Como el astrologo imperial habia calculado todas las fechas, ni se nos ocurria pararnos por mucho que se mojaran los porteadores. La lluvia seguia cayendo. Imaginaba las penalidades de los eunucos que llevaban los muebles de madera. A diferencia de los porteadores del ataud, que estaban entrenados fisicamente, los eunucos eran como plantas de interior. Llevaban anos sin salir de la Ciudad Prohibida y muchos de ellos eran aun adolescentes.
Me quede dormida en el palanquin y tuve un sueno extrano. Entraba en el mar como un pez. Llegaba nadando hasta un agujero situado bajo una cueva enterrada en lo mas hondo del lecho marino. En torno al agujero habia unas gruesas espinas que me aranaban dolorosamente la piel y el agua se volvia rosada a mi alrededor. Podia oir el sonido de los barcos que navegaban por encima y notaba la corriente arremolinarse a mi lado. Subia y bajaba con un dolor terrible, intentando alejarme de las espinas.
Estaba amaneciendo cuando Li Lien-ying me desperto.
– La lluvia ha cesado, mi senora, y el astrologo dice que ahora podemos descansar a salvo.
– ?Estamos en el agua? -le pregunte.
Lo penso un momento y luego respondio:
– Si fuerais un pez, mi senora, habriais sobrevivido.
Bajaron mi silla y descendi de ella. Tenia el cuerpo como si me hubieran dado una paliza.
– ?Donde estamos?
– En un pueblo llamado Olas de primavera.
– ?Donde esta Tung Chih?
– Su joven majestad esta con la emperatriz Nuharoo.
Fui a su encuentro. Se habian rezagado unos ochocientos metros. Nuharoo insistia en cambiar a los porteadores del palanquin; en lugar de culpar a los resbaladizos caminos, los culpaba a ellos.
Nuharoo me dijo que habia tenido un sueno. Era lo contrario al mio. En su sueno se encontraba en un reino apacible y su espejo era del tamano de un muro. El reino estaba oculto en los recovecos mas profundos de una montana. Un budista con una barba blanca que le llegaba al suelo le habia guiado hasta alli, donde la adoraban y sus subditos caminaban con palomas blancas sobre sus cabezas.
Despues de cierto revuelo, Tung Chih accedio a dejar el palanquin de Nuharoo, que tenia el tamano de una tienda, para venir a sentarse conmigo.
– Solo un ratito -me advirtio.
Intentaba que el creciente apego que mi hijo sentia por Nuharoo no me molestara. El era una de las unicas cosas que podian aportar felicidad a mi vida. Habia cambiado tanto desde que entrara en la casa imperial. Ya no decia «hoy me siento bien» despues del paseo matinal. Las alegres canciones que solia escuchar en mi cabeza se habian acallado. El miedo habitaba en el jardin de mi mente.
Me convenci a mi misma de que era solo parte del viaje de la vida. La alegria pertenecia a la juventud y uno la perdia de modo natural. Habia ganado en madurez y, al igual que un arbol, mis raices se hacian mas fuertes con la edad. Esperaba conseguir paz y felicidad de un modo mas esencial.
Pero en mi primavera no habia mariposas. Lo mas triste es que me sabia capaz de sentir pasion. Cuando Tung Chih estaba cerca de mi, las mariposas volvian. Podia ignorar todo lo demas, incluso la soledad y mi profundo anhelo de un hombre, pero necesitaba el amor de mi hijo para soportar la existencia. Tung Chih estaba cerca, al alcance de mis brazos, pero un oceano nos separaba. Haria cualquier cosa para ganarme su afecto, aunque el estuviera decidido a no darme esa oportunidad.
Mi hijo me castigaba porque le exigia que se sometiera a ciertos principios vitales. Al mirarme adoptaba dos tipos de expresiones: una era la de un extrano, como si no me conociera y no tuviera ningun interes en conocerme, la otra era de incredulidad; no podia comprender por que yo era la unica que lo desafiaba. Su expresion parecia cuestionar mi mera existencia. Cuando discutiamos y forcejeabamos su expresion era de desden.
Ante los brillantes ojos de mi hijo, yo me rebajaba. Mi adoracion por aquella criaturita me reducia a un hueso danzante en la sopa imperial que llevaba cocinandose doscientos anos.
Una vez los vi jugar a los dos. Tung Chih estudiaba el mapa de China. Le encanto que Nuharoo no pudiera localizar Canton. Ella le suplico que le dejara marcharse. El le concedio su deseo y le tendio los brazos; le atraia su debilidad y protegerla le hacia sentirse como un heroe.
