto Pamela, intentando leer la nota asomandose tras el hombro de Hayley.
– No lo menciona.
Callie aplaudio entusiasmada mientras daba saltitos.
– ?Tomar el te con una condesa! ?Podre ir contigo? ?Por favor, Hayley!
Hayley nego con la cabeza sumida en un mar de dudas.
– No, carino, me temo que no. -Se dirigio al uniformado lacayo-. Asi pues ?la condesa espera mi respuesta?
– Si, senorita Albright. En caso de que aceptara la invitacion, le enviarian un coche de caballos a buscarla para que la acompane a la residencia de la condesa.
– Ya entiendo. -Hayley miro a Pamela inquisidoramente-. ?Que hago?
– Creo que debes ir -dijo Pamela sin dudarlo ni un momento.
– Yo tambien -intervino Callie.
– Despues de todo, ?cuantas oportunidades tendras en la vida de tomar el te con una condesa? -dijo Pamela con una incitante sonrisa-. Te ira de maravilla salir de casa. Ademas, ?no te pica la curiosidad por saber quienes son esos amigos comunes?
– Si, debo admitirlo. -Hayley releyo la invitacion por ultima vez, sin acabar de creerse que fuera dirigida a ella-. Muy bien -le dijo al lacayo-. Puede decirle a la condesa que acepto encantada su invitacion.
– Gracias, senorita Albright. El coche de caballos de la condesa estara aqui manana a la once en punto de la manana. -El lacayo hizo una reverencia y se marcho.
Hayley, Pamela, Callie, Grimsley y hasta Winston se agolparon alrededor de la ventana, pegando las narices al cristal, y observaron como el elegante coche de caballos desaparecia en la distancia.
– ?Que me cuelguen del palo mayor y me ondeen al viento! -resoplo Winston-. No habia visto un anillo tan lujoso en toda mi vida.
– Desde luego -dijo Pamela entre risas-. ?Santo Dios! Hayley, ?que diablos te pondras?
