demas entrariamos por una puerta lateral.

Muchos anos mas tarde, la gente diria que yo tenia celos de Nuharoo, pero en aquel momento no los tenia. Estaba impresionada por mi buena suerte. No podia olvidar las moscas que cubrian el ataud de mi padre y que mi madre habia tenido que vender su pasador del cabello. No podia olvidar el hecho de haber estado prometida al primo Ping. Nunca podria agradecer al cielo lo bastante lo que me estaba ocurriendo.

En la pequena habitacion roja, me preguntaba que me depararia el futuro. Albergaba muchas preguntas acerca de como seria mi vida como cuarta concubina del emperador Hsien Feng. Pero la gran pregunta era: ?quien es el emperador Hsien Feng? Como futuros esposos no habiamos siquiera cruzado una palabra.

Sone con convertirme en la favorita de su majestad. Estaba segura de que todas las concubinas sonaban lo mismo. ?Habria armonia? ?Seria posible que el emperador distribuyera su esencia equitativamente entre nosotras?

Mi experiencia de criarme en el hogar Yehonala no me servia de ayuda para prepararme. Mi padre no habia tenido concubinas. «No se podia permitir ni una», bromeo una vez mi madre. Solia pensar que asi era como debia ser; un hombre y una mujer dedicados por entero el uno al otro. No importa cuanto sufrieran: su felicidad era tenerse el uno al otro. Ese era el tema de mis operas favoritas. Los personajes resistian para disfrutar de las recompensas de un final feliz. Albergaba grandes esperanzas hasta que me tope con el primo Ping. Ahora mi vida parecia resbalar sobre un trozo de cascara de melon, no tenia ni idea de adonde me conduciria. Lo unico que podia hacer era intentar mantener el equilibrio.

Hermana Mayor Fann solia decir que en la vida real el matrimonio era un mercado en el que cada mujer competia por el mejor postor. Y como en todos los negocios, nadie confundiria un conejo con una ardilla; tu valor dice quien eres.

El dia en que murio mi padre, aprendi a distinguir los deseos de la realidad cuando sus antiguos amigos aparecieron para reclamar deudas. Tambien aprendi algo de mi tio por el modo de tratarnos. Mi madre me dijo una vez que uno tiene que humillar la cabeza cuando pasa por un alero bajo para evitar hacerse dano. «Los deseos no elevan mi dignidad», solia decir Hermana Mayor Fann. «No hay ninguna madre en el mundo que se alegre de vender a sus hijos, pero los venden.»

Mi tio y el primo Ping vinieron a verme y tuvieron que arrodillarse. Cuando mi tio se inclino y me llamo «su majestad», Ping se echo a reir.

– ?Padre, es Orquidea!

El jefe eunuco le dio una bofetada antes de que acabara la frase.

Era demasiado tarde para que mi tio intentase arreglar nuestra relacion. Era amable solo porque queria beneficiarse de mi estatus. Olvidaba demasiado rapido lo que habia hecho. Fue una lastima, porque a mi me habria encantado ayudarle.

Rong entro en cuanto se fueron mi tio y Ping. Despues de andarse con rodeos un rato, fue directamente al grano:

– Orquidea, si ves alguna posibilidad, me gustaria casarme con un principe o un ministro de la corte.

Le prometi que tendria los ojos bien abiertos. Me abrazo y lloramos. Mi partida fue mas dura para ella que para mi.

El 26 de junio de 1852 era el dia designado para las nupcias de su majestad el emperador Hsien Feng. La noche anterior, Kuei Hsiang habia dado un paseo por las calles de Pekin y estaba muy alborotado por lo que habia visto.

– Hay celebraciones por todas partes -informo mi hermano-. Cada familia ha colgado un gran farol ceremonial ante su puerta. Desde los tejados se lanzan fuegos de artificio. La gente se viste de rojo y verde brillantes. Los principales bulevares estan decorados con miles y miles de faroles. En el aire cuelgan pareados que dicen: «Deseamos que la union imperial sea eterna».

La Ciudad Prohibida empezo su celebracion al alba. En todas las puertas se extendieron alfombras para recibir a las novias y a los invitados. Desde la puerta del Cenit hasta el palacio de la Suprema Armonia, desde el palacio de la Pureza Celestial hasta el palacio de la Plenitud Universal, colgaban cientos de miles de farolillos de seda roja. Los faroles estaban decorados con imagenes de estrellas y hachas de guerra. Tambien colgaban sombrillas de saten de color albaricoque con flores de loto bordadas. Las columnas y las vigas habian sido forradas con seda roja bordada con el caracter shee, felicidad.

