– No creo que puedas mantener esa promesa. Eres demasiado temperamental.
El saco una mano del bolsillo y la poso sobre los pliegues de su camisa.
– Soy muy tranquilo.
Georgeanne puso los ojos en blanco.
– Y Elvis esta vivo y cria visones en alguna parte de Nebraska.
John se rio entre dientes.
– De acuerdo, soy bastante temperamental, pero debes admitir que esta situacion es algo inusual.
– Eso es cierto -concedio, aunque dudaba que alguna vez lo confundieran con un tio tranquilo y agradable.
John apoyo los codos en las rodillas y se inclino hacia adelante. Las puntas de la corbata le rozaron los muslos y los tirantes se tensaron sobre su pecho.
– Es muy importante para mi, Georgie. No tengo demasiado tiempo antes de tener que empezar a entrenar de nuevo y necesito estar con Lexie en alguna parte donde la gente no me reconozca.
– ?La gente no te reconocera en Oregon?
– Probablemente no, y, si lo hacen, en Oregon nadie prestara atencion a un jugador de hockey de Washington. Quiero poder concentrarme en Lexie sin que nos interrumpan. Aqui no puedo hacerlo. Has salido con nosotros. Has visto lo que pasa.
No se estaba jactando, solo senalaba un hecho.
– Supongo que debe de ser incomodo que te pidan autografos todo el rato.
El se encogio de hombros.
– Normalmente no me importa. A no ser que este en el urinario con las dos manos ocupadas.
«Las dos». ?Menudo ego! Intento no reirse.
– A las groupies les debes gustar en serio si te siguen al servicio.
– No me conocen. Les gusta lo que creen que soy. Solo soy una persona estupenda que juega a hockey para ganarse la vida en lugar de conducir una excavadora. -Una humilde sonrisa aparecio en su boca-. Si me conocieran de verdad, lo mas seguro es que no les gustara mas que a ti.
«Nunca he dicho que no me gustaras». La frase floto entre ellos, tacita, a la espera de que Georgeanne tuviera tacto y la repitiera. Podria decirla con facilidad. La habian educado para decir frases corteses. Pero cuando miraba a esos ojos azul cobalto no estaba segura de que fuera una mentira. Mientras estaba alli sentado representando la fantasia de cualquier mujer, hechizandola con sus sonrisas, no estaba segura de que realmente le desagradara de verdad. De alguna manera, habia subido de menos treinta a menos diez en unos minutos.
Algo imposible una hora antes.
– Me gustas mas que cortarme con papel -admitio levantando el dedo indice-. Pero menos que tener el pelo hecho un desastre.
El la miro durante un rato.
– Entonces… ?estoy en algun lado entre un corte con papel y el pelo hecho un desastre?
– Eso es.
– Podria ser peor.
Georgeanne no sabia que decirle cuando era tan agradable. La salvo el timbre del telefono.
– Perdona un momento -le dijo descolgando el aparato-. Catering Heron, soy Georgeanne. -La voz masculina al otro extremo no malgasto tiempo en decirle exactamente que queria-. No -respondio ella a la pregunta-, no hacemos pasteles con formas de pechos desnudos.
John se rio entre dientes y se levanto. Observo la habitacion, despues se acerco a la libreria junto a la ventana. El sol destello en el gemelo de oro del puno de la camisa cuando cogio una de las fotos que menos le gustaban a Georgeanne, de detras de un helecho floreciente. Mae le habia sacado la foto en el octavo mes de embarazo, por eso estaba escondida detras de la planta.
– Estoy segura -contesto a su interlocutor-, nos ha confundido con otra empresa. -El caballero siguio insistiendo en que habia sido Catering Heron el proveedor en la despedida de soltero de un amigo. Cuando entro en detalles, Georgeanne se vio forzada a bajar la voz para decir-: Estoy absolutamente segura de que nunca hemos tenido camareras en topless. Y ademas no tengo ni idea de que es una bootie girl. -Miro a John, pero su expresion impasible no indicaba si la habia oido o no. Tenia los ojos bajos y fijos en la foto de cuando Georgeanne estaba tan grande como una carpa de circo y llevaba un vestido premama rosa con lunares blancos.
Cuando colgo el telefono, se levanto y rodeo el escritorio.
– Es una foto horrible -dijo, parandose a su lado.
– Estabas enorme.
– Gracias -intento coger la foto, pero el la puso fuera de su alcance.
– No queria decir gorda -le dijo, volviendo a mirar la foto-. Queria decir muy embarazada.
– Estaba «muy» embarazada. -Intento cogerla otra vez, pero calculo mal-. Ahora damela.
– ?Que antojos tenias?
– ?De que hablas?
– Se supone que las mujeres embarazadas tienen antojos de pepinillos y helado.
– Sushi.
El hizo una mueca de asco y la miro con los ojos fuera de las orbitas.
– ?Te gusta el sushi?
– Ahora no. Comi tanto en el embarazo que apenas puedo aguantar el olor a pescado. Y besos. Tenia antojo de besos todas las noches a eso de las nueve y media.
La mirada de John bajo a la boca de Georgeanne.
– ?De quien?
Ella sintio un pequeno vuelco en el estomago. Era una sensacion muy peligrosa.
– Besos de chocolate.
– Pescado crudo y chocolate, hum. -El le clavo los ojos en la boca algunos segundos mas, luego volvio a mirar la foto-. ?Cuanto peso Lexie al nacer?
– Casi cuatro kilos.
Agrando los ojos de golpe por la sorpresa y sonrio como si estuviera muy orgulloso de si mismo.
– ?Joder!
– Eso es lo que dijo Mae cuando pesaron a Lexie. -Ella intento agarrar la foto otra vez y esta vez se la arrebato de la mano.
El se giro hacia ella y tendio la mano.
– No he acabado de mirarla.
Georgeanne se la escondio en la espalda.
– Si, ya lo has hecho.
El dejo caer la mano.
– Vas a conseguir que te cachee.
– No lo harias.
– Oh, claro que lo haria -le dijo bajando la voz con un tono sedoso-. Es parte de mi trabajo y yo soy todo un profesional.
Habia pasado mucho tiempo desde que Georgeanne habia coqueteado y bromeado. Ahora ya no hacia ese tipo de cosas. Retrocedio unos pasos.
– No se que significa en hockey cachear. ?Se refiere tambien a registrar de arriba a abajo?
– No. -El ladeo la cabeza y la miro con los ojos entrecerrados-. Pero por ti, estaria dispuesto a cambiar las reglas.
El borde del escritorio detuvo a Georgeanne. La habitacion le parecio de repente mucho mas pequena, y la mirada de sus ojos hizo revolotear su corazon como las pestanas falsas de una debutante.
– Vamos, damela.
Antes de que ella supiese exactamente como, siete anos de autosuperacion volaron por la ventana. Abrio la boca y las palabras se derramaron como mantequilla caliente.
– No habia oido nada tan dulce desde secundaria -dijo con aquel arrastrado acento sureno que poseia.
John sonrio ampliamente.
– ?Funciono?
