decia:

—Las reuniones masivas estan prohibidas, deben dispersarse. Bajo pena de carcel y castigo, las reuniones publicas estan prohibidas por orden de la Junta Suprema. ?Dispersense de inmediato y regresen a vuestras casas!

—No —dijo la gente—. ?Por que tenemos que dispersarnos…? ?Con que derecho nos lo piden…? ?Vuelvan ustedes a vuestras casas!

—?Ya esta bien, silencio! —rugio Andre con un vozarron del que nadie lo creia capaz. En cuanto la gente hizo silencio, se dirigio a Lev con su tono bajo de costumbre—: Vamos, habla.

—Esta delegacion de la Ciudad tiene derecho a hablar —dijo Lev en voz alta y clara—. Y a ser escuchada. Es posible que cuando hayamos oido lo que tienen que decir no hagamos caso, pero recuerden que estamos decididos a no amenazar de hecho ni de palabra. No ofrecemos colera ni danos a estos hombres que se reunen con nosotros. ?Lo que les ofrecemos es amistad y amor a la verdad!

Miro a los guardias y el oficial repitio inmediatamente la orden de suspender la reunion con tono tajante y apremiante. Cuando termino de hablar, reino el silencio. El silencio persistio. Nadie dijo esta boca es mia. Nadie se movio.

—?Ya esta bien! —insistio el oficial elevando el tono de voz—. ?Muevanse, dispersense, vuelvan a vuestras casas!

Lev y Andre se miraron, se cruzaron de brazos y se sentaron. Grapa, que tambien estaba en el porche, hizo lo propio; despues se sentaron Vientosur, Elia, Sam, Joya y los demas. La gente apinada en el terreno del Templo comenzo a sentarse. Fue una vision inenarrable en medio de las sombras y de la luz amarillenta salpicada de oscuridad: las multiples, las innumerables formas oscuras parecieron reducirse a la mitad de su estatura con un debil frufru y unos pocos murmullos. Algunos chiquillos rieron. En medio minuto todos se habian sentado. No habia nadie de pie salvo el destacamento de guardias: veinte hombres apinados.

—Estan ustedes advertidos —grito el oficial colerico e incomodo. Evidentemente no sabia que hacer con esa gente que ahora permanecia sentada en el suelo, en silencio, y lo contemplaba con expresion de pacifica curiosidad, como si fueran ninos que asistian a un teatro de marionetas y el fuera un titere—. ?Levantense y dispersense o empezare a arrestarlos! —Nadie abrio la boca—. De acuerdo, arresten a los trein…, a los veinte mas proximos. En pie. ?Eh, ustedes, arriba!

Las personas a las que les habian dirigido la palabra o a las que los guardias habian tocado con la mano se pusieron tranquilamente de pie y esperaron pacientes.

—?Puede venir mi esposa? —pregunto un hombre en voz baja pues no queria quebrar la enorme y profunda quietud del gentio.

—?Por orden de la Junta, no se celebraran nuevas reuniones masivas de ningun tipo! —chillo el oficial y encabezo la partida del destacamento, llevandose a cerca de veinticinco arrabaleros. Se perdieron en la oscuridad, fuera del alcance de la luz electrica.

La muchedumbre guardo silencio.

Sono una voz cantante. Se sumaron otras, al principio quedamente. Era una vieja cancion de los tiempos de la Larga Marcha en la Tierra.

Oh, cuando arribemos, oh, cuando arribemos a la Tierra Libre, entonces construiremos la Ciudad, oh, cuando arribemos…

A medida que el grupo de guardias y los arrestados se internaban en la oscuridad, el cantico no sonaba mas debil sino mas fuerte y claro, pues los cientos de voces se unieron y lograron que la melodia resonara sobre las tierras oscuras y tranquilas que separaban el Arrabal de la Ciudad Victoria.

