disfrutarian el uno del otro. Me preguntaba cuando se reuniria conmigo. Sentia un poco de frio y recorde que An- te-hai me habia dicho que le habia costado calentarme la cama. El brasero de debajo de mi
– Mientras seais una de las tres mil concubinas, no podeis libraros de el -habia dicho An-te-hai.
No me importaba dormir en una cama que no estuviera todo lo caliente que mandaban los canones imperiales. Sin embargo me esforzaba hacia la meta de convertirme en la favorita del emperador Hsien Feng; era el unico modo de ganar respetabilidad. No habia tiempo que perder, estaba a punto de cumplir dieciocho anos y en el jardin de las bellezas imperiales, a los dieciocho te consideraban una flor a punto de marchitarse.
Intente no pensar en lo que realmente deseaba de la vida. Me levante y copie un verso de un libro de poesia.
Capitulo 7
El primer mes paso rapidamente. Cada manana, cuando los rayos del sol acariciaban las cortinas, me levantaba para encontrar a mi gata, Nieve, junto a mi. Me habia encarinado de aquella dulce criatura. Ya sabia como iba a ser el dia; otro dia mas esperando y anhelando la visita del emperador.
An-te-hai decia que debia encontrar cosas que hacer para mantenerme ocupada. Me sugirio bordar, pescar o jugar al ajedrez. Elegi el ajedrez, pero perdi el interes despues de un par de partidas. Los eunucos me dejaban ganar siempre. Me parecia un insulto a mi inteligencia, pero ellos temian jugar conmigo como iguales.
Me fascinaban los relojes imperiales, que formaban parte del mobiliario y de los adornos de la Ciudad Prohibida. Mi favorito era el del pajaro carpintero, que vivia dentro de un tronco de ceramica y salia para picotear cada hora. Me encantaban sus repiques. A An-te-hai le gustaba el movimiento de picoteo porque le recordaba una cabeza haciendo una reverencia. Cuando podia, intentaba estar alli para recibir sus «reverencias».
Mi otro reloj favorito tenia una forma extrana. Parecia una familia de ruedas abrazandose. Se asentaba en una campana de cristal transparente, que permitia ver sus mecanismos interiores. Como una familia armoniosa, cada rueda cumplia su obligacion y aportaba su energia a la tarea de dar la hora.
Yo estudiaba los relojes y me interrogaba sobre sus lugares de origen. La mayoria procedia de tierras lejanas. Eran regalos de reyes y principes extranjeros a los emperadores de China de anteriores dinastias. Los disenos demostraban el amor por la vida de sus creadores, lo cual me hacia plantearme si todas las historias que se contaban sobre los salvajes barbaros eran ciertas.
Mi entusiasmo por los relojes se acabo pronto. Empece a tener problemas al mirar sus manecillas, semejantes a agujas. La manera tan lenta de arrastrarse me daba ganas de moverlas hacia delante. Le ordene a An-te-hai que cubriese sus caras con una tela.
– Se acabaron las reverencias -oi que le decia al pajaro carpintero.
Aquel dia estaba aburrida incluso antes de salir de la cama.
– ?Habeis dormido bien, mi senora? -La voz de An-tehai procedia del patio.
Sentada en la cama, ni me moleste en contestarle.
– ?Buenos dias! -El eunuco entro con una amable sonrisa-. Sus esclavas estan listas para ayudarnos a banarnos, mi senora.
Mi bano matinal era un acontecimiento. Antes de que me levantara de la cama, los eunucos y doncellas preparaban un desfile de vestidos. Tenia que elegir uno entre tres docenas. ?Tantos vestidos preciosos!, aunque la mitad de ellos no eran de mi agrado.
Luego tenia que elegir zapatos, sombreros y joyas. Tras levantarme de la cama, fui al retrete para usar el orinal. Me siguieron seis doncellas. Era inutil exigir que me dejaran sola. Aquellas personas habian sido entrenadas por el eunuco jefe Shim para actuar como si fueran sordas y mudas en situaciones como aquella.
Se trataba de una gran habitacion sin muebles. En el centro habian dispuesto un orinal amarillo finamente labrado y pintado, que parecia una gran calabaza. Unos farolillos colgaban en las esquinas de la habitacion. Las paredes estaban cubiertas de cortinajes bordados con flores azules y blancas.
Tenia una urgencia, pero no podia relajarme. No habia ninguna ventana que dejara escapar el olor. Las doncellas estaban de pie a mi alrededor, mirando. Volvi a decirles que me dejaran sola, pero se negaron. Me suplicaron que les permitiera servirme. Una de ellas sujetaba una toalla humeda para limpiarme cuando acabara, otra llevaba una pastilla de jabon; la tercera, un punado de papel de seda en una bandeja; la cuarta, una almofia de plata. Las dos ultimas llevaban un cubo lleno de agua cada una, uno caliente y otro frio.
– Dejad las cosas en el suelo -ordene-. Estais despedidas.
Todas murmuraron:
– Si, senora. -Pero ninguna se movio.
Levante la voz:
– Voy a apestar.
– No, vos no apestais -respondieron al unisono.
– ?Por favor! -grite-. ?Fuera!
– No nos importa, nos encanta vuestro hedor.
– ?An-te-hai!
An-te-hai acudio corriendo.
– Si, mi senora.
– Llama enseguida al eunuco jefe Shim y dile que mis criados no me obedecen.
– No servira de nada, mi senora. -An-te-hai ahueco las manos como si formara un tubo y me susurro al oido-: Me temo que el eunuco jefe Shim no puede hacer nada en esto.
– ?Por que?
– Es una norma que las esposas del emperador sean atendidas asi.
– El que establecio esta norma debe de ser idiota.
– ?Oh, no, mi senora, no digais eso jamas! -An-te-hai estaba horrorizado-. ?Las reglas las ha establecido su majestad la gran emperatriz!
