– Antes de convertirse en soldados, los campesinos no estan entrenados para el combate. Como la mayoria de la gente, no soportan la vision de la sangre. El castigo no cambia su comportamiento, pero hay otras maneras. No puedo dejar que mis hombres se acostumbren a la derrota.
– Comprendo, yo estoy acostumbrado a la derrota -confeso el emperador con una sonrisa sarcastica.
Ni Tseng Kou-fan ni yo estabamos seguros de si su majestad se burlaba o revelaba sus verdaderos sentimientos. Los palillos de Tseng se le helaron antes de abrir la boca.
– Soporto humillaciones intolerables -admitio el emperador Hsien Feng, como si se explicase-. La diferencia es que yo no puedo desertar.
El general Tseng Kou-fan estaba afectado por la tristeza del hijo del cielo. Se levanto y volvio a arrodillarse.
– Juro por mi vida que os devolvere vuestro honor, majestad. Mi ejercito esta dispuesto a morir por la dinastia Qing.
El emperador Hsien Feng se levanto de su silla y ayudo a Tseng Kou-fan a ponerse en pie.
– ?De que envergadura es la fuerza que tienes bajo tu mando?
– Tengo trece divisiones de fuerzas terrestres y trece divisiones de fuerzas navales, ademas de los bravos del lugar. Cada division tiene quinientos hombres.
Sentada en audiencias como aquella, entre en el sueno del emperador. Trabajando juntos, nos convertimos en verdaderos amigos, amantes y algo mas. Aunque las malas noticias no cesaban de llegar, Hsien Feng se habia calmado lo bastante como para afrontar las dificultades. Su depresion no desaparecia, pero sus cambios de humor eran menos drasticos. Durante aquel breve periodo, se sintio bien. Le echaba en falta cuando sus asuntos lo apartaban de mi lado.
Capitulo 13
– Oigo latidos prometedores. -La voz del medico Sun Pao-tien me llegaba a traves de la cortina-. Los latidos me dicen que teneis un
– ?Que es un
La cortina nos separaba y, tumbada en la cama, no veia la cara del medico, solo su sombra atravesaba la cortina por una vela. Mire la mano que penetraba por la cortina y me tomaba el pulso presionando levemente el indice y el medio en mi muneca. Era una mano de aspecto delicado, con unos dedos sorprendentemente largos, que olia vagamente a medicinas herbales. Como ningun hombre, salvo el emperador, podia ver a las mujeres de la Ciudad Prohibida, el doctor imperial basaba su diagnostico en el pulso del paciente.
Me preguntaba que podria examinar si la cortina le tapaba la vision, aunque desde hacia miles de anos los medicos chinos habian detectado algunos problemas en el cuerpo con solo tomar el pulso. Sun Pao-tien era el mejor medico de la nacion; procedia de una familia china de cinco generaciones de medicos y era famoso por haber descubierto una piedra del tamano de un hueso de melocoton en la tripa de la gran emperatriz Jin. Entre terribles dolores, la emperatriz no creia al medico, pero confiaba en el lo bastante como para beber la medicina a base de hierbas que le receto. Tres meses mas tarde, una doncella encontro la piedra en el orinal de su majestad.
El doctor Sun Pao-tien me dijo con su dulce y amable voz:
–
Antes de que mi mente reconociera lo que habia dicho, Sun Pao-tien retiro la mano.
– ?Perdon!
Me sente en la cama y tendi la mano para coger la cortina; por suerte An-te-hai la habia sujetado fuerte. No estaba segura de si habia oido la palabra «embarazada». Llevaba meses padeciendo mareos matutinos y no confiaba en lo que oia.
– ?An-te-hai! -grite-. ?Vuelve a traerme la mano!
Despues de un momento de revuelo en el otro lado de la cortina, la sombra del medico regreso. Varios eunucos lo condujeron hasta la silla y le metieron la mano a traves de la cortina. Su desagrado era obvio; descansaba en el borde de la cama con los dedos crispados como una arana reptante. A mi me tenia sin cuidado; lo unico que queria era volver a oir la palabra «embarazada», asi que cogi la mano y la coloque en mi muneca.