Aun asi me resultaba imposible no querer a mi hijo; no podia evitar sentir aquel afecto. Cuando nacio Tung Chih, supe que le pertenecia. Vivia para su bienestar; no habia nada mas que el.
Si yo tenia que sufrir, me prepararia mentalmente para ello. Estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para ayudar a Tung Chih a escapar del destino de su padre. Hsien Feng habia sido un emperador, pero carecia de una comprension elemental de su propia vida. No fue educado en la verdad y murio en la confusion.
Al mirar al exterior, divise unas grandes rocas en forma de panes rodeadas por una espesa alfombra de matojos silvestres. Durante kilometros no vimos ni un solo tejado. Nadie salvo el cielo contemplaba nuestra lujosa comitiva. Sabia que eso no debia molestarme, pero no podia evitarlo. Sentada en palanquin entre la humedad, me dolia todo. Los porteadores estaban exhaustos, mojados y sucios. La musica alegre solo hacia que me deprimiese aun mas.
Li Lien-ying iba y venia de mi silla hasta la de Nuharoo. Su tunica de algodon purpura se habia destenido por la lluvia y le corrian churretes por la cara. Li Lien-ying habia aprendido su oficio de criado imperial y en aquel entonces lo hacia casi tan bien como An-te-hai. Yo estaba preocupaba por Ante-hai; el principe Ch’un me habia contado que estaba en una carcel de Pekin. Para completar su engano, An-te-hai habia escupido a un guardia, lo que le valio un duro castigo: lo metieron en un excusado con heces flotando hasta el cuello. Rece por que aguantase hasta que fuera a buscarlo, aunque no podia asegurar que regresaria a Pekin con la cabeza aun sobre los hombros. Pero si lo conseguia, yo misma liberaria a Ante-hai de sus cadenas.
El desfile de la felicidad rompio su formacion. Era duro hacer que los fatigados caballos y ovejas avanzaran en fila. Los porteadores habian dejado de cantar. Solo oia el ruido de pasos mezclados con respiraciones pesadas. Tung Chih queria salir del palanquin para jugar y yo pense que ojala pudiera dejarle. Me habria gustado verle correr con Li Lien-ying, pero no era seguro. Varias veces habia notado expresiones extranas en los uniformados guardias que pasaban ante nosotros. Me preguntaba si serian espias de Su Shun. Cada dia mis porteadores eran reemplazados por hombres nuevos.
Cuando pregunte a mi cunado, el principe Ch’un, sobre el cambio de porteadores, me respondio que era normal que rotaran en sus posiciones para que diera tiempo a curarse las llagas de los hombros, pero no me convencio.
Para consolarme Ch’un me hablo de Rong y de su hijo. Estaban bien y a pocos kilometros detras de mi. Mi hermana no habia querido venir conmigo porque temia que algo le sucediera a mi palanquin. «Un arbol grande invita al viento mas fuerte» fue el mensaje que ella me envio, y me aconsejaba que tuviera cuidado.
Llegamos a un templo situado en la ladera de una montana. Ya habia anochecido y la llovizna habia cesado. Entramos en el templo, rezamos en los altares y luego pasamos alli la noche. En cuanto Nuharoo, Tung Chih y yo bajamos de nuestras sillas, los porteadores se alejaron con los palanquines vacios. Corri y me dio tiempo a preguntarle al ultimo porteador por que no se quedaban con nosotros, a lo que me respondio que tenian ordenes de no seguirnos hasta arriba de la montana.
– ?Y si algo va mal y necesitamos volver a nuestros palanquines y no podemos contar con vosotros? -le pregunte.
El porteador se arrojo al suelo y lo toco con la frente como un idiota, pero no respondio a mi pregunta. No tenia sentido seguir presionandole.
– ?Vuelve, Yehonala! -me grito Nuharoo-. No dudo de que nuestros exploradores y espias han comprobado la seguridad del templo.
El templo parecia preparado para nuestra llegada. Habian reparado el viejo tejado y barrido el polvo del interior. El monje principal era un hombre de gruesos labios, mirada amable y mejillas carnosas.
– La diosa de la misericordia, Kuan Ying, ha estado sudando -explico con una sonrisa-. Sabia que era un mensaje para decirme que sus majestades pasarian por aqui. Aunque el templo es pequeno, mi humilde bienvenida se extiende desde la mano de Buda hasta el infinito.
Para cenar nos sirvieron sopa de raiz de jengibre caliente, granos de soja y panecillos de trigo. Tung Chih enterro la cara en el cuenco. Yo tambien tenia un hambre de loba. Me comi toda la comida del plato y pedi mas.
