El cielo ya habia oscurecido cuando Geoffrey subio con deliberada calma los escalones que conducian a su mansion. En cuanto puso el pie en el ultimo, la puerta de paneles de roble se abrio hacia dentro silenciosamente, girando sobre goznes bien engrasados. Willis se inclino mientras Geoffrey entraba en el vestibulo.

– ?Ha llegado algun mensaje para mi? -le pregunto al mayordomo.

– Llegaron dos a primera hora de la tarde, milord contesto Willis, tomando el sombrero, el abrigo y el baston de su senor-. Pero no se los he enviado a White's porque ninguno de ellos procedia del caballero del que esta esperando noticias. Las cartas le esperan en su escritorio.

Geoffrey apreto los punos.

– Estare en el estudio. A no ser que llegue algun otro mensaje, no deseo que se me moleste.

– Si, milord.

Segundos despues, Geoffrey entro en su estudio privado y se dirigio directamente hacia las botellas de licor. El dolor de cabeza habia aumentado hasta convertirse en un golpeteo ritmico e insoportable que le crispaba los nervios. Bebio un dedo de conac, disfrutando del lento ardor que le bajaba hacia el estomago. El licor no le alivio el martilleo que sentia detras de los ojos, pero sirvio para calmarle los nervios, que colgaban peligrosamente de un hilo.

?Maldito fuera Redfern hasta el fin de sus dias! Le daria una hora mas. Pero si no tenia noticias suyas para entonces, se veria obligado a poner su plan en marcha. Aquella incertidumbre ya habia durado demasiado. La posibilidad de que pudieran destruirlo… A veces le parecia estar volviendose loco.

«?No! Loco, no. Solo es la tension. Es solo este inaguantable estado de suspense.»

Con una mueca de dolor, se apreto las sienes con las palmas de las manos en un inutil intento de detener aquel constante martilleo. No perderia lo que era suyo, no permitiria que eso ocurriese.

Miro la sala, los opulentos cortinajes de seda color crema que cubrian las paredes, los elegantes muebles y las valiosisimas obras de arte y una niebla rojiza parecio rodearlo, cubriendolo de una rabia oscura que le golpeteaba en las venas y amenazaba con ahogarlo.

«Esto es mio. Todo es mio. Hasta la ultima mota de polvo. He vendido mi alma por ello… y no soy el unico que lo hizo. De tal padre tal hijo…»

El canalla de David Brown le habia robado el anillo y su caja, descubriendo asi la verdad. Le habia chantajeado. Y en ese mismo instante, el anillo y la prueba que podia poner en duda la validez del matrimonio de sus padres se hallaba Dios sabia donde. Si se descubriera la verdad…

La frente se le perlo de sudor y apreto con tal fuerza la copa que el vidrio tallado se le marco en los dedos y en la palma de la mano. El corazon le palpitaba con tanto impetu que podia sentir los latidos en lo oidos. Respiro pausada y profundamente, intentando recobrar la compostura.

«No puedo perder el control. Debo permanecer tranquilo. Centrado.»

Se enjugo la frente con el panuelo y luego, con pasos rapidos, avanzo sobre la alfombra persa de color marron dorado hasta llegar a su escritorio, donde su mirada cayo sobre las dos cartas que reposaban sobre la pulimentada superficie de madera de cerezo. Alzo la que se hallaba encima, rompio el sello y recorrio el contenido con la mirada.

Apreciado lord Shelbourne

Me hallo en posesion de un anillo que pertenece a su familia. Me agradaria mucho poder devolverselo lo antes posible. Por favor pongase en contacto conmigo en la mansion Bradford en Park Lane para concertar una cita.

Atentamente,

SRA. ALBERTA BROWN

Sorprendido, releyo la misiva y luego la arrugo en su puno. Un torbellino de pensamientos y emociones se le formo en la cabeza, y trato de imponer algun tipo de orden.

Aquella mujer tenia el anillo. Gracias a Dios. Ya no tendria que sufrir pensando en su paradero. El alivio lo golpeo como si fuera un puno, pero fue reemplazado inmediatamente por la furia que le provocaba la desfachatez de la mujer.

?Queria devolverle el anillo? Una risa desganada surgio de sus labios. Claro que si, pero ?a que exorbitante precio? Sin duda aun mas de lo que su maldito marido le habia exigido.

