como un tronco, medio sofocado bajo demasiadas mantas. Clay retiro alguna, cerro la puerta del cuarto de su hijo y se dijo que estaba cansado. No lo estaba en absoluto. Se ducho, se acosto y encendio el televisor. ?Que debia hacer? ?Dejar que un perdedor como Greely hiciera progresos con Liz sin intervenir? Desde luego, ella tenia derecho a flirtear. El baile, el flirteo y la conversacion con otros hombres eran signos saludables de que su obsesion por Clay Stewart iba perdiendo fuerza. Antes o despues tendria que entender que aquel amor era unicamente una ilusion para un hombre como el. Ella se merecia mucho mas.

El se habia sentido muy feliz al verla divertirse en la fiesta. Muy feliz. Como si alguien le hubiera pateado el vientre. Acababa de apagar la television cuando oyo los golpecitos en la puerta. Cogio la bata apresuradamente. Las interrupciones en mitad de la noche se debian a problemas en el motel. Esa noche lo habria agradecido, pero no estaba preparado para la naturaleza de la interrupcion que encontro en la puerta. La cara de Liz estaba palida, sus ojos tenian una mirada alterada y su pelo estaba salpicado de copos de nieve y revuelto por el viento…

– ?Puedo entrar?

– Encanto, ?que pasa?

Ella se cenia el abrigo al cuerpo y sus dedos estaban tan frios como el hielo. Entro lentamente, oyendo el tono preocupado de Clay y viendo las sombras de cansancio bajo sus ojos. Habia conducido hasta alli a la velocidad limite, muy segura de lo que queria hacer, de lo que necesitaba hacer. Nada habia cambiado, pero parecia haberse dejado todo el valor en el coche.

– Liz…

– Tengo que hablar contigo.

– ?Ha pasado algo?

– Si -ella miro la puerta de Spencer-. No quisiera despertarle.

– Ven.

El le puso una mano en la espalda y la guio hasta la puerta de su dormitorio despacho. «Como la arana a la mosca», penso ella con un chispazo de humor. El echo el pestillo y le senalo el gran sillon de despacho.

– ?Quieres cafe?

– No.

El escritorio estaba cubierto de papeles y carpetas e iluminado por la lampara del lado de la cama. La ropa de cama estaba subida apresuradamente sobre el colchon doble. Clay se sento en una esquina de la cama sin dejar de mirarla a la cara. Su bata era vieja, de terciopelo granate, y estaba abierta hasta la cintura. Al parecer, su semidesnudez y las implicaciones de la cama no existian para el. Estaba dispuesto a hablar, a escuchar. Estaba dispuesto a ayudarla. Sintio deseos de pegarle.

– Sientate. Pareces disgustada.

– Lo estoy -Liz aspiro profundamente-. Quiero hablar contigo de lo que dijiste en el coche, Clay. Pero todavia no. No quiero hablar durante unos minutos.

– Liz…

Cuando ella se quito el abrigo y lo dejo caer, el callo bruscamente. Sin la menor duda, parte del frio que ella sentia se debia a su atuendo. Una vez que se quito los zapatos, no llevaba nada mas que unas braguitas y una camisola de saten negro. El saten negro siempre habia distinguido a las chicas buenas de las malas. El saten negro parecia un metodo ideal para derribar de un pedestal a una mujer. La conmocion inmovilizo inicialmente las facciones de Clay. Su mirada resbalo por el saten negro, por la piel marmorea, hasta los ojos de Liz.

– Ponte el abrigo, Elizabeth Brady.

Ella nego con la cabeza. Sus pies se negaban a avanzar. Ella no iba a retroceder. Clay se levanto y empezo a tirar de la colcha de la cama.

– Pues no vas a quedarte ahi hasta que te mueras de frio.

Su voz era muy razonable. Razonable, paciente y firme, lo que consiguio liberar finalmente los pies de Liz y sus nervios. Cuando el se volvio con la gruesa colcha en las manos, ella se saco la camisola por la cabeza.

– ?Maldita sea, Liz!

Dejo caer la colcha cuando ella empezo a quitarse las braguitas, pero los dedos le temblaban tanto que tuvo que dejarlo. ?Que habia esperado de el? ?Que se derritiera de deseo al ver a una mujer desnuda? Era evidente que Clay habia visto muchas mujeres desnudas. La carne no era mas que carne y ella estaba mas flaca que la mayoria. Tal vez hubiera sido de ayuda si ella sintiera fluir el deseo por sus venas, pero solo sentia una rabia creciente.

