sus ojos entre Alberta y lord Robert.

Mientras regalaba a su publico con historias de elegantes recepciones, iba tomando mentalmente avidas notas.

«?Cielos, como acaba de mirarla! Con esa expresion divertida, pero en cierto modo pasional. -Lucho contra el impulso de abanicarse con la servilleta de lino-. Y mira el rubor que esta cubriendo las mejillas de Alberta. ?Y esa sonrisa encantadora que acaba de dedicarle!»

Oh, no habia duda de que lord Robert estaba loco por ella. Y era evidente que la querida Alberta no era en absoluto inmune al indiscutible encanto de lord Robert. Sospechaba que no se equivocaba y se obsequio con una imaginaria palmada en la espalda. Claro que pocas veces se equivocaba en asuntos de ese tipo. Tomo un sorbo de te para disimular, tras la taza de porcelana, una irreprimible sonrisa de satisfaccion.

Con su expresion facial de nuevo bajo control, continuo con su relato.

– Si, el baile de disfraces que dieron los senores Whatley en Filadelfia fue muy divertido, pero podria haber sido un completo desastre. Me entere de que justo la noche despues del baile, la mansion de los Whatley ardio.

La mano de lord Robert se detuvo de golpe a medio camino hacia su boca, y varias gotas de te se derramaron por el borde de la taza. Algo que la baronesa no supo descifrar destello en su mirada.

– ?Hubo algun herido? -pregunto tenso.

– No, gracias a Dios -respondio la baronesa-. Los senores Whatley no se hallaban en casa, y todos los criados consiguieron escapar de las llamas. Pero la mansion quedo completamente destruida. -Se estremecio-. Si el incendio se hubiese producido la noche anterior, con la casa atestada de invitados, no quiero ni pensar en cuanta gente podria haber resultado herida o incluso muerta.

Otra expresion extrana nublo el rostro de lord Robert y se le tenso la mandibula. Tambien parecio palidecer, pero seguramente solo era un efecto debido a la tenue iluminacion del salon de te, ?o no? Aun asi mostraba un aire angustiado. Lady Gaddlestone se fijo en Alberta, que tambien parecia haber notado la repentina tension en lord Robert. Pero entonces, en menos de un segundo, su expresion se aclaro, y la dejo dudando si se habria imaginado la momentanea inquietud del joven. Movio la cabeza. Ay, era terrible llegar a cierta edad; quiza necesitab anteojos.

Bueno, tal vez la reaccion de lord Robert ante su relato hubiera sido solo una imaginacion suya, pero era imposible equivocarse respecto a su reaccion ante Alberta. Se arrellano mas comodamente en la silla e inicio otro de los relatos de sus viajes, sin dejar de pensar en que vestido se pondria para la boda que, sin duda, se avecinaba.

Cuando Robert se sento sobre el asiento forrado de terciopelo gris frente a la senora Brown, en el carruaje que los llevaria de vuelta a la mansion de los Bradford, las sombras del ocaso comenzaban a oscurecer el cielo. Despues de indicar al cochero que partiera, sonrio a su acompanante. Para su inmensa satisfaccion, los labios de la joven se curvaron ligeramente como respuesta.

– ?Ha disfrutado del paseo?

– Mucho. La verdad es que me costaria decidir que me ha gustado mas, si los deliciosos pasteles a los que generosamente nos ha invitado.

– Ha sido un gran placer.

– … ese te divino o la estimulante conversacion.

– La baronesa habla mas que mucho.

– Si. Pero usted ya sabia eso cuando la invito a acompanarnos y regalarnos con los relatos de sus viajes. Sabia que eso la complaceria ir inmensamente. -Le lanzo una mirada que Robert no pudo descifrar y luego continuo-: Y sospecho que hubiera seguido alli sentado escuchandola hasta medianoche.

Robert sintio el extrano impulso de esquivar la mirada de la joven como si el fuera un muchacho todavia inexperto y ella le hubiera pillado diciendo una mentira.

– Como me gusta viajar, disfruto escuchando ese tipo de aventuras.

– Y yo tambien. Sin embargo, creo que mi momento favorito de la tarde ha sido verlo con todas aquellas palomas encima. -Evito que sus labios sonrieran-. Es una imagen que nunca olvidare.

– Y yo tampoco olvidare la suya, partiendose de risa y con una paloma en el sombrero.

