bromeo ella, sonriendo.
– ?Si! -dijo, con entusiasmo, el joven Enrique Tudor-. No tengo muchos anos, senora, pero mirame. Ya soy mas alto que la mayoria de los hombres, y comienzo a darme cuenta de que tengo tambien el apetito de un hombre.
– Entonces, senor, come esos huevos, porque tienes que seguir creciendo -le dijo ella, riendo, pues no pudo controlarse. El principe en verdad era muy picaro-. Nuestros huevos han sido cocidos en una deliciosa salsa de crema y vino marsala. ?Nunca comi nada tan apetitoso!
– Tal vez seas mayor que yo -dijo el con una sonrisa mientras se servia del plato que tenia ante si, colmado de huevos-, y puede que seas nueva en la Corte de mi padre, pero creo, mi senora de Friarsgate, que aprendes facilmente y que te ira bien aqui. -Se puso a comer.
– Lo unico que quiero es regresar a mi casa -admitio Rosamund-. La Corte es magnifica, pero extrano mi hogar.
– Yo tengo muchos hogares -dijo el, separando un pedazo de la hogaza de pan que tenia frente a si. Lo unto con abundante manteca y se lo comio.
– Lo se -respondio ella-. Yo ya estuve en Richmond, en Westminster y en Windsor. Son hermosos y muy magnificos.
– Tambien vivimos en Baynard, en Londres. Mi madre lo prefiere a Westminster, que nos queda un poco chico; y tenemos departamentos en la Torre, otro castillo en Eltham y otro en Greenwich -alardeo el principe mientras comia una segunda porcion de huevos y dos fetas gruesas de jamon rosado. Golpeo la copa contra la mesa para pedir mas vino. Se lo sirvieron de inmediato, y el bebio, sediento.
– A mi una casa me es mas que suficiente. Eso de mudarse todo el tiempo es agotador, senor.
– ?Sabes por que lo hacemos?
– Por supuesto. Me lo explico tu hermana, pero eso no significa que tenga que gustarme. Espero que tu padre me mande a casa cuando envie a tu hermana con su esposo en Escocia.
– ?Que tienes en Friarsgate que no tengas aqui? -pregunto el principe mientras se metia en la boca joven y voraz varios confites, uno tras otro.
– Ovejas -le dijo Rosamund, con gracia-. Me presentan muchas menos dificultades que tratar de recordar todos los motivos y formalidades de la etiqueta de la Corte, senor principe.
– ?Ja, ja, ja, ja! -rio el heredero de Inglaterra-. Eres una muchacha muy divertida, mi senora de Friarsgate. ?Hablas frances?
– Muy mal, pero
– ?Latin?
–
El volvio a reir.
– No te preguntare por el griego -dijo, con una gran sonrisa.
– Es una fortuna, mi senor rey de la Habichuela, porque no tengo ningun conocimiento de una lengua semejante. Es una lengua, ?no? -Los ojos ambar destellaban con vivacidad.
– Asi es.
– Toco el laud y canto bastante bien. O, al menos, eso dicen. Se llevar las cuentas y, algun dia, con el permiso de Su Alteza, le hablare de lana, un tema que domino.
– Sabes cosas que jamas me habria imaginado -comento el principe-, y tienes mucha educacion, aunque de una naturaleza mas tradicional, lo que, combinado con tu rapida inteligencia, hace de ti una compania encantadora y divertida, mi senora de Friarsgate. ?Bailas?
– No tan bien como la reina de los escoceses.
– Ah, si, Meg baila muy bien, pero yo bailo mejor -alardeo.
– Ella lo ha admitido, Su Alteza -lo halago Rosamund, con una sonrisa.
– Esta noche bailaremos -le prometio el-. ?Ah, mira! Ahi vienen unos mimos, para entretenernos. -Le tomo la mano, se la llevo a los labios y se la beso. Su brillante mirada azul se fijo en los ojos asombrados de ella-. Soy cien anos mas viejo que tu, mi encantadora senora de Friarsgate. Creo que llegaremos a ser muy buenos amigos. -Y entonces, sin soltarle la mano, se volvio para observar a los mimos, que habian comenzado a bailar.
