como humanos; los desafortunados, como animales: un perro, un cerdo, una pulga».
Las concubinas de la Ciudad Prohibida, en especial las mas mayores, eran extraordinariamente supersticiosas. Ademas de hacer
Nuharoo me enseno un libro llamado
De nina habia visto a los adivinos hacer falsas predicciones que habian arruinado vidas. Sin embargo An-te- hai no queria correr riesgos. Sabia que le preocupaba que la desventurada mujer de la profecia fuera yo.
Durante los dias que siguieron, sus preocupaciones aumentaron, se puso melodramatico hasta llegar a la insensatez.
– Cada dia puede ser el ultimo -murmuro una manana.
Me servia con cuidado, observando mi mas minimo movimiento. Olisqueaba el aire como un perro y se negaba a cerrar los ojos por la noche. Cuando yo dormitaba, salia de la Ciudad Prohibida y regresaba para informarme de que habia pasado el tiempo con los ancianos solteros del pueblo, y les habia preguntado si, a cambio de dinero, estarian dispuestos a adoptar a mi hijo nonato.
Le pregunte por que hacia aquello y An-te-hai me explico que, como mi hijo acarreaba una maldicion, nuestro deber era pasarles la maldicion a otras personas. Segun
– Los solteros estan ansiosos por tener a alguien que lleve el nombre de su familia -me explico mi eunuco-. No os preocupeis, mi senora, no revelare de quien es el nino, la adopcion es solo un contrato oral.
Elogie la lealtad de An-te-hai y le pedi que no prosiguiera con aquello, pero no me hizo caso. Al dia siguiente lo vi haciendo una reverencia a un perro lisiado que pasaba por el jardin. Otro dia se arrodillo y se postro con la frente en el suelo ante un cerdo que llevaban atado camino del templo para ser sacrificado.
– Debemos deshacer la maldicion -sugirio An-te-hai-. Presentar respetos al perro lisiado significa reconocer su sufrimiento, pues alguien le ha pegado y le ha roto los huesos. Semejantes animales sirven como sustitutos y reducen el poder de la maldicion, cuando no la transfieren a otros.
Cuando el cerdo fue sacrificado, An-te-hai creyo que yo habia sido liberada, pues, en el espiritu del cerdo, me habia convertido en un fantasma.
Una manana temprano, la noticia se difundio por toda la ciudad imperial: la gran emperatriz Jin habia fallecido.
An-te-hai y yo llegamos a la conclusion de que debia de ser lo del
– Habia estado enferma, pero no se esperaba que muriera hasta que fue arrastrada por los nueves -dijo el astrologo.
Cuando mi palanquin llego al palacio de la dama Jin, ya habian lavado el cadaver. La trasladaron desde su dormitorio hasta
Al lado de la emperatriz, habian colocado un espejo del tamano de una mano con un largo mango, con la intencion de proteger a la muerta de las molestias de los malos espiritus. El espejo reflejaba las imagenes de los fantasmas. La mayoria de ellos no tenian ni idea de cual era su aspecto y esperaban verse como cuando estaban vivos, pero las maldades que habian cometido en el pasado los habian transformado en esqueletos, monstruos grotescos o cosas aun peores y el espejo los hacia retroceder.
El rostro de la dama Jin parecia una montana de harina de la cantidad de polvos que le habian puesto. An- te-hai me conto que en los ultimos dias le habian salido forunculos por toda la cara. En el acta el medico escribio que los «brotes» del cuerpo de su majestad habian «florecido» y producido «nectar». Los forunculos eran negros y verdes como las raices que les salen a las patatas podridas. Toda la Ciudad Prohibida murmuraba que debia de ser obra de su antigua rival, la emperatriz Chu An.
Habian arreglado el rostro de la dama Jin y lo habian cubierto de polvo de perlas machacadas, pero, al mirarlo de cerca, aun se detectaban los granos. A la derecha de la cabeza de su majestad, habia una bandeja con un cuenco dorado de ceramica que contenia su ultimo alimento terrenal: arroz. A la izquierda, ardia una gran lampara, la «luz eterna». La jarra estaba llena de aceite.
Nuharoo y las demas esposas del emperador Hsien Feng, vestidas con tunicas de seda blanca, fuimos a ver el cadaver. Nuharoo se habia maquillado, pero sin la mancha de carmin bajo el labio inferior, y rompio a llorar al ver a la dama Jin. Tuvo que quitarse un trozo de cordon de su tocado y morderlo para contener sus emociones. Me conmovio su tristeza, le ofreci la mano y permanecimos alli hombro con hombro ante la emperatriz muerta.
Llego el grupo de planideras, llorando con diversos estilos de llanto; el sonido era mas una cantinela que un lloro y me recordaba la musica discordante de la banda del pueblo. Tal vez fuera porque me parecia que acababa de escapar de la maldicion, pero me sentia ligera y escasamente afectada.
Yo nunca le habia gustado a la dama Jin. Despues de saber que estaba embarazada, anuncio abiertamente que habria preferido que las noticias procedieran de Nuharoo; consideraba que le habia robado el emperador a Nuharoo.
Recorde la ultima vez que habia visto a la dama Jin. Su salud se deterioraba, pero se negaba a admitirlo. A pesar de que todo el mundo sabia lo de su piedra del tamano de un hueso de melocoton, ella pretendia que nunca habia estado tan sana. Recompensaba a los medicos que le mentian y que le aseguraban que viviria mucho tiempo, pero el cuerpo la traicionaba. Le temblaba el dedo cuando me apunto y me acuso de malvada. Parecia como si se preparase para pegarme. Intento luchar contra su temblor, pero cayo hacia atras y no pudo sentarse sin la ayuda de sus eunucos, aunque eso no evito que me maldijese:
– ?Analfabeta!
Yo no comprendi por que eligio ese calificativo; ninguna otra dama, salvo quiza Nuharoo, se aplicaba tanto en la lectura.
Intente evitar los ojos sin vida de la dama Jin. Cuando tenia que enfrentarme a ella, la miraba por encima de las cejas. Su amplia y arrugada frente me recordaba una pintura del desierto de Gobi que habia visto una vez. Pliegues de piel le caian de su barbilla. La perdida de sus dientes en la parte derecha hacia que su cara se le torciera como si fuera un melon pasado.
A la dama Jin le encantaban las magnolias. Incluso durante su enfermedad, llevaba un vestido bordado con grandes magnolias rosas que cubrian cada milimetro de la tela. Asi debian de haber llamado a la emperatriz en su infancia: «Magnolia». Costaba creer que un dia pudo atraer al emperador Tao Kuang.
?Que terrible es el modo en que puede envejecer una mujer! ?Sera alguien capaz de imaginar el aspecto que tendre cuando muera?
Ese dia la dama Jin me grito:
– ?No te preocupes por tu belleza, preocupate en cambio por que no te decapiten! -Las palabras salian de su pecho mientras se esforzaba en respirar-. Dejame decirte lo que me ha preocupado desde el dia en que me converti en consorte imperial y me continuara preocupando hasta el dia en que muera.
