– Majestad -anuncio-, aqui esta la lista de cosas que hemos empacado para vos.

– ?Donde estan mis sellos? -pregunto el emperador.

– Se los han llevado del salon de la Mezcla de Grandes Fuerzas Creativas y los han guardado como es debido.

– Orquidea -ordeno Hsien Feng-, ve y comprueba los sellos.

– Su majestad, no hay motivo para volver a comprobarlos -protesto Su Shun.

Haciendo oidos sordos a Su Shun, el emperador se dirigio hacia el principe Kung, que acababa de entrar en la habitacion.

– Hermano Kung, no estas vestido para viajar. ?Vas a venir conmigo, verdad?

– No, me temo que no -respondio el principe Kung, vestido con una tunica oficial azul con un ribete amarillo en las mangas y el cuello-. Alguien tiene que quedarse en la capital para negociar con los aliados.

– ?Y Ts’eng y Ch’un?

– Han decidido quedarse en Pekin conmigo.

El emperador se sento y los eunucos intentaron ponerle las botas.

– El principe Ch’un tendra que protegerme hasta Jehol.

– Majestad, os suplico por ultima vez que penseis en quedaros en Pekin.

– Su Shun -dijo el emperador Hsien Feng con impaciencia-, prepara un decreto para autorizar al principe Kung como mi portavoz.

Para mi fue un problema pensar en lo que me tenia que llevar a Jehol; queria llevarmelo todo porque no tenia ni idea de cuando regresaria. Sin embargo lo mas valioso no me lo podia llevar. Tenia que dejar mis cuadros, bordados murales, tallas, jarrones y esculturas. A cada concubina se le concedio un carruaje para sus bienes y el mio estaba casi lleno. Oculte el resto de mis cosas queridas como pude, sobre una viga, detras de una puerta, enterradas en el jardin, con la esperanza de que nadie las descubriera hasta que volviese.

Nuharoo se nego a dejar ninguna de sus pertenencias. Como emperatriz estaba autorizada a llevar tres carruajes, pero no eran suficientes. Cargo el resto de sus cosas en los carruajes de Tung Chih. Tung Chih tenia diez y Nuharoo ocupo siete de ellos.

Mi madre estaba demasiado enferma para viajar, asi que dispuse que se quedara en un tranquilo pueblecito fuera de Pekin. Kuei Hsiang la acompanaria. Rong viajaria con su marido y nos iriamos juntas.

A las diez de la manana, las ruedas imperiales empezaron a rodar. El emperador Hsien Feng no se marcharia sin ceremonias. Sacrifico animales y reverencio a los dioses del cielo. Cuando mi palanquin atraveso la ultima puerta del gran jardin circular, Yuan Ming Yuan, funcionarios y eunucos se pusieron de rodillas y tocaron el suelo con la frente varias veces en senal de despedida. El emperador se sentaba dentro con su hijo, y Tung Chih me conto mas tarde que su padre lloraba.

La caravana de la familia imperial se extendia casi cinco kilometros, como un desfile festivo. Lanzaron fuegos artificiales al cielo para «ahuyentar a los malos presagios». Los guardias ceremoniales llevaban banderas amarillas en forma de dragon mientras los porteadores de los palanquines transportaban a la familia imperial. Los nobles caminaban en columnas. Detras de nosotros iban los quemadores de incienso, monjes, lamas, eunucos, damas de honor, criados, guardias y animales reales. Seguian a la multitud una banda de tambores y gongs y toda la cocina andante. Cerca del final de la fila, estaban los vestidores y los excusados andantes. Hombres de a pie guiaban los caballos y los burros que acarreaban madera, carne, arroz y verduras en grandes cestas junto con los utensilios de cocina, como ollas y woks. Nos guardaban la retaguardia siete mil hombres a caballo guiados por Yung Lu.

Al pasar por la ultima puerta de la capital, se me empanaron los ojos de lagrimas. Las tiendas de las calles estaban abandonadas. Los ciudadanos corrian como gallinas decapitadas con sus familias, llevandose sus posesiones a lomos de burro. Las noticias de la desercion del emperador Hsien Feng habian sumido a la ciudad en el caos.

