Yuan.

El eunuco habia sido enviado por su superior, que se habia suicidado despues de fracasar en el cumplimiento de su deber.

– Empezo el cinco de octubre. -El eunuco hizo un esfuerzo para calmar su voz temblorosa-. Era una manana nublada, el palacio estaba tranquilo y no habia nada que se saliera de la normalidad. Hacia el mediodia empezo a llover. Los guardias me preguntaron si podian entrar y yo les di mi permiso. Todos estabamos muy cansados… Entonces fue cuando oi los canones. Pense que estaba sonando y lo mismo les paso a los guardias; uno incluso dijo que habia oido un trueno, pero al cabo de un momento olimos el humo. Poco tiempo despues vino un guardia corriendo para decirnos que los barbaros estaban en la puerta de la Elevada Virtud y en la de la Paz. Mi superior le pregunto que les habia sucedido a las tropas del general Seng-ko-lin-chin. El guardia respondio que los barbaros las habian capturado… Entonces nos dimos cuenta de que estabamos desprotegidos.

»Mi superior me ordeno que custodiara el jardin de la Felicidad, el jardin de las Onduladas Aguas Claras, el jardin de la Luna Serena y el jardin de la Brillante Luz del Sol, mientras que el custodiaria el jardin Perenne y el jardin de Junio. Sabia que yo no podria guardarlos; ?como menos de cien personas iban a proteger jardines de mas de treinta kilometros?

»Mientras corriamos a esconder el mobiliario, aparecieron los barbaros en el jardin. Di instrucciones a mi gente de que tiraran los bienes menos valiosos y enterraran los importantes, pero no nos dio tiempo a cavar. Enterre lo que pude, incluido el gran reloj y el universo movil, y los demas tienen algunos pergaminos.

»Cuando arrastrabamos las bolsas, nos topamos con los barbaros y nos dispararon. Los guardias caian como moscas. Los que no eran abatidos por los disparos eran capturados y mas tarde arrojados al lago. Los barbaros me ataron a la grulla de bronce que esta junto a la fuente. Abrieron las bolsas y se alborozaron al descubrir el tesoro. Sus bolsillos eran demasiado pequenos para llevarselo todo, asi que sacaron las tunicas de su majestad y las convirtieron en hatillos. Las llenaron y se las colgaron alrededor del hombro y de la cintura. Cogian lo que podian llevarse y destruian lo demas. Se pelearon entre ellos por el botin.

»Los barbaros que llegaron mas tarde intentaron llevarse lo que quedaba. Desmantelaron los animales astrologicos de bronce de su majestad, pero no la jarra gigante de oro, que resultaba demasiado pesada para moverla. Al final arrancaron con sus cuchillos todo el oro que decoraba las columnas y las vigas. El pillaje continuo durante dos dias. Los barbaros rompian las paredes y horadaban el suelo.

– ?Que encontraron? -le pregunte.

– De todo, mi senora; vi a un barbaro caminar por detras de la fuente con vuestra tunica ceremonial.

Intente no imaginarme la escena mientras el eunuco seguia describiendo el saqueo del resto de Yuan Ming Yuan, pero mi mente veia vividamente como los barbaros entraban en la villa del Albaricoque y en la casa de te de la Hoja del Loto. Veia sus rostros iluminados mientras corrian por los dorados y ricamente labrados pasillos de los edificios centrales. Los veia entrar en mi habitacion y saquear mis cajones. Los veia irrumpir en mi trastero, donde habia ocultado mis objetos de jade, plata y esmalte, mis pinturas, bordados y oropeles.

– …Habia mucho que llevarse, asi que los barbaros arrancaron las perlas del tamano de canicas de las tunicas de la emperatriz Nuharoo y vaciaron las cajas de diamantes del emperador…

– ?Donde estaba el principe Kung? -pregunto el emperador Hsien Feng, que se escurrio de la silla e intento con todas sus fuerzas volver a erguirse.

– El principe Kung operaba fuera de Pekin. Cerro un trato con los barbaros a cambio de liberar a los oficiales capturados, Parkes y Loch, pero era demasiado tarde para detener el pillaje. Para encubrir su crimen, los diablos extranjeros… su majestad, no puedo… decirlo… -El eunuco se derrumbo en el suelo como si ya no tuviera columna vertebral.

– ?Dilo!

– Si, majestad. Los diablos… incendiaron…

El emperador Hsien Feng cerro los ojos. Le costaba respirar y el cuello se le torcio como si estuviera entre las garras de un fantasma.

