coronar, en los montes que escalaria para salir de la bruma y la lluvia e internarse en el hielo y el brillo de las cumbres; penso en muchas cosas, en demasiadas cosas. Aunque estaba inmovil, su mente no cesaba de discurrir. Habia ido en busca de sosiego, pero su mente no dejaba de pensar, corria del pasado al futuro una y otra vez. Solo encontro la calma unos instantes. Una de las garzas se acerco silenciosamente al agua desde el otro lado de la charca. Alzo su delgada cabeza y miro a Lev. El joven le devolvio la mirada y por un instante quedo atrapado en ese ojo redondo y transparente, tan insondable como el cielo limpido: fue un momento redondo, transparente y silencioso, un momento en el centro de todos los momentos, el momento presente y eterno del animal silente.

La garza giro, inclino la cabeza y busco alimento en las aguas turbias.

Lev se incorporo, intento moverse tan callada y diestramente como la garza y abandono el circulo de arboles pasando entre dos impresionantes troncos rojos. Fue como atravesar una puerta para ir a un sitio totalmente distinto. El valle llano brillaba bajo el sol y el cielo aparecia ventoso y vivo. Sobre la ladera sur, el Templo con su techo de madera pintado de rojo reflejaba los destellos dorados del sol. Lev acelero el paso al ver que muchas personas charlaban de pie en los escalones y el porche del Templo. Deseaba correr, gritar. No era el momento para estar quieto. Era la primera manana de la batalla, los albores de la victoria.

—?Corre! ?Todos estamos esperando al Jefe Lev! —lo llamo Andre.

Rio y apreto el paso. Subio con dos zancadas los seis escalones del porche.

—Esta bien, esta bien, esta bien —dijo—. ?A eso le llamas disciplina? ?Donde estan tus botas? Sam, ?crees que es una posicion respetuosa?

Sam, un hombre moreno y fornido que solo llevaba pantalon blanco, estaba tranquilamente cabeza abajo, cerca de la barandilla del porche.

Elia coordino la reunion. Como el sol resultaba muy agradable, en lugar de entrar se sentaron a charlar en el porche. Elia estaba serio, como de costumbre, pero la llegada de Lev animo a los demas y el debate fue acalorado aunque breve. El sentido de la reunion quedo de manifiesto casi de inmediato. Elia queria que otra delegacion fuera a la Ciudad para hablar con los Jefes, pero nadie lo secundo; todos eran partidarios de una reunion general de la poblacion del Arrabal. Acordaron que se celebraria antes del crepusculo y que los mas jovenes se ocuparian de dar voces en las aldeas y los campos mas lejanos. Lev estaba a punto de irse cuando Sam, que durante el debate habia permanecido tranquilamente cabeza abajo, se enderezo con un solo y gracioso movimiento y le comento sonriente:

—Arjuna, sera una gran batalla.

Con la mente ocupada por cien ideas distintas, Lev sonrio a Sam y partio.

La campana que la poblacion del Arrabal estaba a punto de emprender era algo nuevo y, al mismo tiempo, familiar. Todos habian aprendido sus principios y tacticas en la escuela arrabalera y en el Templo; conocian las vidas de los heroes-filosofos Gandhi y King, la historia del Pueblo de la Paz y las ideas que habian inspirado esas vidas, esa historia. En el exilio, el Pueblo de la Paz habia seguido viviendo de acuerdo con esas ideas y, hasta el presente, con buenos resultados. Al menos siguieron siendo independientes al tiempo que se hacian cargo de toda la iniciativa agricola de la comunidad y compartian plena y libremente los productos con la Ciudad. A cambio, la Ciudad les proporcionaba herramientas y maquinaria fabricadas en las fundiciones del gobierno, pescado capturado por su flota y otros productos que la colonia establecida con anterioridad podia proveer mas facilmente. Habia sido un acuerdo satisfactorio para ambas partes.

Gradualmente los terminos del acuerdo se tornaron mas injustos. El Arrabal cultivaba las plantas de algodon y los arboles de la seda y trasladaba la materia prima a las hilanderias de la Ciudad para que la hilaran y la tejieran. Sin embargo, las hilanderias eran lentas; si los arrabaleros necesitaban ropa, mas les valia hilar y tejer los panos. El pescado fresco y seco que esperaban no llegaba. La Junta explico que se debia a que las capturas fueron exiguas. No sustituyeron las herramientas. La Ciudad habia entregado herramientas a los campesinos; la Junta dijo que si los campesinos eran descuidados, a ellos les tocaba reemplazarlas. Y asi sucesivamente. Fue un proceso paulatino que no dio lugar a que estallara la crisis. La gente del Arrabal transigio, se adapto, se arreglo. Los hijos y los nietos de los exiliados —ahora hombres y mujeres adultos— nunca habian visto en accion la tecnica de conflicto y resistencia que articulaba su fuerte union como comunidad.

