Ella habia salido al jardin y al rato aparecio como loca pidiendole a los gritos que la acompanase a ver lo que habia encontrado. No estaba el reloj, ni vieron senales de que el tipo tuviese algo de la casa salvo un mazo de fotos que guardaba una caja.
Eran fotos de las nenas, algunas retocadas con lapiz de color y otras punteadas en tinta negra como para definir el marco de una ampliacion. Todas esas imagenes habian estado en su casa y de la mayoria podian recordar el momento en el que las habia tomado la madre, o unas companeras de colegio que solian visitarlos.
Al principio el le resto importancia: era algo natural porque de ese hombre se sabia que era muy carinoso y hasta amigo de los chicos del country. Siempre solia bromear con ellos inventandoles adivinanzas y chistes rimados con sus nombres, de modo que le parecia normal que hubiese juntado aquellas fotos que las nenas miraban y dejaban tiradas en cualquier parte.
Pero su mujer estaba horrorizada: decia que el tipo era un perverso y que debia ser un violador. El trato de calmarla: estaba cada vez mas seguro de que no habia nada que temer, y seguiria pensando asi si no hubiera dado con el bibliorato.
Era uno de esos libracos de contabilidad encuadernados en tela que se usaban hace cincuenta anos. Tenia cerca de mil paginas pautadas a dos columnas por una doble linea roja y estaba escrito con letras pequenas pero con caligrafia muy clara, casi como letras de imprenta. En las primeras paginas los trazos en birome, que eran mas leves, estaban destenidos por el tiempo y a medida que se avanzaba hacia el final parecian mas frescos y recientes.
Calculaba que escribir eso con semejante caligrafia, sin borrones ni tachaduras, debio requerir un trabajo de anos.
No, contaba: no era una novela. Una etiqueta escolar, pegada en el lomo del libraco decia 'El Jardin de las Flores', lo que tambien a ellos los llevo a pensar que era el titulo de una novela.
Era una un coleccion de cartas. Al leer las primeras se pensaba que serian copias de correspondencia de otras personas. Cada carta venia encabezada con el nombre de una remitente y de la mujer a quien estaba dirigida. Eran todas cartas entre mujeres. Desde el comienzo se notaba que quienes escribian eran gente de edad, al menos, cincuentonas, alguna de ellas ya jubilada. Debian ser diez o doce mujeres que evocaban pequenas historias de su infancia escolar. Al comienzo eran formales, se trataban de 'senora', 'querida senora' o 'estimada senorita', y se centraban en los preparativos de un encuentro de ex-alumnas planificado para las visperas de la siguiente Navidad.
El juez habia leido a los saltos, junto a su mujer, decenas de cartas que gradualmente iban volviendose mas intimas y confianzudas. Empezaban en febrero. Ya hacia abril todas las corresponsales se tuteaban y poco despues se empezaban a poner procaces y descabelladas, contagiandose y provocando el mismo tono de unas a otras.
Las supuestas autoras terminaban pareciendo locas: por ejemplo una carta contaba como si fuese la propia experiencia del remitente, algo que paginas atras, en el bibliorato, le habia relatado una tercera corresponsal. A partir de septiembre, una a una, iban evocando su iniciacion sexual y todas recordaban la fecha: se trataba del mismo dia, un cinco de abril.
Nadie que copie la experiencia de otro -decia el juez- la relataria con los mismos detalles ni la dataria justo sobre la misma fecha.
– ?No es cierto…? -preguntaba su cunado dirigiendose a los otros escribanos, como reconociendo que a el no le interesaba la historia de sus desgracias ni sus relojes de coleccion.
Pero en realidad, le habia despertado curiosidad el libro: ahora querria leerlo. Escuchaba al cunado contar que lo que 'les habia helado la sangre' era la descripcion en detalle de un hecho del que todas se atribuian haber sido victimas. Hablaba y cada tanto bajaba la voz y miraba hacia la pileta donde jugaban los ninos como temiendo que lo oyesen.
Todas las supuestas corresponsales tenian entre once y doce anos en oportunidad del hecho y el corruptor, de cincuenta y cuatro, era, en todos los caso el mismo hombre: el jardinero del colegio, un protegido de las monjas francesas que lo administraban.
Era un tipo muy querido en la zona. Vivia en el colegio y los sabados y los feriados daba clases de box a los varones. Algunas cartas contaban que habia sido un destacado boxeador que comenzo su carrera en Bahia Blanca y que llego a trabajar como sparring de algunos campeones en Los Angeles.
Eso imponia respeto a los adultos, mientras que las chicas del colegio estaban fascinadas porque se jactaba de conocer los nombres de todas las cosas y recordar los nombres de todas las personas.
Curiosamente, ninguna de las que en el bibliorato figuraban como autoras de las cartas, sabia su nombre: todas lo llamaban 'El Jardinero'.
Contaban las cartas que alumnas, monjas y profesoras del colegio lo admiraban por su destreza para dibujar con ambas manos: reproducia insectos con una perfeccion y un lujo de detalles que se comenta varias veces en las cartas fechadas entre julio y diciembre, donde tambien se refiere su conocimiento de los nombres y habitos de infinidad de especies de insectos voladores.
Lo que mas alarmaba, decia el juez, es la semejanza entre el tipo aquel, que era un viejo hace mas de cuarenta anos y el propio jardinero de sus terrenos en el Country Highland que ahora debe andar por esa edad. Y lo que 'te congela la sangre', repetia, eran los detalles de la violacion, que solo se pueden recomponer leyendo en orden y con mucha paciencia las cartas fechadas entre agosto y octubre.
Claro, decia: una persona normal diria violacion, pero en ninguna de las supuestas cartas se usa esa palabra.
Contaba que una corresponsal la llamaba 'iniciacion', y que otras aludian al hecho como 'la experiencia', 'el encuentro', 'el reconocimiento' y palabras vagas por ese mismo estilo. Explicaba que habria que recuperar el bibliorato, que ahora estaba en la delegacion policial de Pilar, para cotejar bien las descripciones que del hecho dan cada una de las supuestas corresponsales. De lo que estaba convencido era que ninguna de ellas guardaba rencor al hombre ni parecia reprocharle nada.
Vieron una carta cuya autora reconoce que sintio asco, pero no se referia a lo que ocurrio, ni a cuando sucedio, sino a algo que sintio dias despues en el colegio, cuando se cruzo con El Jardinero y noto que era tan viejo.
Eso figura en la carta. Al mes siguiente, la destinataria le responde, burlona, que no era tan viejo y que seria menor de lo que ellas dos eran ahora, en visperas del encuentro de ex companeras.
