Le pedi a Nuharoo que trajera a Tung Chih. Queria que fuera testigo de la lucha de su padre por cumplir con su deber, pero Nuharoo rechazo la idea, alegando que Tung Chih debia ser testigo de la gloria, no de la verguenza.

Podia haber desafiado a Nuharoo y casi lo hice; deseaba decirle que morir no era vergonzoso ni tampoco tener el coraje de afrontar la realidad. La educacion de Tung Chih debia empezar en el lecho de muerte de su padre, debia contemplar la firma de los tratados y recordar y comprender por que su padre estaba llorando. Nuharoo me recordo que ella era la emperatriz del Este, la unica cuya palabra era ley en la casa, asi que tuve que retirarme.

El eunuco jefe Shim pregunto si a su majestad le importaria probar la tinta antes de firmar y Hsien Feng asintio. Yo coloque el papel de arroz, y en el momento en que la punta del pincel tocaba el papel, la mano de Hsien Feng temblo violentamente. El temblor empezo por los dedos, luego se extendio a los brazos, los hombros y todo su cuerpo. El sudor le empapaba la tunica y puso los ojos en blanco mientras intentaba respirar con todas sus fuerzas.

Llamamos al medico Sun Pao-tien, que llego y se arrodillo junto a su majestad. Puso la cabeza sobre el pecho de Hsien Feng y le ausculto. Mire los labios de Sun Pao-tien, medio ocultos por la larga barba blanca, y temi lo que estaba a punto de decir.

– Ha entrado en coma -anuncio el medico incorporandose-. Se despertara, pero no puedo asegurar cuanto tiempo le queda.

Durante el resto del dia, aguardamos a que Hsien Feng recuperara la conciencia y, cuando lo hizo, le suplique que acabara la firma, pero no pronuncio una palabra.

Habiamos llegado a un punto muerto: el emperador Hsien Feng se negaba a coger el pincel. Yo seguia preparando la tinta. Me habria gustado que el principe Kung estuviera alli. Y empece a llorar de impotencia.

– Orquidea. -La voz de su majestad era apenas audible-. No podre morir en paz si firmo.

Lo entendia perfectamente; de estar en su lugar, yo tampoco habria querido firmar, pero el principe Kung necesitaba la firma para seguir negociando. El emperador se estaba muriendo, pero la nacion tenia que seguir. China tenia que volver a ponerse en pie.

Por la tarde Hsien Feng consintio firmar solo despues de que le dijera que su firma no seria un aval para la invasion sino una tactica para ganar tiempo. Cogio el pincel, pero no conseguia ver donde tenia que poner su firma.

– Guia mi mano, Orquidea -me pidio, e intento sentarse, pero se desplomo.

Entre el eunuco jefe Shim, An-te-hai y yo volvimos a sentar a su majestad. Le puse el papel cerca de las manos y le dije que podia firmar.

Con los ojos fijos en el techo, el emperador Hsien Feng movio el pincel. Yo guiaba con cuidado sus movimientos para evitar que su firma pareciera los garabatos de un nino. Cuando cubrimos su nombre con el sello rojo imperial, Hsien Feng dejo caer el pincel y perdio el conocimiento. La piedra de la tinta se cayo y se me mancho de tinta negra el vestido y los zapatos.

En julio de 1861, celebramos el trigesimo cumpleanos de Hsien Feng. Su majestad yacia en su lecho y perdia y recuperaba la conciencia. No hubo invitados. La ceremonia de cumpleanos incluia un desfile de comida. Apenas tocamos los platos; todo el mundo percibia la inminencia de su muerte.

Un mes mas tarde, Hsien Feng parecia tocar fondo. El medico Sun Pao-tien habia pronosticado que su majestad moriria en cuestion de una semana, tal vez en unos dias. La tension de la corte aumento cuando supo que el emperador no habia nombrado a su sucesor.

A Tung Chih no se le permitia estar con su padre porque la corte temia que le molestara demasiado. Aquello me preocupaba; yo creia que cualquier afecto que le demostrara su majestad se grabaria en la memoria de Tung Chih para el resto de su vida.

Nuharoo me acuso de haber echado una maldicion a Hsien Feng al decirle a Tung Chih que su padre iba a morir. Su astrologo creia que solo cuando se negara a aceptar su muerte, Hsien Feng se curaria milagrosamente.

Era duro luchar contra Nuharoo cuando se le metia algo en la cabeza. Solo consegui que An-te-hai llevara a escondidas a Tung Chih hasta el lecho de su padre. Generalmente entraba cuando Nuharoo se iba a entonar canticos budistas o cuando, a la hora del te, disfrutaba de la opera que Su Shun le regalaba y que se representaba en los aposentos de ella.