Sin embargo, la habian aprendido, conocian el espiritu, los motivos y las reglas. La habian aprendido y la practicaban toda vez que surgia un conflicto menor en el Arrabal. Habian visto que sus mayores arribaban a la solucion de problemas y desacuerdos mediante un apasionado debate y, en otros casos, a traves de un consentimiento casi tacito. Habian aprendido a captar el sentido del encuentro, no a oir la voz del mas griton. Habian aprendido que en cada ocasion debian decidir si la obediencia era necesaria y correcta o impropia y erronea. Habian aprendido que un acto de violencia es un acto de debilidad y que la fuerza del espiritu consiste en ser fiel a la verdad.

Al menos creian en esta concepcion de la vida y estaban convencidos de haberla aprendido mas alla de todo atisbo de duda. Ninguno, cualquiera que fuese la provocacion, apelaria a la violencia. Estaban seguros y eran fuertes.

«Esta vez no sera facil —les habia dicho Vera antes de partir a la Ciudad con los demas—. Saben ustedes que no sera facil.»

Asintieron sonrientes y la aclamaron. Claro que no seria facil. Las victorias faciles no merecen la pena.

Mientras iba de una granja a otra del sudoeste del Arrabal, Lev pedia a los pobladores que fueran a la gran reunion y respondia a sus preguntas sobre Vera y los demas rehenes. Algunos temian lo que los hombres de la Ciudad pudieran intentar a continuacion y Lev dijo:

—Si, tal vez hagan algo peor que tomar un punado de rehenes. Simplemente, no podemos esperar que esten de acuerdo con nosotros porque nosotros no estamos de acuerdo con ellos. Creo que habra pelea.

—Cuando luchan emplean navajas…, y tambien esta ese…, ese lugar donde azotan, ya sabes —dijo una mujer y bajo la voz—. Ese sitio donde castigan a los ladrones y… —No acabo la frase. Todos se mostraron avergonzados y preocupados.

—Se han dejado atrapar por el circulo de violencia que los trajo aqui —anadio Lev—. Pero nosotros, no. Si nos mantenemos firmes y unidos, veran nuestra fuerza, comprenderan que es mayor que la de ellos. Escucharan lo que tenemos que decir. Y asi ellos mismos ganaran la libertad.

La voz y la expresion de Lev eran tan joviales que los campesinos notaron que, lisa y llanamente, decia la verdad y empezaron a esperar la proxima confrontacion con la Ciudad en lugar de temerla. Dos hermanos cuyos nombres procedian de la Larga Marcha —Lyon y Pamplona— se entusiasmaron; el simplon de Pamplona siguio a Lev de una granja a otra durante el resto de la manana a fin de oir diez veces los Planes de Resistencia.

Por la tarde Lev trabajo con su padre y las otras tres familias que cultivaban el campo de arroz de los pantanos, ya que la ultima cosecha estaba a punto y habia que recogerla pasara lo que pasase. Su padre fue a cenar con una de las familias y el acudio a comer a casa de Vientosur. La muchacha habia dejado la casa de su madre y vivia sola en la casita que se alzaba al oeste de la poblacion, construida por Timmo y por ella cuando se casaron. La vivienda se alzaba solitaria entre los campos, aunque a la vista del grupo de casas mas proximo, que correspondia a las afueras del Arrabal. Lev, Andre o Italia —la esposa de Martin—, o los tres, a menudo iban a cenar a la casita, llevando algo para compartir con Vientosur. Lev y ella cenaron sentados en el umbral porque era una tarde de otono templada y dorada y luego caminaron juntos hasta el Templo, donde ya se habian congregado doscientas o trescientas personas y, a medida que pasaban los minutos, llegaban mas.

Todos eran conscientes de los motivos por los que se habian reunido en el Templo: para convencerse mutuamente del hecho que estaban unidos y para debatir lo que debian hacer. El espiritu del encuentro era festivo y emotivo. La gente se apinaba en el porche y hablaba, expresando de un modo u otro lo siguiente: «?No cederemos, no abandonaremos a nuestros companeros!». Cuando Lev hablo, lo aclamaron; era hijo del gran Shults que encabezo la Larga Marcha, explorador de la inmensidad y el favorito de la mayoria de los arrabaleros. Las aclamaciones se interrumpieron bruscamente y se produjo una conmocion entre los congregados, que ahora superaban el millar. La noche habia caido y la luz electrica del porche del Templo —producida por el generador de la poblacion— apenas iluminaba, por lo que resultaba dificil saber que ocurria en las lindes del gentio. Un objeto negro, achaparrado y compacto parecia abrirse paso por la fuerza entre la gente. Cuando se acerco al porche, se vio que era una masa humana, un destacamento de guardias de la Ciudad, que se movian en bloque. Este bloque solido tenia voz:

—Reuniones… orden… pena… —fue lo unico que se oyo porque, indignados, todos hacian preguntas.

En pie bajo la luz, Lev pidio calma y en cuanto el gentio hizo silencio, se oyo una voz estentorea que

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