y el mio discutian sobre mi manutencion, Rosamund Bolton me envio dinero. Y no solo una vez. Dos veces por ano me daba lo que podia. No era mucho, apenas para unas semanas, pero no me fallo nunca. Me dijo mi mensajero que una vez vendio un potrillito, hijo de un gran caballo de guerra, y me mando todo lo obtenido de la venta. Lady Neville, cuyo esposo queria comprar el animal, pero le ganaron de mano, me confirmo la historia.

– ?Caramba! -dijo el rey, atonito.

– Y sus dulces cartas me dieron tanto consuelo. Me escribia sobre su vida en Friarsgate, sus embarazos, sus hijas, pero mas que nada sobre sir Owein. Perdio un hijo, que nacio este ano, mas o menos cuando yo perdi a nuestro nino. Ahora ha perdido a sir Owein. -La reina se detuvo y miro a su esposo-. Como veras, estoy en deuda con ella, Enrique.

El asintio, despacio. Que interesante el hecho de que su Kate hubiera suscitado una lealtad tan carinosa de una muchachita sin importancia que habia conocido fugazmente.

– ?Como murio sir Owein? No era un hombre joven, pero tampoco viejo.

– Se cayo de un arbol, aunque no se que hacia trepado a un arbol. Tenia treinta y ocho anos, segun me dice la pobre Rosamund.

– Puedes enviar a una escolta a Friarsgate para que la traiga, Kate. Y enviale dinero, que compre tela para hacerse un buen guardarropa para cuando este entre nosotros -le ordeno el rey, generoso, a su esposa.

– ?Ay, Enrique, eres tan bueno! -exclamo la reina, echandose sobre sus rodillas y cubriendole el rostro de besos-. ?Cuanto te amo, queridisimo esposo!

Enrique Tudor rio y devolvio sus besos, mientras le acariciaba los senos y a ella se le encendian las mejillas tanto de placer como de verguenza.

El mensajero real llego a Friarsgate con una abultada bolsa y una carta de la reina para la duena. Rosamund debia tomar la bolsa y comprar buenas telas para hacer varios trajes apropiados para la Corte. En seis semanas, a partir de ese momento, seria acompanada desde su casa hasta Londres. Podia llevar una criada consigo.

– Yo no puedo ir -le dijo Rosamund a Maybel.

– ?Claro que si!

– ?Como voy a dejar a mis ninas? -gimio Rosamund-. Bessie acaba de ser destetada. Tengo responsabilidades.

– Rosamund -la tranquilizo su tio Edmund, viendo que su apasionada esposa comenzaba a alterarse-. Querida sobrina, esto no es solo una invitacion. La reina te ha pedido que te unas a su Corte. No esperara que te quedes mucho tiempo con ella, pero es una orden real, Rosamund. La cosecha esta recogida y todo se encuentra listo para el invierno. Manana te acompanare, junto con mi querida esposa, a Carlisle, donde compraran tela para los trajes. No tenemos demasiado tiempo para prepararnos, querida mia, pero debes ir.

– ?Cuanto tiempo piensas que debere quedarme? Sabes cuanto me disgusta estar lejos de casa, tio.

– Unos pocos meses, no mas, nina. Recuerda que la ultima vez que visitaste la Corte estabas a cargo del rey, pero ahora eres una mujer adulta. Tal vez incluso encuentres un nuevo esposo entre los hombres del rey.

– ?Jesus, Maria y Jose! -exclamo Maybel, mirando con furia a Edmund. El pobre Owein estaba tibio en su tumba y ahi estaba su esposo hablando de otro hombre.

– ?Ay, tio, yo jamas volvere a casarme!

– Bien, fuera como fuese, sobrina, tendras mas libertad en esta visita. Se dice que el joven rey es muy alegre y que su Corte es divertida. Owein no querria que lo lloraras el resto de tu vida.

– Tio, hace apenas dos meses que se ha ido de mi lado -senalo Rosamund, con los ojos llenos de lagrimas.

– ?Callate, viejo imprudente! -le siseo Maybel a Edmund.

Fueron a Carlisle y encontraron ricas telas para los trajes que usaria en la Corte. Rosamund no queria escoger colores brillantes para honrar su viudez. En las siguientes semanas, ella, Maybel y muchas de las mujeres de Friarsgate cosieron para hacerle un guardarropa apropiado. Llevaria cuatro trajes. Dos serian negros; uno, de un tono verde oscuro y el otro, azul violaceo. Las faldas eran campana pues, segun les habia asegurado el mercero de Carlisle que les vendio un mirinaque, esa era la moda en la Corte.

– Es la influencia espanola de la reina -dijo, con un guino.