?Que no era lo suficientemente bueno para ella? «Encontraras al hombre adecuado, Liz». ?Y que era el? ?Un caballo? Para empezar, ella no sabia como habia llegado a estar en aquel pedestal. Se le habia dado muy bien cometer errores. Y la mayoria relacionados con Clay. Aunque los mas recientes hubieran sido con David. Se habia equivocado de profesion, nunca habia tenido el valor de admitir lo que queria y necesitaba, y siempre habia estado demasiado asustada para arriesgarse. Ahora iba a arriesgarse y en toda su vida habia estado mas asustada. Empezo a comprender que Clay tambien lo estaba. Decidio asustarle muchisimo mas antes de que la noche hubiera terminado y se acerco lo bastante para acariciarle la mejilla. El tenia en la mejilla un musculo que se puso tenso inmediatamente.

– No, encanto. Hablo en serio, Liz…

Ella lo sabia. Cuando se puso de puntillas y le paso los brazos por el cuello, la temperatura del cuerpo de Clay cambio. Ella le rozo los labios con los suyos muy suavemente, como haria un hombre experto con una virgen. La imagen de Clay como virgen la complacio, le dio valor. En cierto modo lo era. Ella dudaba de que alguna mujer hubiera entrado en ciertos territorios intimos de Clay. El sexo era otra cosa. Estaba convencida de que el era maravilloso. Un heroe, un hombre especial, un hombre testarudo, cabezota, excesivamente protector que se merecia mucho amor. Ella olvido sus temores y su paciencia. La punta de su lengua trazo el contorno de la boca masculina. El no se movio. La lengua siguio la rigida linea de los labios cerrados y sus dedos subieron hasta el cabello de Clay. El saten negro se arrugo contra el muslo de el. El ritmo de su corazon se desboco.

– Abre la boca, Clay -susurro ella-. Te juro que no te va a doler.

– ?Doler? Que palabra tan rara, Liz, para utilizarla en este momento. Pero he notado que uno de nosotros no se comporta de un modo racional, inteligente y sensato. Ahora…

– Ahora, abre la boca.

El tenia problemas para respirar.

– Jugaremos a esto hasta que te canses. Hasta que comprendas… que no puedes hacer nada, Liz. No voy a hacerte el amor.

– Ya lo se.

No se lo habria permitido aunque el lo hubiera intentado.

Ella iba a hacerle el amor a el, no al contrario. Con toda aquella charla, el habia separado los labios. Deslizo la lengua dentro. La paso a lo largo de los lisos y blancos dientes. Y la lengua de el… En ocasiones la lengua de Clay era capaz de decir palabras asperas y bruscas que sin duda lamentaba despues de dichas.

Sus hombros tenian la costumbre de ponerse rigidos cuando estaba a punto de estallar de ira. Los dedos de Liz acariciaron aquellos hombros. Sus oidos tenian la mala costumbre de oir unicamente lo que querian oir. Cuando Liz se ponia de puntillas, sus labios alcanzaban las orejas de Clay. Lamio una de ellas. Con frecuencia Clay ocultaba sus emociones con aquellos ojos, dejando ver a la gente solo lo que queria que vieran, no lo que sentia realmente. Sus labios rozaron suavemente los parpados cerrados. A las virgenes indefensas habia que tratarlas con mucha suavidad. Las virgenes temen inevitablemente el dolor que sentiran cuando les arrebaten sus defensas una por una. Ella amaba a aquel hombre por cada error que habia cometido, por cada error que iba a cometer. Clay estaba temblando. Lasciva, descarada, inmoral. Las palabras cruzaron su mente y comprendio lo que estaba haciendo, pero no se sentia asi. Siempre habia amado a aquel hombre. Pero no era aquello lo que importaba. Porque en aquella ocasion, por primera vez, quizas estaba ofreciendo todo lo que ella era, sincera y dolorosamente, y al infierno con los riesgos. Nunca antes se habia sentido tan mujer, tan fuerte, tan segura.

– ?Maldita sea, encanto…!

Una cosa era sentirse fuerte y segura y otra estar de puntillas eternamente. Poso las plantas en el suelo al tiempo que se cogia de la bata de Clay. Apoyo la mejilla en su pecho y la froto contra la piel. Su cuerpo estaba mas caliente que un horno. Los labios de Liz buscaron el calor, revolotearon sobre los planos pezones y el musculoso pecho. Comprobo que parte del cuerpo de el seguia siendo como una roca, pero solo una parte. La parte que debia serlo. Los dedos de Liz descendieron por el estomago y descubrieron mechones de pelo rizado. Hasta los gigantes tienen su punto limite. El de Clay llego con un ronco suspiro. Se apodero de la boca de Liz como

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