Sus miradas se unieron durante varios segundos, y el corazon de Robert dio una loca voltereta. Que ojos tan hermosos. Sus profundidades doradas le recordaban el buen conac: calido y penetrante. Casi se sentia emborracharse con solo mirarla.

– Me doy cuenta -dijo ella con voz suave- de que la unica razon por la que ha hecho esto ha sido para divertirme. Ha sido un detalle muy amable por su parte. -Bajo la mirada hacia su regazo-. Me ha sentado muy bien reir. Muchas gracias.

Los dedos de Robert deseaban alzarle la barbilla, pero apreto las manos y resistio. Demonios, ?tendria idea de lo expresivos que eran sus ojos? ?De como brillaban cuando reia? ?O de la forma tan desgarradora en que reflejaban la tristeza que sin duda sentia? ?Seria consciente de que el hecho, dolorosamente obvio, de que guardaba secretos los velaba como una sombra?

Que Dios lo ayudase, todas las veces que sus ojos se habian encontrado mientras tomaban el te, el corazon le habia latido de tal forma que parecia haber corrido varios kilometros en lugar de estar sentado en una silla. Y sus labios… Poso la mirada sobre ellos y ahogo un gemido. Aquellos labios carnosos y encantadores se habian curvado hacia arriba en cuatro ocasiones en el salon de te. Y en las cuatro ocasiones, el pulso se le habia acelerado.

Al recordar su reaccion no pudo evitar sentirse irritado. Ridiculo. Su respuesta fisica hacia ella rozaba a todas luces lo ridiculo. Quizas el golpe que habia recibido en la cabeza le habia causado algun tipo de alteracion. Una buena teoria… hasta que la confrontaba con el hecho de que se sentia asi de afectado desde el primer momento en que habia posado los ojos en ella.

No, si tuviera que ser escrupulosamente sincero consigo mismo, diria que le habia causado efecto incluso antes de verla. Su interes, o fuera cual fuera el nombre que eligiera para denominarlo, se habia iniciado cuando Elizabeth le dio el dibujo de una hermosa mujer, sonriente y vibrante.

Maldicion, si ya su simple imagen trazada en carboncillo lo habia fascinado, deberia haber supuesto que la mujer le afectaria profundamente. Y quizas, en los recovecos de su mente, lo habia intuido. Pero lo que no podia suponer era que le hiciera sentirse… asi. Tan alterado y frustrado.

Su mirada se poso en el vestido de luto y se le tenso la mandibula. Por todos los demonios, aquellas ropas funebres lo irritaban. Tendria que estar adornada de ligeras muselinas color pastel. Ricas sedas y satenes. Pero habia algo mas. El hecho de que pasados tres anos aun proclamara por medio de su vestimenta su devocion hacia un hombre muerto le molestaba de una manera que no se sentia inclinado a examinar. No se creia ningun santo, pero se enorgullecia de considerarse un hombre integro. Un hombre decente. Y con toda seguridad un hombre decente e integro no albergaria deseos lujuriosos hacia una mujer enlutada, no desearia borrar la imagen de su querido y difunto marido de su mente, ni se sentiria tan absoluta y dolorosamente atraido hacia ella como para devanarse los sesos buscado una excusa para tocarla.

El carruaje se paro con una sacudida, y Robert respiro aliviado cuando vio que habian llegado a la mansion. Al ayudarla a bajar del carruaje, se fijo en que ella no lo miraba y en que retiraba la mano en el instante en que sus pies tocaban los adoquines, detalles que tendrian que haberle complacido, pero que lo hicieron sentir irritado y ligeramente dolido. Recorrio el camino de entrada delante de ella, reganandose todo el trayecto.

«Ella no siente lo mismo, idiota. Esta claro que no le cuesta resistirse. -Pero ?y aquel momento en la sala de billar esa misma manana? Estaba seguro de que entonces ella si que habia sentido algo-. Obviamente solo ha sido una momentanea falta de juicio por su parte. Ya lo ha olvidado.»

Y el necesitaba hacer lo mismo.

Mientras subian las escaleras, la puerta de roble de doble hoja se abrio de golpe. El saludo de Robert murio en sus labios al ver el rostro preocupado de Carters. Entro apresuradamente en el vestibulo y agarro al mayordomo por el brazo.

– ?Que ha ocurrido? ?Es Elizabeth?

Carters trago saliva y nego con la cabeza.

– No, lord Robert. Nadie esta herido.

– Pero pasa algo malo.

– Me temo que si. Lamento tener que decirselo, pero han robado en la mansion.

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