– Asegurese, doctor -le suplique.
– Hay exito en todos los campos de vuestro cuerpo. -La voz de Sun Pao-tien era pausada; pronunciaba claramente todas las palabras-. Vuestras venas y arterias estan latiendo. Hermosos elementos cubren vuestras lomas y vuestros valles…
– ?Eh?, ?que significa eso? -pregunte agitando la mano.
La sombra de An-te-hai se mezclo con la del medico y empezo a traducirme las palabras de este ultimo. La emocion de su voz era inconfundible.
– ?Mi senora, la semilla del dragon ha germinado!
Solte la mano de Sun Pao-tien. No podia esperar a que An-te-hai quitara los prendedores. Di gracias al cielo por su bendicion. El resto del dia no deje de comer. An-te-hai estaba tan contento que se olvido de dar de comer a los pajaros. Fue a la piscifactoria imperial y pidio un cubo de peces vivos.
– Vamos a celebrarlo, mi senora -dijo cuando regreso.
Fuimos al lago con los peces y los liberamos uno a uno. El ritual, llamado
A la manana siguiente, me desperte con un sonido cadencioso que llenaba el cielo de finales del verano. Eran las palomas de An-te-hai que sobrevolaban en circulos el tejado. El sonido de las pequenas flautas me remontaba a Wuhu, donde habia fabricado instrumentos parecidos con juncos de agua que ataba a mis propios pajaros y tambien a las cometas. Segun su grosor, los juncos producian diferentes sonidos. Un viejo aldeano ato dos docenas de pequenas flautas a una gran cometa y las dispuso de tal manera que cuando la echaba a volar producia la melodia de una cancion del folclore popular.
Me levante y fui al jardin, donde me recibieron los pavos reales. An-te-hai estaba ocupado alimentando al loro Confucio. El pajaro ensayaba una nueva frase que acababa de aprender: «?Felicidades, mi senora!». Yo estaba encantada. Las orquideas del jardin aun estaban en flor; los esbeltos tallos se curvaban con elegancia, las hojas eran como bailarines que se subian las mangas; los petalos blancos y azules se desplegaban como si quisieran besar la luz del sol y el corazon negro y aterciopelado de las orquideas me recordaba los ojos de Nieve.
An-te-hai me dijo que el doctor Sun Pao-tien habia sugerido que mantuviera en secreto la noticia de mi embarazo hasta que estuviera en el tercer mes, y yo seguia su consejo. Siempre que me era posible, me solazaba en el jardin. Las horas dulces me hacian anorar a mi familia; deseaba ardientemente compartir aquella noticia con mi madre.
A pesar de mi «secreto», no paso mucho tiempo hasta que las esposas y concubinas imperiales de todos los palacios se enteraron de mi embarazo. Me cubrieron de flores, tallas de jade y recortes de papel con los mejores deseos. Todas las concubinas se esforzaron en visitarme; las que se sentian mal enviaron a sus eunucos con mas regalos.
En mi habitacion los regalos se apilaban hasta el techo, pero detras de las caras sonrientes, se escondian la envidia y los celos. Los ojos hinchados eran la prueba de noches de llanto sin dormir. Sabia exactamente como se sentian las demas concubinas porque recordaba mi propia reaccion ante el embarazo de la dama Yun. No le desee nada malo a ella, ni tampoco nada bueno, y me senti absolutamente aliviada cuando Nuharoo me dijo que la dama Yun habia dado a luz una hija en lugar de un hijo.
No esperaba con ilusion lo que se me avecinaba; temia las numerosas trampas que iban a tenderme y consideraba normal que las concubinas me odiasen.
Mientras mi vientre empezaba a hincharse, mi temor aumento. Ahora comia poco para disminuir el riesgo de ser envenenada. Sonaba con el cuerpo despellejado de Nieve flotando en el pozo. An-te-hai me advirtio de que tuviera cuidado cada vez que tomara un cuenco de sopa o diera un paseo por el jardin. Creia que mis rivales