Aquella manana se pusieron mesas en el vasto salon de la Pureza Celestial, donde se guardaba el Libro de registro de los matrimonios imperiales. En el exterior del salon, se instalaron dos orquestas: una mirando hacia el este y la otra, hacia el oeste. Banderas ceremoniales llenaban el salon. Entre la puerta de la Armonia Eterna y la puerta del Cenit, a lo largo de unos cinco kilometros, aguardaban veintiocho palanquines preparados para ir a buscar a las novias a sus hogares.

El palanquin que vino a buscarme era el mas grande que habia visto en mi vida. Tenia ventanas en tres lados, cubiertas con una tela roja en la que habian bordado un shee. Sobre la silla, el techo estaba trenzado con hilos de oro y encima de el se levantaban dos pequenas plataformas que parecian escenarios. En una habia dos pavos reales dorados; cada uno sostenia en el pico un pincel rojo, el simbolo de la mayor autoridad, inteligencia y virtud. En el segundo habia cuatro fenix de oro, simbolos de la belleza y la feminidad. En el centro del techo, se encontraba la bola de la armonia, simbolo de la unidad y el infinito. Me acompanarian cien eunucos, ochenta damas de la corte y doscientos guardias de honor.

Me desperte antes del alba y me sorprendio ver mi habitacion llena de gente. Mi madre estaba arrodillada ante mi. Detras de ella habia ocho mujeres. Me habian anunciado su llegada la noche anterior. Eran manfoos, damas de honor imperiales, esposas de respetables miembros de un clan. Venian a peticion del emperador Hsien Feng con la intencion de ayudarme a vestirme para la ceremonia.

Intente aparentar alegria, pero las lagrimas inundaron mis ojos. Las manfoos me rogaron que les contara que me preocupaba. Les explique:

– Es dificil para mi levantarme cuando mi madre esta de rodillas.

– Orquidea, debes acostumbrarte a la etiqueta -me amonesto mi madre-. Ahora eres la dama Yehonala. Es un honor para tu madre considerarse tu servidora.

– Es la hora del bano de su majestad -anuncio una de las manfoos.

– ?Puedo levantarme ya, dama Yehonala? -me pregunto mi madre.

– ?Levantate, por favor! -grite, y baje de la cama.

Mi madre se levanto despacio. Era obvio que las rodillas la estaban matando. Las damas de honor se trasladaron rapidamente a una habitacion contigua y empezaron a prepararme el bano. Mi madre me condujo hasta la banera. Era un balde enorme que habia traido el jefe eunuco. Mi madre corrio la cortina y metio la mano en el agua para comprobar la temperatura. Las manfoos se ofrecieron a desnudarme. Yo las aparte, insistiendo en desnudarme yo sola. Mi madre me detuvo.

– Recuerda: se considerara una afrenta para el emperador si haces cualquier trabajo.

– Seguire las reglas una vez este dentro del palacio.

Mi madre no me hizo caso y las manfoos acabaron por desnudarme; luego se excusaron y se retiraron en silencio. Mi madre me enjabono la piel. Empezo a frotarme los hombros y la espalda y luego me paso los dedos por el pelo negro. Fue el bano mas largo que me he dado nunca. Me tocaba como si sintiera que me tenia para si por ultima vez.

Estudie su rostro: tenia la tez tan palida como un nabo, el cabello pulcramente peinado y las arrugas se extendian en torno a sus ojos. Queria salir de la banera y abrazarla. Queria decirle: «?Madre, no me voy!». Queria que supiera que no seria feliz sin ella.

Pero no pronuncie ni una sola palabra; temia contrariarla. Sabia que en su mente yo representaba el sueno de mi padre y el honor de todo el clan Yehonala. La noche anterior, el jefe eunuco me habia explicado las reglas. No se me permitiria visitar a mi madre despues de entrar en la Ciudad Prohibida. Mi madre tendria que formular una peticion y obtener permiso para verme, pero solo en caso de emergencia. El ministro de la casa imperial deberia verificar si el asunto era lo bastante urgente o grave para conceder el permiso. La misma regla se me aplicaba si deseaba salir de palacio para visitar a mi familia. La idea de no poder ver a mi familia me asusto y rompi a llorar.

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