– Estoy seguro de que cualquiera de nosotros seria feliz de acompanar a su difunta majestad; ?puedo tener ese honor?

– Quiero que sea Su Shun -dijo Nuharoo con lagrimas en los ojos-. El era el hombre en quien mas confiaba nuestro marido. Con Su Shun al lado de su majestad, el alma celestial descansara en paz. ?Aceptas mi humilde peticion, Su Shun?

– Sera un honor, majestad.

Su Shun estaba visiblemente contrariado.

Apenas podia contener mi satisfaccion. Nuharoo no sabia lo que habia hecho; habia creado la perfecta situacion para que se beneficiara el principe Kung.

– Gracias, principe Yee -exclame-. Ciertamente sereis recompensado cuando lleguemos a Pekin.

No esperaba que se presentara una ocasion tan propicia, pero lo cierto es que se presento. Como impelido por el deseo de complacernos aun mas, por avaricia o tal vez simplemente por su naturaleza superficial, el principe Yee anadio:

– No quiero halagarme a mi mismo, majestad. Me hare merecedor de vuestra recompensa porque el viaje sera duro para mi. No solo estare a cargo de la corte interior, sino que tengo tambien importantes responsabilidades militares. Debo confesar que ya estoy agotado.

Aproveche para darles la vuelta a sus palabras.

– Bueno, principe Yee, Nuharoo y yo creemos que su joven majestad Tung Chih encontrara otra solucion. Ciertamente no queremos cansaros. ?Por que no dejais vuestras obligaciones militares en manos de otros y os ocupais solo de la corte interior?

El principe Yee no estaba preparado para mi rapida reaccion.

– Por supuesto -respondio-, pero ?habiais pensado en mi sustitucion mientras hablabamos?

– No teneis de que preocuparos, principe Yee.

– Pero ?quien sera?

Vi que Su Shun avanzaba un paso y decidi sellar el momento.

– El principe Ch’un asumira la obligacion militar -comunique, apartando la mirada de Su Shun, que parecia tan desesperado por hablar que yo temia que atrajese la atencion de Nuharoo-. El principe Ch’un no tiene asignada ninguna tarea. -Capte a Nuharoo con la mirada-. Sera perfecto para el trabajo, ?verdad?

– Si, dama Yehonala -coincidio Nuharoo.

– ?Principe Ch’un! -le llame.

– Presente. -Respondio el principe Ch’un desde un rincon de la sala.

– ?Os parece bien esta disposicion?

– Si, majestad -afirmo el con una reverencia.

El principe Yee cambio de expresion, mostrando un evidente arrepentimiento por lo que se habia hecho a si mismo. Intente halagarle:

– Sin embargo nos gustaria que el principe Yee reanudara todas sus tareas cuando lleguemos a Pekin. Su joven majestad no puede prescindir de el.

– ?Si, claro, majestad!

El principe Yee volvia a ser un hombre feliz.

Me dirigi a Nuharoo.

– Creo que esto es todo por esta audiencia.

– Si, debemos dar las gracias al gran consejero Su Shun por su excelente trabajo de planificacion.

Capitulo 22

El 10 de octubre en que el ataud de Hsien Feng fue llevado sobre los hombros de ciento veinticuatro porteadores fue un dia auspicioso. En la ceremonia de despedida, Nuharoo y yo vestiamos elaboradas tunicas de luto revestidas de ornamentos de piedra. Las alhajas del tocado y los hombros, los cinturones y los zapatos pesaban mas de once kilos. Ante mis ojos pendia una cortina de cuentas de oro y adornaban mis orejas joyas de jade con la palabra Tien, «en memoria». Me dolian las orejas y la espalda de tanto peso. Me picaba la cabeza; el aceite del cabello atraia el polvo, que acababa bajo mis unas de tanto rascarme. Resultaba dificil dar una imagen elegante en tales circunstancias.