El 13 de octubre los barbaros incendiaron mas de doscientos pabellones, salones, templos y los terrenos de cinco palacios. Todo se consumio. El viento transporto el humo y las cenizas por encima de las murallas. Flotaban sobre la ciudad como una nube densa y se metian en el pelo, los ojos, la ropa y los cuencos de la gente. De Yuan Ming Yuan no quedo nada, salvo la pagoda de marmol y el puente de piedra. Entre los cientos de hectareas de jardines, el unico edificio que quedo en pie fue el pabellon de las Preciosas Nubes, que se alzaba en una colina por encima del lago.

Mas tarde supimos por el principe Kung del «sonido semejante al trueno» que la gente describia. No era el ruido del trueno sino de los explosivos. Los ingenieros reales britanicos habian colocado cargas de dinamita en muchos de nuestros pabellones.

Durante el resto de mi vida, recordaria la escena de aquella magnificencia subitamente transformada en montanas de escombros. Las llamas de los incendios engulleron seis mil edificios, entre ellos el palacio de mi alma, junto con los tesoros y obras de arte coleccionadas por generaciones de emperadores.

Hsien Feng tendria que vivir con la verguenza, que al final lo devoraria. Ahora que soy una anciana, cuando me canso de trabajar o pienso en abandonar, visito las ruinas de Yuan Ming Yuan. En cuanto pongo los pies entre las piedras quebradas, me parece oir la algarabia de los barbaros. La imagen me ahoga como si el humo aun flotara en el aire.

Un sol broncineo asomo sobre la cabalgata errante. Proseguiamos nuestro viaje de siete dias a Jehol. Me amargaba y entristecia pensar en la excusa de la «caceria» de mi marido. Ataviados con sus maravillosos ropajes, los ministros y principes viajaban en palanquines ricamente decorados a hombros de esforzados porteadores mientras los guardias patrullaban a lomos de los pequenos caballos mongoles.

El canto de los porteadores de las sillas habia dejado paso a un profundo y torturado silencio. Ya no oia el golpear y el deslizarse de las sandalias sobre las piedras sueltas; en su lugar veia el dolor de las llagas grabadas en las arrugas de unos rostros sombrios y banados en sudor. Aunque entramos en terreno agreste, a todos nos preocupaba la posibilidad de que los barbaros nos siguieran. La procesion se hacia mas larga cada dia. Era como una serpiente de colores chillones reptando por un exiguo camino.

Por la noche se plantaron las tiendas y se encendieron las hogueras. La gente dormia como un ejercito de muertos. El emperador Hsien Feng paso la mayor parte del tiempo en silencio, pero de vez en cuando le subia la fiebre y hablaba mas de lo habitual.

– ?Quien puede asegurar que todas las semillas de la naturaleza seran puras y saludables y que sus flores crearan una imagen de armonia en el jardin? -pregunto.

Incapaz de responder, le devolvi la mirada.

– Estoy hablando de las malas semillas -continuo su majestad-. Semillas que han sido secretamente banadas en veneno. Yacen en tierra fertil hasta que la lluvia de primavera las despierta. Crecen hasta un tamano enorme a una velocidad sorprendente, cubren el suelo y quitan el agua y el sol a las demas. Puedo ver sus orondas flores, sus ramas que se hinchan como nisperos diseminando veneno. No pierdas a Tung Chih de vista, Orquidea.

Abrace a Tung Chih mientras dormiamos. En suenos oia caballos impacientes. El miedo me despertaba como una extrana acometida. El sudor me empapaba el camison y tenia el cuero cabelludo constantemente mojado. Mis sentidos se agudizaban para ciertas cosas, como la respiracion de Tung Chih y los ruidos de alrededor de la tienda, y se amortiguaban para otras, como el hambre. Aunque estabamos en tiendas separadas, el emperador Hsien Feng aparecia ante mi, como un fantasma en mitad de la noche, y se quedaba alli de pie con un sufrimiento sin lagrimas. Me pregunte si yo estaria perdiendo el juicio.

Se acercaba la noche y decidi hacer una pausa para comer algo. Aquella tarde el emperador habia padecido un terrible ataque de tos. Le salia sangre por las comisuras de la boca. El medico dijo que era malo para el montar en el palanquin, pero no tenia otra alternativa. Al final nos detuvimos para calmar su tos.

Al alba busque su tienda. Estabamos cerca de Jehol y el paisaje era de una belleza extraordinaria. El suelo estaba cubierto de treboles y flores silvestres y la espesa maleza tapizaba las suaves colinas. El calor del otono resultaba tolerable comparado con el de Pekin. En el aire se percibia la dulce fragancia de los dientes de leon montaraces. Despues de la comida de la manana, volvimos al camino. Atravesamos campos donde la hierba nos llegaba hasta la cintura.

Siempre que Tung Chih estaba conmigo intentaba mostrarme fuerte y alegre, lo cual no era facil. Cuando los

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