Lanzo la carta al fuego con una maldicion y la observo consumirse entre las llamas. Redfern le habia vuelto a fallar. Maldicion, ?por que diantre no podia arreglarselas para robar un pequeno anillo a una simple mujer? ?Tan dificil era esa tarea?

Se meso los cabellos y se volvio. Su mirada cayo sobre la otra carta que esperaba en su escritorio. ?Que seria, una carta de chantaje? Agarro el papel, rompio el sello y se apresuro a leer las escasas lineas.

Las cejas se fruncieron y apreto los labios. Con el duque y la duquesa aun en Kent, esperando el nacimiento de su hijo, Robert Jamison hacia de acompanante de la senora Brown durante su estancia en Londres. Y Jamison queria presentarle a una mujer americana llamada Alberta Brown, cuyo difunto marido David… ?como lo habia escrito? Leyo la carta de nuevo. Ah, si… «Cuyo difunto marido era uno de sus conocidos.»

La amargura le quemaba la garganta. Oh, si, si que David Brown era uno de sus conocidos. Rezaba una oracion de gracias todos los dias desde que el canalla habia muerto. Su unico pesar era no haber tenido el placer de rodear con sus manos el miserable cuello de Brown y apretar hasta que la vida le abandonase. De no haber sido por Brown, no se hallaria en ese maldito embrollo. ?Y Jamison? ?Que sabria? ?Estaria involucrado como algo mas que un simple acompanante de la senora Brown? Por todos los demonios, no podia arriesgarse a que nadie de la familia del duque descubriera…

Llamaron a la puerta, y el ruido lo aparto de sus inquietantes pensamientos.

– Entre.

Willis atraveso el estudio con una bandeja de plata en la mano.

– Esto acaba de llegar, milord.

Geoffrey acepto la misiva. La impaciencia le invadio al ver su nombre escrito con la inconfundible caligrafia de semianalfabeto de Redfern. En cuanto Willis salio de la habitacion, rompio el sello.

Tengo el anillo. Espera a manana.

Se quedo contemplando aquella solitaria linea, mientras la mandibula le temblaba. Era evidente que o Redfern o la senora Brown mentian. O estaban intentando estupidamente jugar un complicado juego con el. O quiza no…

Willis habia dicho que las dos primeras cartas habian llegado a primera hora de la tarde. De repente lo comprendio y lanzo una carcajada. La senora Brown debia de haber enviado la nota antes de que Redfern robara el anillo. Ella ya no lo tenia. Pero tan rapidamente como le habia llegado, el alivio que sentia se evaporo.

Quizas ella ya no tuviera el anillo, pero eso no queria decir que no hubiera descubierto el secreto. Aun podia saber… podia saber que otro hombre tenia derecho a reclamar legalmente su titulo.

Arrojo las notas de Jamison y Redfern a la chimenea y se quedo ante ella, agarrado a la repisa, apretando hasta que los nudillos se le tornaron blancos. Observo las llamas lamer el papel, mientras su mente trabajaba a una velocidad enfebrecida. Solo habia una solucion. Tenia que reunirse con ella. Conocerla. Averiguar que sabia, si es que sabia algo, de su secreto. Descubrir si planeaba chantajearlo. ?Conoceria ella la identidad del hombre que podia arruinarle la vida y arrebatarselo todo?

«Si yo supiera quien es, podria acabar primero con el.»

Tenia que conseguir ese anillo.

Camino hasta el escritorio y redacto una nota invitando a la senora Brown y a Robert Jamison a visitarle la manana siguiente. Doblo el papel y apreto su sello sobre el lacre con mucha mas fuerza de la necesaria.

Penso en enviar una nota a Redfern, pero decidio no hacerlo. Ahora que el paradero del anillo estaba asegurado, si Redfern mataba a la senora Brown antes de que Geoffrey hablara con ella, pues que asi fuera. De hecho, mucho mejor.

Al dia siguiente a esa misma hora seria un hombre libre. Entrecerro los ojos y miro hacia la chimenea, donde de las cartas de la senora Brown, Robert Jamison y Redfern solo quedaban cenizas.

Todos los cabos sueltos serian eliminados. De una forma permanente.

Apoyado contra la gruesa repisa de roble pulimentado de la chimenea de la biblioteca, Robert escuchaba a Eustace Laramie, el magistrado, recitar lo que sabia sobre el crimen, la mayoria de lo cual Robert ya conocia gracias a Carters.

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