ofrecido a la gran emperatriz pequenos pero intencionados regalos, agradeciendole el haberlas elegido.
Esperaba que el emperador Hsien Feng fuera un hombre justo. Al fin y al cabo le consideraban el hombre mas sabio del universo. Me daria por satisfecha si me convocase una vez al mes. Nunca me haria la ilusion de tenerlo para mi sola. Me enorgulleceria ayudarle a edificar la dinastia, como las mujeres virtuosas que se exponian en la galeria de retratos imperiales. Proporcionar a su majestad un hogar armonioso era una idea atrayente. Me habria gustado vernos a las siete unidas contra el resto de la poblacion femenina de la corte. Como esposas que habiamos sido elegidas, creia que nos respetariamos y ayudariamos unas a otras con el fin de hacer del nucleo familiar un hogar para todas.
An-te-hai no dijo que discrepaba, pero yo habia llegado a distinguir sus sentimientos por el modo en que golpeaba la cabeza contra el suelo. Si el ruido era tunc, tunc, tunc, lo cual significaba un ligero desacuerdo, lo discutiriamos. Pero si era ponc, ponc, ponc, era mejor escucharle, porque significaba que yo no tenia idea de lo que estaba hablando. Esta vez el sonido era ponc, ponc, ponc. An-te-hai intento convencerme de que las damas de los demas palacios eran mis enemigas naturales.
– Son como los bichos de las plantas: necesitan comer para sobrevivir. -Sugirio que trabajase para ganarles por la mano-. Alguien esta pensando en estrangularos en este mismo momento.
Cuando los eunucos llegaron para quitar la mesa, apenas podia moverme. Se suponia que ahora debia tomar un bano. La banera estaba elevada un metro del suelo como en un escenario, con cubos de agua caliente y fria y pilas de toallas a su alrededor. Era tan grande que en mi pueblo la habrian llamado estanque; estaba hecha de madera fina en forma de hoja de loto gigante, bellamente pintada; los detalles de la flor de loto eran sorprendentemente realistas.
No tenia la costumbre de banarme a diario. En Wuhu me lavaba una vez cada dos meses durante el invierno y nadaba en el lago en verano. Le pregunte a An-te-hai si podria nadar en el lago imperial cuando hiciera mas calor.
– No -respondio el eunuco-. Su majestad quiere que los cuerpos de sus damas esten cubiertos en toda ocasion.
Las damas de honor anunciaron que el bano estaba listo. An-te-hai me dijo que podia elegir que me banaran los eunucos o las doncellas. «Las doncellas, por supuesto», le dije. Me sentiria incomoda mostrando mi cuerpo a los eunucos. Por su aspecto no diferian de los hombres corrientes. No podia imaginar que tocaran mi cuerpo. Tardaria un tiempo en acostumbrarme a que An-te-hai durmiera a los pies de mi cama.
Me preguntaba si An-te-hai tenia necesidades masculinas. Parecia tan indiferente mientras me cambiaba. ?Estaba fingiendo? De ser asi, debia de tener una enorme disciplina. Lo que empezaba a gustarme de el era el modo de manejar su tragedia personal. Tal vez malcriaba a mis eunucos, una debilidad que muchos consideraban perniciosa. No podia evitar sentir su sufrimiento. Lo cierto era que yo tambien deseaba despertar la misma compasion.
En China las mujeres sonaban con ser yo, y no conocian mi desolacion. Al identificarme con los eunucos, curaba la herida de mi corazon. El dolor de los eunucos estaba escrito en sus rostros. Los habian castrado y todo el mundo comprendia su infortunio, pero el mio estaba oculto.
Era divertido que te agarraran tantas manos. Aquella gente me suplicaba que no moviera un dedo. Si hacia algo por mi misma, se consideraria un insulto.
El agua estaba caliente y agradable. Mientras descansaba contra el borde de la banera, las doncellas se pusieron de rodillas. Cinco de ellas me tocaron al mismo tiempo, frotaban y refregaban. Se suponia que tenia que gustarme, pero me sentia como una gallina remojada en agua caliente a punto de ser desplumada.
Las manos de las doncellas se movian por mi cuerpo. Aunque eran cuidadosas, me parecia una intrusion. Intente recordar lo que An-te-hai me habia dicho, que yo vivia para complacer al emperador Hsien Feng, no a mi misma. Me habria gustado que el emperador viera aquello. Me preguntaba cuando apareceria.
Mi cuerpo fermentaba como un bollo cocido. Las doncellas sudaban; me habian dado masajes en los hombros, en las manos y en los pies y sus tunicas estaban humedas y sus cabellos, revueltos. Me cansaba con solo mirarlas, y no veia el momento en que acabaran. An-te-hai me habia advertido que debia darles las gracias a mis doncellas. Subrayo que no tenia que expresar mis sentimientos. No debia recordar a las personas que era tan comun y corriente como ellas.
