por que contestarme.
– No importa. Probablemente lo soy -contesto con mas franqueza de la que habria supuesto-. Nunca fui al Betty Ford, pero bebia demasiado y tenia la cabeza llena de mierda. Estaba fuera de control.
– ?Te costo dejarlo?
El se encogio de hombros.
– No fue facil, pero por mi bienestar fisico y mental renuncie a algunas cosas.
– ?Como cuales?
El sonrio abiertamente.
– Al alcohol, a las mujeres ligeras de cascos y a la «Macarena». -El se adelanto y colgo las manos sobre el respaldo de la silla-. Ahora que conoces mis secretos de familia contestame a unas preguntas.
– ?A cuales?
– Hace siete anos cuando te compre el billete para casa, creia que estabas en numeros rojos. ?Como sobreviviste? ?Como pudiste poner un negocio?
– Tuve mucha suerte -hizo una pausa un momento antes de anadir-, conteste a un anuncio de periodico de Catering Heron. -Luego, porque el habia sido tan sincero con ella y porque nada que hubiera hecho nunca podia compararse con casarse con una stripper, anadio un pequeno detalle que nadie mas conocia, salvo Mae-. Y poseia un diamante que vendi por diez mil dolares.
El no se sorprendio.
– ?De Virgil?
– Virgil me lo regalo. Era mio.
Una sonrisa lenta, que podia significar cualquier cosa, curvo los labios de John.
– ?No quiso que se lo devolvieras?
Georgeanne cruzo los brazos y ladeo la cabeza.
– Claro que queria y yo se lo iba a devolver, pero el dono toda mi ropa al Ejercito de Salvacion.
– Vaya. ?Como es que tenia tu ropa?
– Cuando me fui de la boda, deje todo alli menos mi neceser. Todo lo que me quedaba era ese estupido vestido rosa.
– Si. Recuerdo aquel vestidito.
– Cuando le llame para preguntar por mi ropa, no quiso hablar conmigo. Le dijo a su ama de llaves que dejara el anillo en las oficinas porque se iba de viaje con su secretaria. El ama de llaves tampoco fue muy amable que digamos, pero por lo menos me dijo lo que habia hecho con mis cosas. -Georgeanne no estaba especialmente orgullosa de haber vendido el anillo, pero Virgil habia tenido la culpa.
»Tenia que volver a comprar todas mis ropas a cuatro o cinco dolares el lote y no tenia dinero.
– Asi que vendiste el anillo.
– A un joyero que se sintio sumamente feliz de comprarmelo por la mitad de precio. Cuando conoci a Mae, su negocio de catering no marchaba demasiado bien. Le di un monton de dinero que consegui por el anillo para pagar algunas deudas. Ese dinero ayudo, pero he llegado hasta donde estoy con mi trabajo.
– No te estaba juzgando, Georgie.
No se habia dado cuenta de que sonara tan a la defensiva.
– Puede que algunas personas lo hicieran, si supieran la verdad.
La diversion brillo en sus ojos.
– ?Como voy a juzgarte? Jesus, me case con DeeDee Delight.
– Cierto. -Georgeanne se rio como cuando Rhett Butler contaba sus travesuras a Scarlett O'Hara-. ?Sabe Virgil algo de Lexie?
– No. Todavia no.
– ?Que crees que hara cuando lo descubra?
– Virgil es un hombre de negocios muy listo y yo soy su jugador mas valioso. No creo que haga nada. Han pasado siete anos y, de cualquier manera, es agua pasada. Por supuesto, no creo que vaya a ponerse a saltar de alegria cuando sepa de la existencia de Lexie, pero trabajamos bastante bien juntos. Ademas, ahora esta casado y parece feliz.
Claro, sabia que se habia casado. Los periodicos locales habian escrito la cronica de su boda con Caroline Foster Duffy, directora del Museo de Arte de Seattle. Georgeanne esperaba que John estuviera en lo cierto y que Virgil fuera feliz. Ella no le guardaba rencor.
