monte mi primera mujer el dia que cumpli once anos. Fue un regalo que me hicieron Brandon y Neville. -Le sonrio-. Me gusta una buena copula con una companera dispuesta.

– ?Como supiste que hacer? -le pregunto Rosamund, fascinada a pesar de si misma. De no haber sido por el tobillo se habria levantado de las rodillas de el y se hubiera ido.

– Mis amigos me encontraron una prostituta limpia y libre de enfermedades, lo que no es tarea facil, que fuera al mismo tiempo habilidosa y comprensiva. Ella me dijo que era un honor ser mi primera amante y me guio, muy alegremente, por el sendero de Eros. Yo aprendi rapido. Y me gusto mucho probar mis nuevas habilidades en quienquiera que este dispuesta a unirse a mi en mi busqueda de placer.

– Los hombres tienen suerte.

– ?Por que? -pregunto el, curioso.

– Pueden practicar las habilidades de amantes antes de casarse.

Ninguna muchacha respetable podria hacer lo mismo. Y una vez que se casa, una mujer tiene que permanecer virtuosa mientras que su esposo puede tener otras mujeres para su placer. A mi me parece injusto, ?a ti no?

– Pero una buena mujer, en especial la esposa o las hijas de un hombre, tiene que ser virtuosa siempre - respondio el principe, con recato-. Solo las prostitutas y las cortesanas pueden divertirse con amantes.

– ?Tu no me consideras una buena muchacha, Hal? -le pregunto Rosamund, inocentemente.

– Claro que eres buena -se apresuro a responder el.

– ?Entonces por que intentas seducirme y arruinar mi reputacion, Hal? Algun dia debo casarme. ?Quien querra a una muchacha con la reputacion manchada? ?Una muchacha considerada camino abierto para los hombres? Pues si yo te permitiera hacer conmigo lo que quieres, despues alardearias de haberlo hecho, y tus amigos querrian tambien mis favores -dijo Rosamund, para terminar.

El se ruborizo, con culpa.

– Tu aceptaste -dijo, enfurrunado.

– Tu me pediste un beso -dijo ella, suavemente-. Un beso.

– Es que tus labios son muy dulces, senora de Friarsgate -dijo el, a modo de disculpa.

Antes de que Rosamund pudiera responderle, oyeron otra voz. Una muy conocida.

– Ah, Su Alteza, aqui estan. Tu padre ha llegado de Londres y desea verte -dijo sir Owein Meredith. Su mirada parecia extrana, pero su tono era el de un buen servidor.

– La senora se torcio el tobillo -se apresuro a explicar el principe, se puso de pie, todavia cargando a Rosamund. Entonces, la entrego a sir Owein-. Por favor, llevala a mi abuela con mis disculpas. -Se dispuso a retirarse, pero se arrepintio y se volvio a ellos-. ?Mi padre esta en su gabinete privado?

– Si, Su Alteza -respondio sir Owein.

Sin mas, el principe se fue rapidamente.

– ?No puede caminar? -pregunto sir Owein.

Rosamund asintio, con las mejillas calientes de la verguenza. ?Haber sido sorprendida en una posicion tan comprometida con el principe Enrique!

– ?Como sucedio? -pregunto sir Owein caminando hacia el palacio con su bonita carga.

– En el campo de tenis -logro decir Rosamund-. Me cai tratando de pegarle a una pelota.

– El tenis es un juego demasiado brusco para una senora -dijo sir Owein.

– Creo que estoy de acuerdo. ?Vino con el rey?

El asintio.

– Me ha asignado a la casa de la condesa de Richmond. Dice que ahora que no esta la reina, el ya no necesita tanto personal. Esta muy melancolico y parece que la extrana cada dia mas. Me retiene en razon de mis prolongados servicios para la casa de Tudor, porque soy gales. Si no fuera por eso, me devolveria a mi familia, como ha sucedido ya con muchos otros.

– ?Ellos se alegrarian de verlo? -le pregunto ella.

El rio y el sonido de su risa fue amargo.

– No lo creo, a menos que fuera con riqueza. Hace tanto tiempo que no veo a ninguno de ellos que dudo de que pudiera reconocerlos.

– Es triste. Yo seria muy desdichada si no tuviera a nadie que me esperara en mi hogar.