El corazon de ella latia con prisa. Deliberadamente, este muchacho le habia conmocionado los sentidos, penso Rosamund. Aunque jamas lo dejaria entrever, estaba bastante asustada. No tenia experiencia en tales asuntos, pero sentia que este principe temerario estaba planeando seducirla. ?Como se rechaza al futuro rey de Inglaterra? Debia buscar a sir Owein y pedirle consejo. El sabria como asesorarla en tan delicada cuestion.
CAPITULO 06
No volvio a ver al principe despues de las festividades de Epifania, en las que habian gobernado como rey y reina. Segun lo prometido, el habia vuelto a besarla, pero habia sido un beso casto. Bailaron aquella noche y, segun Meg, ella habia salido bien parada. Despues de dejar Richmond, la casa de la reina se habia instalado en los departamentos reales de la Torre a esperar el nacimiento del anhelado principe. Los departamentos de la Torre eran un lugar calido y comodo, casi como su casa, pensaba Rosamund, con la vista en el rio Tamesis. La vida se organizo en una monotonia familiar de lecciones de frances y etiqueta. Observaban horarios regulares y comian dos veces por dia. A la reina le gustaba la musica y, cuando se enteraron de que Rosamund cantaba bien, en las semanas siguientes comenzaron a llamarla seguido. A la reina la calmaban sus sencillas melodias campestres.
La reina entro en trabajo de parto al despuntar la manana del 2 de febrero. Llamaron al rey y hubo muchas idas y venidas de mucamas y medicos. Llego la partera real, y la Venerable Margarita, que comenzo a discutir con su hijo sobre el nombre que le pondrian al principe esperado.
– Hemos tenido un Arturo y un Edmundo, y tenemos un Enrique -dijo la condesa de Richmond.
– Se llamara como mi tio de Pembroke -respondio el rey.
– ?Pamplinas! -fue la rapida respuesta-. No podemos tener un Principe llamado Jasper. No es un nombre muy ingles. ?Quieres recordarle a Inglaterra que tu sangre es mas galesa? ?Y Juan?
– Es un nombre de mala suerte, madre.
– ?Eduardo! Tu y Bess descienden de Eduardo III y Juan no es de mala fortuna. Mi padre era Juan. Aunque Ricardo es otra historia dijo la condesa de Richmond, frunciendo el entrecejo.
– Asi es -concedio el rey-. Ricardo no seria apropiado, en especial dada la actitud de nuestra familia respecto del rey anterior. Lo con vertimos en el villano de la desaparicion de los dos hermanos menores de Bess, aunque yo nunca crei que el tuviera la culpa de eso. Probablemente fuera algun adulador que quiso asegurar la posicion de Ricardo y ganarse sus favores. No conoceria bien a Ricardo de York para hacer lo que hizo. Claro que, cuando Ricardo se entero de lo sucedido nadie iba a admitirlo, ?no? Pobre hombre, casi me da lastima, porque se, por Bess, que el queria a sus sobrinos.
– Eso no le impidio intentar quitarte tu legitimo derecho al trono de Inglaterra -replico la condesa de Richmond.
Enrique VII, con una de sus sonrisas escasas y heladas, dijo:
– No. Es cierto, madre. Yo naci para ser rey de Inglaterra. ?No me lo dijiste siempre?
– Si -rio ella.
– Su Majestad -una criada habia venido corriendo desde la habitacion de la reina-, ?mi senora ha dado a luz!
El rey y la condesa de Richmond fueron de prisa hacia la reina. Isabel yacia palida y fragil con un montoncito muy envuelto contenido en un brazo. Les dirigio una sonrisa debil.
– ?Eduardo? -dijo, esperanzada, la condesa de Richmond.
– Catalina -respondio suavemente la reina.
El rey asintio.
– ?Gracias a Dios tenemos un heredero fuerte y saludable! y otra hija nos unira a otra casa real. Bess, querida, Enrique tendra Espana; Margarita, Escocia; Maria, bueno, aun no he decidido nada sobre ella. Tal vez Francia. Tal vez el Santo Imperio Romano, y lo que ella no posea lo tendra esta bonita princesita, ?eh? -El rey se