– Contestame otra cosa.
– No. Conteste a tu pregunta, ahora es mi turno.
John nego con la cabeza.
– Te conte lo de DeeDee y mi dependencia del alcohol. Son dos secretos. Asi que me debes una mas.
– Vale. ?Que?
– El dia que trajiste las fotos de Lexie a mi casa flotante mencionaste que te sentias aliviada de que le fuera bien en la escuela. ?Que quisiste decir? -Ella no queria hablar de su dislexia con John Kowalsky-. ?Es por que piensas que soy un deportista estupido? -pregunto, apoyandose sobre el respaldo de la silla.
Su pregunta la sorprendio. Aparentaba estar calmado y frio como si su respuesta no tuviera importancia. Pero presintio que le importaba mas de lo que el queria que supiera.
– Siento haberte llamado estupido. Se lo que es ser juzgado por las apariencias.
Mucha gente tenia dislexia, se recordo a si misma, pero saber que personas famosas como Cher, Tom Cruise o Einstein tambien la tenian no se lo ponia mas facil a la hora de revelarselo a un hombre como John.
– Mi preocupacion por Lexie no tenia nada que ver contigo. Cuando era nina, no me iba bien en la escuela. Las letras y los numeros me daban bastantes problemas.
Excepto por la leve arruga que aparecio entre sus cejas, el permanecio inexpresivo. No dijo nada.
– Pero deberias haberme visto en la escuela para senoritas -continuo, esforzandose por mantener el tono superficial de su voz e intentando arrancarle una sonrisa-. Puede que fuera la peor bailarina del curso, pero destaque en modales. De hecho, fui la primera de la clase.
El sacudio la cabeza y la arruga desaparecio.
– No lo dudo ni por un segundo.
Georgeanne se rio y bajo un poco la guardia.
– Mientras otros ninos aprendian de memoria la tabla de multiplicar, estudie como poner la mesa. Se las posiciones correctas para todo, desde tenedores para camarones a lavamanos. Mientras las chicas leian a Nancy Drew, yo leia sobre cuberteria. No tengo ningun problema en distinguir entre la cuberteria del almuerzo y la de la cena, pero palabras como «los» y «sol», o «nos» y «son», aun me dan panico.
John entrecerro los ojos.
– ?Eres dislexica?
Georgeanne se enderezo.
– Si. -Sabia que no deberia sentir verguenza. Aun asi anadio-: Pero he aprendido a hacerle frente. Las personas dan por supuesto que alguien que tiene dislexia no puede leer. Pero no es cierto. Aprendemos de manera diferente. Leo y escribo como la mayoria de la gente, aunque las matematicas nunca seran mi fuerte. Ser dislexica no me molesta demasiado.
Clavo los ojos en ella un momento, luego dijo:
– Pero te molesto cuando eras nina.
– Claro.
– ?Te hicieron pruebas?
– Si. En cuarto me examino una especie de medico. Aunque no lo recuerdo demasiado bien. -Ella echo hacia atras la silla y se puso de pie, sintiendo como crecia el resentimiento en su interior. Hacia John por forzarla a explicarle su problema como si fuera asunto suyo. Y tambien sintio la vieja amargura hacia el doctor que habia trastocado su joven vida-. Le dijo a mi abuela que tenia una disfuncion en el cerebro, no es que estuviera equivocado del todo, pero era un termino bastante rudo y generalizado. En los anos setenta, la dislexia, al igual que el retraso mental, se consideraba una disfuncion del cerebro. -Se encogio de hombros como si en realidad no tuviera importancia y solto una risita forzada-. El doctor dijo que nunca seria demasiado lista. Asi que creci sintiendome retrasada y un poco perdida.
John se levanto lentamente y desplazo la silla hacia atras. Volvio a entrecerrar los ojos.