– El lugar donde naci hace mucho que no es mi hogar, desde los seis anos. No lo recuerdo en absoluto. Pienso mas en el castillo Caernavon, que era el asiento de sir Jasper, como mi casa. Y ahora bien, lady Rosamund, no deberia besarse ni acariciarse con el principe Enrique.

– ?Senor! -dijo ella, tratando de parecer ofendida.

– No puede negarlo -dijo el, con una risita-. Mi dulce Rosamund de Friarsgate, hablo por su propio bien. Si espera que le den un esposo puede permitir que se manche su buen nombre.

– Todo lo que queria era un beso -murmuro Rosamund-. Un beso no es un crimen.

– Ahora escucheme, nina -dijo sir Owein, severo-. El principe Enrique ha estado toqueteando criadas desde que se puso los pantalones. Cuando cumplio los once sus amigos le entregaron una prostituta. Fue un secreto a voces en toda la Corte. El principe ha seguido en ese camino. Le gustan las mujeres. ?Un solo beso? ?Tenia la mano en su pecho, Rosamund! Le aseguro que pronto estaria acostada de espaldas. Al principe le fascina la conquista. No le importan las consecuencias, porque para el no las habria, excepto una posible dosis de gonorrea.

– ?Senor! – Otra vez le ardian las mejillas.

– Es una virgen de buena familia y reputacion, Rosamund, pero el principe la seduciria sin importarle su futuro. ?Y si quedara encinta, muchacha? La enviarian a su casa deshonrada, y no me cabe duda de que la darian en custodia a su tio Enrique. ?Es eso lo que desea, Rosamund?

– No -dijo ella, con suavidad-. Me juzga mal, senor. No soy tan tonta como para no darme cuenta, pese a toda mi inexperiencia, de cuando un muchacho quiere jugar conmigo. Ya habia reprendido al principe y el habia interrumpido su comportamiento impropio. No hacia falta que me rescatara.

– Llegue hasta ustedes por casualidad -le respondio sir Owein-. Asi que entonces adivino sus intenciones, ?eh?

– Una muchacha puede ser pura, pero no obstante reconocer lo impuro. Tengo en mucha estima mi reputacion, pero nunca antes me habia besado un enamorado. Queria saber como era -explico ella.

– ?Y le gusto el beso del enamorado? -pregunto el.

– Si, fue muy agradable, senor. El corazon me latio fuerte, e incluso pense que iba a desmayarme del placer que se apodero de mi. No tiene nada de malo, ?no? Me imagino que otras muchachas han hecho lo mismo y no han quedado deshonradas.

Habian llegado a la puerta de los departamentos privados de la condesa de Richmond. Habia un criado junto a la puerta. De inmediato la abrio, impasible, para dar paso a sir Owein con Rosamund en brazos

– ?Santo cielo! ?Que le paso a Rosamund? -exclamo la Venerable Margarita cuando entraron en su sala diurna.

– Me cai, senora, y me torci el tobillo. Sir Owein tuvo la gentileza de traerme -explico Rosamund.

– Bajela, sir Owein, y veamos ese tobillo. Senoras, sir Owein ha vuelto a mi servicio. Se que todas ustedes estaran encantadas.

El dejo a la muchacha. Rosamund se levanto la falda delicadamente para mostrar el tobillo, que estaba muy hinchado y se ponia purpura y amarillo. Hizo una mueca de dolor cuando el le toco la piel.

– Ay -dijo la condesa, sacudiendo la cabeza-. Tendras que quedarte adentro unos cuantos dias, nina, hasta que baje la hinchazon. Ah, aqui esta tu Maybel. Ella te pondra emplastos. Sir Owein, lleve a lady Rosamund a su cama ahora, y que su criada la atienda.

Maybel mostro el camino y le dijo a sir Owein que dejara a Rosamund en una silla en el dormitorio que compartia con la princesa Tudor.

– ?Me traeria un poco de agua caliente, senor? -le pregunto Maybel al caballero-. La necesitare para hacer el emplasto de mi senora.

El asintio y salio.

– Estabas con ese joven principe sinverguenza, ?verdad? -le dijo Maybel-. No me lo niegues. La princesita te vio salir con el.

– Fuimos a jugar al tenis -respondio Rosamund.

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