Los corpinos eran dificiles, porque ahora las mangas se habian vuelto mas intricadas, explico la esposa del mercero. Tenia una hermana en Londres que le habia enviado dibujos de como debia vestirse ahora. Le copio uno a Rosamund y le dijo que los espanoles eran muy elegantes.

– Mi hermana dice que la reina siempre ha estado mejor que cualquiera. Sostiene que los trajes que trajo de Espana eran magnificos.

'Si supiera la verdad' -penso Rosamund, pero asintio y le agradecio a la esposa del mercero su gran ayuda.

Su nuevo guardarropas estuvo terminado dos dias antes de que llegara su escolta. Los trajes tenian escote cuadrado. Los corpinos eran ajustados y las faldas llegaban al piso. El de brocado negro estaba decorado con bordado en oro para aliviar su severidad, y tambien llevaba bordado de oro en los punos. El de terciopelo verde tenia un borde de una suave piel castana, con anchos punos de piel; el de brocado azul, un canesu de terciopelo azul mas claro alrededor del escote y punos bordados en oro y plata y el de terciopelo negro, un canesu de terciopelo blanco bordado en plata y mangas ajustadas con punos de piel.

– Nunca use ropa como esta. Por cierto que no avergonzare a la reina, mi protectora, aunque casi todos los trajes de la Corte seran magnificos comparados con los mios. -Miro la ropa extendida prolijamente para su inspeccion. Habia seis camisas, mas de las que ella habia visto en toda su vida; dos trajes para dormir y una gorra de noche bordada y con cintas rosadas; seis pares de medias tejidas con una lana muy delicada proveniente del primer peinado de las ovejas de primavera. Tenia una hermosa capa nueva con capucha hecha de lana de Friarsgate, tenida del famoso y exclusivo color azul de la finca. Estaba forrada y bordeada con piel de conejo, al igual que los guantes de cuero color castano que hacian juego.

El zapatero de la finca le habia hecho zapatos nuevos y un par de botas, ademas de una proteccion especial por si llovia o habia barro. Tambien preparo para ella un elegante costurero que encajaba en un precioso bolso de cuero con unas tijeras pequenas.

Rosamund tenia pocas joyas, pero empaco las que poseia, pues las damas de la Corte ciertamente usarian joyas. Tenia un collar de una vuelta de perlas del que pendia una cruz de oro y perlas, que habia pertenecido a su madre y a su abuela; un broche de plata y malaquita verde que le habia regalado Owein para el quinto aniversario de su casamiento; otro broche de jaspe rojo que habia sido de su madre y tres anillos, ademas del nupcial. Entonces recordo el hermoso broche de esmeraldas y perlas que la Venerable Margarita le habia enviado a Philippa cuando nacio. Su hija era demasiado pequena para usar joyas y la abuela del rey habia muerto unos meses despues que su hijo. Nadie lo sabria y el broche le quedaria esplendido con el traje de terciopelo verde. Rosamund guardo esa joya tambien.

Se habia decidido que Annie, una joven criada a quien Maybel queria mucho, acompanaria a Rosamund a la Corte.

– Yo ya estoy demasiado vieja para ir contigo, querida nina. Ademas, tienes que dejar a alguien de confianza aqui para que se ocupe de las ninas, y esa persona soy yo. He estado instruyendo a Annie y te servira bien. Yo no voy a vivir para siempre, Rosamund. Debes tener a otra persona que se ocupe de ti.

– Que no se te ocurra dejarme, pero estoy de acuerdo en que es mejor que venga una persona mas joven conmigo. Ya conoces los horarios de la Corte. Si estoy con el sequito de la reina no se me permitira irme a la cama hasta que Su Majestad este bien metida en la suya.

Rosamund preparo a sus hijas para su partida, pero solo Philippa parecio interesarse. Banon queria saber si su madre le traeria algo cuando regresara y Bessie era demasiado pequena para entender lo que sucedia.

– ?La reina tiene una hijita? -pregunto Philippa.

– No, todavia no tiene hijos -respondio su madre.

– No te vas a ir mucho tiempo, mama, ?verdad? -pregunto Philippa, mirandola, y eran los ojos de Owein que escudrinaban el rostro de Rosamund.

– Yo no quiero irme y no lo haria, pero ningun subdito leal puede desobedecer la orden de la reina, mi nina. -Rosamund aliso con suavidad el cabello de su hija-. Preferiria quedarme con mis tres ninas antes que ir a la Corte. Creo que no soy una criatura muy social, queridisima.

– Ya hemos perdido a nuestro padre, no queremos perderte a ti.

– No me perderan, mi nina, y tendran a Maybel aqui para cuidarlas. Mi mama murio cuando yo tenia tres

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