Despues de secarme y vestirme con un camison rojo, las doncellas se retiraron. Entonces los eunucos me arroparon con calidas mantas y me acompanaron hasta mi dormitorio.
Mi palacio se dividia en tres areas. La primera era la vivienda, que incluia tres grandes habitaciones cuyas ventanas se orientaban hacia el sur. Las habitaciones estaban conectadas formando un rectangulo. La habitacion del medio era una sala de recibir, con un trono a pequena escala para que mi marido se sentase cuando viniera. Detras del trono, pegado a la pared, se levantaba un altar, y encima del altar colgaba una gran pintura de un paisaje chino. En la camara de la izquierda, conocida como camara del oeste, era donde yo dormia. En el lado de la ventana, habia una mesa con dos sillas y junto a estas, dos plantas de bambu verde. A la derecha estaba la camara del este, mi vestidor. Tenia una cama en la que yo dormiria si su majestad decidia quedarse a pasar la noche. La norma decia que no debia compartir lecho con ninguna de sus esposas durante toda la noche, para que pudiera descansar comodamente. La cama de la camara del este estaba siempre preparada, enfriada o calentada segun la estacion. Detras de estas camaras, estaba mi comedor, mi bano, mi sala de estar y los trasteros.
La segunda parte de mi palacio era el jardin, que se convertiria en mi lugar favorito. Comprendia media hectarea de praderas y riachuelos naturales y un pequeno estanque llamado Lago Celestial. Yo dejaba que los juncos de agua crecieran salvajes porque me recordaba a Wuhu. Siempre me gustaron las plantas; era una jardinera nata y apasionada y llene el jardin del esplendor natural. Ademas de grandes arboles floridos como el ceibo rojo y la magnolia, cultive peonias del tamano de un cuenco y de todos los colores imaginables. Tambien cultive rosas rojas de corazon purpura, azucenas, flores de te silvestre de color fuego y flores amarillas de ciruelos de invierno que yo llamaba «tira de las piernas». Las flores de ciruelo tenian petalos amarillentos y florecian solo los dias de nieve, como si les gustara el frio. Su fuerte aroma inundaba mi dormitorio por la manana cuando An-te-hai abria la ventana. «Tiraban de mis piernas» hasta el jardin y no podia evitar admirar su belleza mientras aun estaba en pijama. Para no pillar un resfriado, en los dias mas gelidos. An-te-hai cortaba una rama de ciruelo de invierno antes de que me levantara o colocaba una sola flor en un jarron sobre la mesa de desayuno.
Mi gusto por las flores era muy amplio. Me gustaban las elegantes y tambien las que llamaba «gente menuda». Me gustaban las campanillas en forma de mariposa y las enredaderas purpuras en forma de cara de tigre. Era toda una experta en peonias y crisantemos. Aunque la sociedad real consideraba que los crisantemos eran propios de campesinos, yo los cultivaba con entusiasmo; tenia crisantemos de todo tipo. Los que mas me gustaban eran las «garras doradas». Al florecer se abrian como manos de bailarinas que sujetaran la luz matinal en sus palmas. Nadie habia visto esta variedad en ningun otro lugar, salvo en mi jardin. A finales de otono, las plantas crecian hasta la altura de mis hombros y nunca me cansaba de mirarlas.
Cuando no podia dormir por la noche, visitaba el jardin. Iba a escuchar los sonidos de mi ninez. Podia oir la charla de los peces en el agua. Paseaba entre los matorrales rozando con las manos hojas y flores. Me encantaba notar el rocio en las yemas de los dedos.
Muchos anos mas tarde, se contaba la historia de un eunuco que vio un hada en mi jardin a medianoche. Probablemente el «hada» era yo. Hubo un tiempo en que me sentia incapaz de seguir viviendo. Debio de ser una de esas noches en las que planeaba acabar con mi vida.
La tercera parte de mi palacio la formaban las dependencias que se hallaban a cada lado de las camaras principales. Aquella era la zona de mis eunucos, damas de honor y doncellas. Sus ventanas daban al patio, lo que significaba que si yo caminaba hacia la puerta, ellos lo advertirian de inmediato y tambien verian a cualquiera que intentara entrar. Los eunucos patrullaban mi palacio por turnos, asi que siempre habia alguien despierto.
An-te-hai estaba profundamente dormido en el suelo. El eunuco jefe Shim me mintio cuando me dijo que me daba criados que no roncaban. An-te-hai roncaba como una tetera borboteante. Sin embargo, las cosas cambiarian pronto; despues de anos de aislamiento, agonia y temor, el ronquido de An-tehai era para mi como una cancion celestial. No podia conciliar el sueno si no lo oia.
Mientras estaba despierta en la cama, pensaba en el emperador Hsien Feng. Me preguntaba si el y Nuharoo