A Nuharoo no le gustaban mis modales y se puso ella misma como ejemplo a seguir. Yo admiraba su aguante en lo relativo a su aspecto. Estaba segura de que se sentaba erguida incluso en el excusado. Supuse que adoptaba la misma rigidez cuando estaba en la cama de Hsien Feng. En lo relativo a las artes amatorias, el emperador era un hombre al que le agradaba la creatividad. Probablemente Nuharoo le habia ofrecido la postura clasica de El menu de actividades de la camara imperial y habia esperado a que el vertiera sus semillas.

Siempre se podia contar con que el maquillaje de Nuharoo estuviera impecable hasta el ultimo detalle. Tenia dos encargados de la manicura, expertos en la talla del grano de arroz, quienes podian pintar paisajes y arquitecturas completas en sus unas. Se necesitaba una lupa para apreciar por completo la obra de arte. Nuharoo sabia perfectamente lo que queria. Debajo de su tunica de luto, seguia llevando el vestido con el que habia decidido morir, tan sucio que el borde del cuello estaba gris grasiento.

Caminamos a traves de un bosque colorista de sombrillas y tiendas de seda en forma de pabellon. Inspeccionamos el cortejo y quemamos incienso. Por ultimo derramamos vino, invitando al ataud a iniciar su camino. La procesion partio hacia los agrestes desfiladeros que conducian desde Jehol hacia la Gran Muralla.

El feretro rojo rosado con dibujos de dragones de oro habia sido recubierto con cuarenta y nueve capas de pintura. Al frente marchaba una division de guardias ceremoniales. El cofre estaba suspendido en el aire sobre un gigantesco marco rojo y, en medio del marco, en un poste a juego, se izaba una bandera de mas de cinco metros con un dragon dorado que echaba fuego por las fauces. Tambien habia un par de moviles sonoros de cobre. Detras de la bandera del dragon, ondeaban cien banderas con las imagenes de animales poderosos, como osos y tigres.

A continuacion de las banderas, avanzaban palanquines vacios para los espiritus. Las sillas, esplendidamente decoradas, eran de diferentes tamanos y formas. Pieles de leopardo cubrian los asientos. Una gran sombrilla amarilla con flores blancas seguia a cada silla.

Eunucos con tunicas de seda blanca sostenian bandejas con quemadores de incienso. Y detras de ellos caminaban dos bandas, una con instrumentos de bronce y otra con instrumentos de cuerda y flautas. Cuando las bandas empezaron a tocar, billetes blancos que fueron lanzados al aire, llovieron desde el cielo como copos de nieve.

Antes de subir a nuestros palanquines Nuharoo, Tung Chih y yo pasamos por delante de lamas y monjes y de ceremoniales caballos y ovejas pintados. El sonido de las trompas tibetanas y el compas de los tambores era tan ensordecedor que ni siquiera me oia a mi misma cuando hablaba con Tung Chih. No queria sentarse solo y le dije que tenia que hacerlo en aras de la ceremonia. Tung Chih hizo pucheros y pidio a su conejo de ojos rojos. Por suerte, Li Lien-ying lo llevaba con el. Le prometi a Tung Chih que Nuharoo o yo le acompanariamos en cuanto pudieramos.

A los pies de la Gran Muralla, la procesion se dividio en dos partes: el desfile de la felicidad encabezaba la comitiva y el desfile de la pena le seguia a unos kilometros de distancia.

Por la tarde el tiempo cambio, empezo a llover y fue arreciando. Durante los cinco dias siguientes, nuestra procesion se estiro en una columna cada vez mas larga. Avanzabamos penosamente por el barro que azotaban los persistentes aguaceros. Por primera vez en su vida, Nuharoo no pudo maquillarse bien. Maldecia con frustracion a las doncellas que le sostenian el espejo. Las pobres estaban demasiado cansadas para mantenerlo quieto. Senti pena por las doncellas; el espejo, del tamano de una ventana era demasiado grande y pesado para ellas.

Segun los exploradores, las gargantas de la montana estaban infestadas de bandidos. Preocupada, me pregunte que nos depararia el destino en las proximas horas. A cubierto de la lluvia, cualquiera podia atacarnos.

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