Para mi consternacion, Tung Chih no queria estar con su padre. Se quejaba de su «espantoso aspecto» y de su «mal aliento». Se sentia fatal cuando yo lo empujaba hasta el lecho del enfermo. Llamaba a su padre «pesado» y una vez le grito: «?Hombre hueco!». Tiraba de las sabanas de Hsien Feng y le arrojaba almohadas. Queria jugar a los caballitos con su padre moribundo. No habia ni un apice de compasion en su cuerpecito.

Le di una zurra a mi hijo. Durante la semana siguiente, en lugar de llevar a Tung Chih con Nuharoo, me pase el rato observandole y asi descubri la causa de su mal comportamiento.

Habia dado instrucciones para que Tung Chih recibiera lecciones de equitacion con Yung Lu, pero Nuharoo puso excusas para que el nino no asistiera. En lugar de practicar con caballos de verdad, Tung Chih montaba sobre los eunucos. Mas de treinta eunucos tenian que gatear por el patio para hacerle feliz. Su «caballo» favorito era An-te-hai. Era el modo que el nino tenia de vengarse de el, que le habia castigado por orden mia. Tung Chih fustigaba las nalgas de An-te-hai y le obligaba a andar a cuatro patas hasta que le sangraban las rodillas.

Peor que el trato deparado a An-te-hai, fue el recibido por un eunuco de setenta anos llamado el viejo Wei, que tuvo que tragarse sus propias heces. Cuando interrogue a Tung Chih, me respondio:

– Madre, solo queria saber si el viejo Wei me estaba diciendo la verdad.

– ?Que verdad?

– Que podia hacer lo que quisiera. Solo le pedi que me lo demostrara.

Mire la carita de mi hijo y me pregunte como era capaz de semejantes bajezas. Era inteligente y sabia a quien castigar y a quien recompensar. Si An-te-hai no me hubiera sido fiel, habria cedido al menor deseo de Tung Chih. Una vez Tung Chih declaro saber cuales eran los platos favoritos de Nuharoo. No se me ocurrio que aquel era el modo que mi hijo tenia de recompensarla. Incluso le alabe cuando envio a Nuharoo sus pasteles favoritos en forma de luna. Pense que era un gesto apropiado de piedad y me satisfizo que mi hijo se llevara bien con ella. Entonces Tung Chih se jacto de como Nuharoo le alentaba a no ir a la escuela. Le habia dicho:

– Hay emperadores en la historia que no han ido ni un solo dia a clase y no han tenido ningun problema para llevar a su pueblo a la prosperidad.

Me enfrente a Nuharoo y le comente que era un peligro no imponer disciplina a Tung Chih. Me contesto que estaba exagerando.

– ?Solo tiene cinco anos! En cuanto regresemos a Pekin y Tung Chih reanude sus clases normales, todo ira bien. Es natural que un nino quiera estar siempre jugando. No debemos interferir en las intenciones del cielo. Ayer pidio jugar con los loros, pero An-te-hai no ha traido ninguno. Pobre Tung Chih: ?solo pedia un loro!

En aquella ocasion decidi no ceder e insisti en que debia asistir a sus clases. Le dije a Nuharoo que comprobaria con los tutores los deberes de Tung Chih, pero sufri una decepcion. El tutor jefe me suplico que lo librara de Tung Chih.

– Su joven majestad me arroja bolitas de papel y me quita las gafas -me informo el tutor con dientes de conejo-. No escucha. Ayer me hizo comer una galleta con un extrano sabor. Poco despues me dijo que habia mojado la galleta en sus propios excrementos.

Me sorprendio el modo en que Tung Chih mandaba en su clase, pero lo que mas me preocupaba era su interes por los libros de fantasmas de Nuharoo. Se quedaba despierto hasta tarde para escuchar sus historias de ultratumba. Se asustaba tanto que por la noche mojaba su cama. No obstante, aquellas historias le atraian hasta el punto de sentir adiccion por ellas. Cuando intervine y le quite los libros, discutio conmigo.

Tung Chih estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para quitarme de en medio. Primero simulo estar enfermo para evitar ir a clase. Cuando lo desenmascare, Nuharoo salio en su defensa, incluso ordeno en secreto al medico Sun Pao-tien que mintiera sobre la «fiebre» que le impedia asistir a clase.

Si aquel era el modo de preparar a Tung Chih para que fuera el proximo emperador, la dinastia estaba perdida. Decidi tomar cartas en el asunto. A mi juicio, era una situacion de importancia nacional. Lo unico que sabia es que se me agotaba el tiempo.

Cada dia acompanaba a mi hijo hasta donde estaban sus tutores y aguardaba fuera a que acabaran las

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