tiernos cuidados de Henry.
Ella lo obedecio, pero estuvo despierta para la vigilia de la noche. El dia del funeral durmio por la manana y, luego, con sus hijas vestidas enteramente de negro, asistio a la misa de funerales por su esposo. La Pequena iglesia rebosaba con los arrendatarios de Friarsgate; muchos de ellos lloraban. Su dolor se convirtio en ruido cuando Rosamund y sus hijas siguieron el feretro de Owein hasta el cementerio que habia junto a la iglesia. Llorando abiertamente, la dama de Friarsgate miro mientras bajaban a la tierra el ataud de su esposo. Para conmocion de todos, se desvanecio cuando la ultima palada de tierra cayo sobre la tumba.
La llevaron a la sala, donde la reanimaron quemando una pluma bajo la nariz. Abrio los ojos ante los rostros preocupados de su entorno.
– Ya estoy bien -los tranquilizo.
– ?Estas exhausta! -exclamo Maybel-. Eso es lo que ocurre.
– Tendrias que ir a acostarte, sobrina -dijo Richard Bolton.
– No hasta despues del banquete -respondio ella, empecinada- Es mi deber ser la anfitriona ante los arrendatarios.
No discutieron, pero despues de servida la comida del funeral, hicieron que Rosamund se metiera en la cama junto con sus hijas, y Richard y Edmund Bolton se sentaron en la sala con Maybel y el padre Mata.
– No dejo testamento -dijo Richard.
– Entonces, hay que ocuparse de protegerla contra Henry y sus hijos -advirtio Edmund-. Me temo que se pondra violenta si Henry intenta volver a imponerle su voluntad.
– Entonces, haremos un testamento -dijo Richard Bolton, con voz serena-. Henry no conoce la letra de Owein. Escribiremos lo que podria haber querido Owein para Rosamund y las ninas, y tu -se dirigio al padre Mata- firmaras con el nombre de Owein.
– ?Yo? -pregunto el joven sacerdote.
– Diremos que Rosamund ha quedado encargada de velar por sus hijas y por Friarsgate. Que tu y yo hemos sido elegidos para supervisarla y que, en la eventualidad de nuestras muertes, ella volvera al cuidado del rey y sus hijas con ella.
– ?Yo debo firmar con el nombre de sir Owein? -repitio el sacerdote.
– Si -respondio Richard-. Firmaras con el nombre de Owein el documento que yo escriba y, despues, me confesaras tu pecado. Yo te absolvere, por supuesto, Mata. -Sus ojos azules brillaban.
– En ese caso -opino el padre Mata-, hagamoslo ya. Henry Bolton pudo haberse enterado de la perdida que sufrio su sobrina, y en dia o dos como maximo, lo tendremos con nosotros. Debemos pasarle un poco de polvo en los dobleces al pergamino, para avejentarlo.
– ?Avejentarlo? -Edmund parecia confundido.
– No queremos que el documento parezca nuevito, Edmund -dijo, serio, el padre Mata-. El polvo en los dobleces le da aspecto de viejo. ?Tenemos un pedazo viejo de pergamino? Eso tambien vendria bien. -Ahora, sus ojos brillaban.
Richard Bolton asintio, con una sonrisa en sus labios delgados.
– Te auguro un futuro brillante en la iglesia, Mata -sentencio, conciso-. Pongamos manos a la obra.
TERCERA PARTE
CAPITULO 13
El rey y la reina disfrutaban de un momento tranquilo que pocas veces podian compartir en sus aposentos privados. Si bien habia guardias afuera y las damas de la reina parloteaban entre ellas, Enrique y Catalina estuvieron solos por un buen rato. El joven rey amaba a su esposa y la respetaba mucho, pero las caras bonitas y las mujeres ingeniosas seguian atrayendolo. No se negaba ningun placer, a pesar de su estado civil. Hasta el momento, la reina ignoraba sus incursiones en el campo de la lujuria. Y Enrique sabia que no se debia perturbar su sensibilidad. Ya habia perdido un hijo. Asi que el no descuidaba pasar media hora a solas con su Kate, todos los dias. Ella se conformaba, inocente de Dios, con que el estuviera con ella.
– ?Te acuerdas de Rosamund Bolton, de Friarsgate? -le pregunto la reina a su esposo. Tenia sobre el regazo un pergamino que acababa de leer.
La amplia frente del rey se fruncio en la reflexion. Claro que se acordaba de ella. Habia querido seducirla, pero un endemoniado caballero de su padre que, ademas, procedio a darle un sermon sobre caballeria se lo habia impedido.
– Creo que no. ?Quien es?
– Estuvo en la Corte por un breve lapso. Era una heredera de Cumbria, pupila de tu padre.
– Tuvo varias muchachas pupilas -respondio el rey. 'Pero ninguna con los senos tan seductores ni con aquellos sonadores ojos ambarinos' -penso.
– Fue la amiga preferida de tu hermana en los meses previos a su casamiento en Escocia. Tu abuela y tu hermana convencieron a tu padre de que la diera por esposa a sir Owein Meredith. Se comprometieron aqui, en la Corte, y partieron con el sequito nupcial de Margarita, aunque lo abandonaron antes de llegar a Escocia -siguio explicando la reina.
?Sir Owein Meredith! ?Claro! Aquel era el caballero que lo habia reprendido tanto. El rey le sonrio a su esposa.
– ?Era pelirroja, Kate, mi amor? Me parece recordar a una muchacha de cabello rojo. ?O era oscuro? -El rey volvio a fruncir el entrecejo mientras simulaba pensar.
– Tiene el cabello rojizo, y los ojos como un buen ambar del Baltico, Enrique. Y esa deliciosa piel inglesa que yo siempre he admirado tanto. Crema y rosas silvestres. Lo cual siempre me ha parecido muy apropiado, considerando su nombre, 'Rosamund'.
– Si, creo que recuerdo a esa dama. Una muchacha bastante bonita que habia enviudado dos veces, aunque no tenia mas que catorce anos.
– ?Exactamente! ?Asi es! ?Ah, me alegro tanto de que te acuerdes, Enrique! Quiero que venga a la Corte.
– Pero, mi amor ?no tienes suficientes damas para servirte que debes requerir la compania de una de Cumbria? Su esposo no se alegrara, creo yo. Yo no te dejaria ir a ninguna parte sin mi -dijo el rey, con una amplia sonrisa.
La reina se ruborizo, pero insistio:
– Ha vuelto a quedar viuda, Enrique. Esta desolada, porque amaba a sir Owein. Tienen tres ninas pequenas. Yo soy madrina de la segunda, aunque no la he visto nunca.
El rey ahora estaba intrigado.
– ?Y como es que sabes tanto de esa muchacha del campo, Kate, e incluso eres madrina de su hija? -le pregunto a su esposa. A veces ella lo sorprendia, y por lo general cuando el menos lo esperaba. Todavia tenia mucho que aprender de su Kate.
– Nos escribiamos, esposo mio, casi desde su partida de la Corte. No tienes idea de lo buena que ha sido conmigo, Enrique, ni de lo leal que es. Rosamund Bolton es la mejor de las mujeres. Si puedo aliviar su pena en algo, lo hare con gusto. Por favor, dime que puede venir. Sera tan bueno para mi.
– Claro que puede venir, pero dime, ?como fue buena contigo, dulce Kate?
– Se entero de mis aprietos economicos aquella vez, cuando tu padre, que Dios lo tenga en su gloria -dijo la reina, persignandose devotamente-, no estaba seguro de si se realizaria nuestro matrimonio. Y mientras tu padre