Las veinticuatro personas que los guardias arrestaron o que los acompanaron voluntariamente regresaron al Arrabal a ultima hora del dia siguiente. Habian pernoctado en un almacen, quiza porque la carcel de la Ciudad no podia albergar a tantos y porque dieciseis detenidos eran mujeres y ninos. Explicaron que por la tarde habia tenido lugar el juicio y que cuando concluyo les dijeron que volvieran a sus casas.

—Pero tendremos que pagar una multa —dijo el viejo Pamplona dandose tono.

El hermano de Pamplona, Lyon, era un prospero hortelano, pero el lerdo y enfermizo Pamplona nunca habia sido importante. Ese fue su gran momento. Habia ido a la carcel, igual que Gandhi, igual que Shults, igual que en la Tierra. Era un heroe y rebosaba felicidad.

—?Una multa? —pregunto incredulo Andre—. ?En dinero? Saben que no utilizamos sus monedas…

—Una multa —explico Pamplona, tolerante ante la ignorancia de Andre— que consiste en que tendremos que trabajar veinte dias en la nueva granja.

—?Una nueva granja?

—Una especia de nueva granja que los Jefes estableceran.

—?Desde cuando los Jefes se dedican a la agricultura?

Todos rieron.

—Si quieren comer, sera mejor que aprendan —opino una mujer.

—?Que ocurrira si no vas a trabajar a la nueva granja?

—No tengo la menor idea —respondio Pamplona y se hizo un lio—. Nadie nos lo dijo. No estabamos autorizados a hablar. Nos llevaron a un juzgado. Fue el juez el que hablo.

—?Quien era el juez?

—Macmilan.

—?El joven Macmilan?

—No, el viejo, el concejal. Pero el joven estaba presente. ?Es un tipo corpulento como un arbol! Y no para de sonreir. Un joven elegante.

Lev se acerco con rapidez pues acababa de recibir la noticia del retorno de los detenidos. Abrazo a los que primero encontro en medio del exaltado grupo que se habia reunido en la calle para darles la bienvenida.

—?Han vuelto! ?Han vuelto…! ?Todos?

—Si, si, todos han vuelto. ?Ya puedes irte a cenar!

—Los demas, Hari y Vera…

—No, ellos no. No los vieron.

—Pero todos ustedes… ?Les hicieron dano?

—Lev dijo que no probaria bocado hasta que ustedes regresaran; se ha dedicado al ayuno.

—?Estamos todos bien, vete a cenar! ?Que tonteria!

—?Los trataron bien?

—Como a invitados, como a invitados —aseguro el viejo Pamplona—. Al fin y al cabo, todos somos hermanos, ?verdad? ?Tambien nos ofrecieron un desayuno magnifico y abundante!

—El arroz que nosotros mismos cultivamos, eso es lo que nos dieron. ?Vaya anfitriones! Encerraron a sus invitados en un granero negro como boca de lobo y frio como las gachas de anoche. Me duelen todos los huesos, quiero darme un bano, todos los guardias estaban plagados de piojos, vi uno en el cuello del que me arresto, un piojo del tamano de una una, que asco. ?Sueno con un bano! —Hablaba Kira, una mujer metida en carnes que ceceaba porque le faltaban los dos dientes delanteros; solia decir que no echaba de menos esos dientes, que le impedian hablar correctamente—. ?Quien me acogera esta noche? ?No pienso volver andando a la Aldea Este con todos los huesos doloridos e infinidad de piojos subiendo y bajando por mi espalda!

De inmediato cinco o seis personas le ofrecieron un bano, un lecho, comida caliente. Los arrabaleros liberados fueron atendidos y mimados. Lev y Andre bajaron por la callejuela secundaria que conducia a la casa del primero. Caminaron un rato en silencio.

—?Gracias a Dios! —exclamo Lev.

—Si, gracias a Dios. Han vuelto. Surtio efecto. Ojala Vera, Jan y los demas hubieran regresado con ellos.

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