Pocas horas mas tarde, pedi que me trajeran a mi hijo. Lo sente en mi regazo y lo abrace fuertemente. Para el era una salida mas. Con el balanceo del palanquin, se quedo dormido. Le acaricie el suave cabello negro y le arregle la trenza. Me habria gustado poder ensenarle a Tung Chih a ser fuerte; queria que supiera que uno nunca puede dar por sentado algo como la paz. Estaba acostumbrado a que le mimasen los criados y solia ver hermosas mujeres junto a su lecho. Me dolia oir a Tung Chih decir que queria crecer para ser como su padre, teniendo a bellezas como companeras de juegos.

Pocos dias antes, se habia informado de un caso de robo en la Ciudad Prohibida. Nadie confeso el crimen y no habia sospechosos. Me encargaron la investigacion. Me daba la sensacion de que los eunucos estaban implicados, porque alguien tuvo que sacar los objetos de valor. Las doncellas no podian cruzar las puertas sin permisos. Tambien sospechaba de miembros de la familia real, ya que ellos sabian donde estaban los objetos de valor.

A medida que avanzaba mi investigacion, mis sospechas resultaron ciertas. Al parecer, las concubinas se habian conchabado con los eunucos para repartirse las ganancias. Se descubrio que las damas Mei, Hui y Li estaban implicadas. Hsien Feng se enfurecio y ordeno expulsarlas de sus palacios. Nuharoo y yo hablamos con el en aquel momento de ira. «Es una epoca terrible para esperar nobleza por parte de todos -le calmamos-. ?No sentimos ya bastante verguenza?»

Despues de pasar el dia entero sentada en el palanquin, me dolian las articulaciones. Pense en la gente que caminaba con los pies llagados. Al salir de Pekin, la carretera estaba llena de baches y polvo. Nos detuvimos en un pueblo a pasar la noche y me reuni con Nuharoo. Me sorprendio el modo en que se habia vestido; parecia que fuera a una fiesta. Llevaba puesta una tunica de saten dorado con simbolos budistas bordados y sostenia un abanico de marfil y un pequeno incensario.

Durante todo el viaje, Nuharoo vistio la misma ropa. Tarde un rato en percatarme de que estaba mas que aterrorizada.

– Por si nos atacan y me matan -me conto-, quiero estar segura de que entro en la proxima vida vestida como es debido.

Aquello no tenia sentido para mi; si nos atacaban, su ropa seria lo primero que cualquiera robaria, asi que podia acabar desnuda en su proxima vida. Habia oido en Wuhu que los saqueadores de tumbas les cortaban a los muertos la cabeza y las manos para quitarles las cadenas y los anillos.

Yo me vesti lo mas sencillamente que pude. Nuharoo me dijo que mi vestido, que habia tomado de una antigua doncella, deshonraba mi rango. Sus palabras me hicieron sentir mas segura. Cuando intente vestir a Tung Chih del mismo modo, Nuharoo se disgusto.

– ?Por el amor de Buda, es el hijo del cielo! ?Como te atreves a vestirlo como un vagabundo!

Le quito a Tung Chih la tunica de sencillo algodon y se la cambio por otra de encaje dorado con unos simbolos a juego con los de ella.

Los aldeanos no sabian lo que estaba pasando; aun no les habian llegado las malas noticias de Pekin. Y ademas, por el modo de vestir de Nuharoo y Tung Chih, nadie podia admitir que se aproximaba el desastre. Se sintieron honrados de que eligieramos su pueblo para pasar la noche y nos sirvieron panecillos de trigo integral cocidos y sopa de verduras.

Los mensajeros enviados por el principe Kung regresaron con unas pocas noticias buenas entre todas las malas. Habian capturado a un influyente oficial extranjero llamado Parkes y a otro llamado Loch. El principe Kung los usaba como moneda de cambio en las negociaciones. El ultimo mensajero informo de que los aliados habian tomado la Ciudad Prohibida, el palacio de Verano y Yuan Ming Yuan.

– El comandante supremo aliado vive en el dormitorio de su majestad con una prostituta china -informo el mensajero.

El rostro deslucido de su majestad se empapo de sudor; abrio la boca, pero fue incapaz de pronunciar una palabra. Pocas horas mas tarde, escupio una bola de sangre.

Capitulo 18

– ?Habla! -ordeno el emperador Hsien Feng al eunuco que estaba al mando de la seguridad de Yuan Ming

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