dividio en tres y me detuve un momento, titubeando. No habia razon aparente para preferir uno a otro, y elegi al azar el de la izquierda.

No habia avanzado mucho cuando note que me costaba andar. Primero se me ocurrio que estaba enfermo, luego que me habian drogado. Con todo, no me sentia peor que al salir de la grieta donde me habia escondido Gunnie. No estaba mareado y no sentia que fuera a caerme; tampoco tenia ninguna dificultad en mantenerme erecto.

Y sin embargo, ya mientras estos pensamientos me cruzaban la mente, habia empezado a caer. No que no me hubiese dado cuenta de que habia perdido el equilibrio: simplemente no lograba adelantar el pie y buscar un punto de apoyo, aunque por cierto caia con gran lentitud. Una fuerza incomprensible parecia atarme las piernas, y cuando quise alargar los brazos tambien los tenia sujetos; no podia separarlos de los costados del cuerpo.

Asi colgaba en el aire, sometido a la muy leve atraccion de las bodegas, pero tambien sin caer. O mejor dicho cayendo tan lentamente que era como si nunca fuese a dar en el sucio suelo del pasaje. En algun lejano lugar de la nave sono una campana.

Todo esto se mantuvo invariable largo tiempo, o al menos por un tiempo que a mi me parecio muy largo.

Al fin oi pasos. Sonaban detras; yo no podia girar la cabeza para ver. Unos dedos se acercaron a la larga daga. Yo no conseguia mover la mano, pero la cerre sobre la empunadura y resisti. Hubo un sacudon y la negrura arremetio envolviendome.

Tenia la impresion de haberme caido de la tibia cama de trapos. La busque tanteando pero solo encontre un suelo frio. No era un suelo incomodo; yo pesaba demasiado poco. Pero estaba frio, tan frio que bien habria podido estar flotando en uno de los charcos que en alguna breve y calida temporada, a veces incluso en mitad del invierno, suelen formarse sobre el hielo del Gyoll.

Yo queria acostarme sobre mis trapos. Si no conseguia dar con ellos, Gunnie no me encontraria. Los busque a tientas pero no estaban.

A fuerza de buscarlos amplie el alcance de mi mente. No sabria explicar como; parecia no costarme esfuerzo alguno colmar con la mente la nave entera. Conoci las bodegas por donde nos moviamos como se mueven las ratas por las paredes que envuelven las habitaciones de una casa, y habia enormes cavernas atestadas de extranas mercancias. La mina de los hombres-mono habia guardado barras de plata y oro; pero cada bodega de la nave (y habia muchas mas de siete) era mucho mas grande, y el menor de sus tesoros provenia de estrellas remotas.

Conoci la nave, sus raros mecanismos, y aquello aun mas raro que en verdad no era un mecanismo, ni una criatura humana ni nada para lo cual tengamos nombre. Dentro habia muchos seres humanos y muchos no humanos; todos durmiendo, amando, trabajando, peleando. Los conocia a todos, aunque a algunos los reconocia y a otros no.

Conoci los palos, de una altura cien veces mayor que el ancho del casco; las grandes velas extensas como mares, objetos inmensos en dos dimensiones que apenas existian en la tercera. Una vez me habia asustado un dibujo de la nave. Ahora la conocia por un sentido mejor que la vista, y la rodeaba como la nave me rodeaba a mi. Encontre la cama de trapos, pero no pude llegar hasta ella.

El dolor me devolvio a mi mismo. Quiza para eso sirve el dolor, o acaso es solo la cadena forjada para atarnos al presente eterno, forjada en una herreria que solo podemos imaginar, por un herrero que desconocemos. Como sea, senti que mi conciencia caia sobre si misma como la materia en el centro de una estrella, como un edificio cuando la piedra vuelve a la piedra tal como estaba al principio en lo profundo de Urth, como una urna cuando se rompe. Harapientas figuras se inclinaban sobre mi, muchas de ellas humanas.

El mas grande de todos era el mas harapiento, y me parecio extrano hasta que me di cuenta de que tal vez no podia conseguir ropa a medida y por eso seguia usando la que habia usado a bordo, remendandola y volviendola a remendar.

Me agarro y me enderezo, ayudado por otros, aunque no necesitaba ninguna ayuda. Hacia falta estar loco para luchar: ellos eran mas de diez, todos armados. Y sin embargo lo hice, pegando y recibiendo golpes en una rina que no podia ganar. Desde que habia arrojado el manuscrito al vacio me parecia vivir bajo acoso, perseguido de un lado a otro, nunca dueno de mi mismo por mas de unos momentos. Ahora estaba decidido a golpear a quien pretendiera gobernarme, y si el que me gobernaba era mi destino tambien cargaria contra el.

Pero fue inutil. Heri al jefe, creo, tanto como me hubiera herido el frenesi guerrero de un nino de diez anos. Me inmovilizo las manos a la espalda y otro las ato con cable y me azuzo para que echase a andar. Asi conducido avance tambaleandome, hasta que al fin me empujaron a una habitacion estrecha en donde el Autarca Severian, por sus cortesanos apodado el Grande, se erguia en el real atuendo de tunica amarilla y capa recamada de gemas, el baculo del poder en la mano.

XIII — Las batallas

Era solo una imagen, pero una imagen tan real que por un instante me dispuse a creer que alli estaba mi segundo yo. Mientras lo observaba dio media vuelta, saludo con ridicula majestad hacia un rincon vacio y dio dos zancadas. Con la tercera desaparecio; pero no acababa de hacerlo cuando volvio a aparecer en el lugar donde habia estado antes. Durante un largo aliento permanecio alli; luego se volvio, saludo una vez mas y echo a andar.

El jefe de pecho de tonel grazno una orden en una lengua que yo no comprendia y alguien aflojo el cable que me sujetaba las manos.

Una vez mas mi apariencia dio unas zancadas. Aliviado en parte del desprecio que me provocaba esa figura, pude fijarme en que arrastraba los pies y en la arrogante inclinacion de la cabeza. El jefe hablo de nuevo y un hombrecito de sucio pelo gris, como el de Hethor, me dijo: —Quiere que hagas lo mismo. Si no te matara.

Apenas lo oi. De pronto recorde el protocolo y los gestos, y sin el menor deseo de volver con la memoria a esa epoca, fui capturado por ella como por las alas devoradoras del pozo de aire. Ante mi se alzaba la chalupa (que, entonces yo no lo habia sabido, era un mero transbordador de la nave), el puente extendido como una telarana de plata. Hombro con hombro por mas de una legua, mis pretorianos formaban una avenida a la vez deslumbrante y casi invisible.

—?Prendedlo!

Me rodeo un enjambre de hombres y mujeres andrajosos. Por un instante supuse que iban a matarme porque no queria andar y alzar la mano; intente gritarles que esperasen pero no hubo tiempo, ni para eso ni para nada.

Alguien me agarro del cuello de la camisa y ahogandome me tiro hacia atras. Fue un error; cuando me volvi el estaba demasiado cerca para enarbolar la maza y le hundi los pulgares en los ojos.

Una luz violeta apunalo a la turba enardecida; murio media docena. Una docena mas, con caras medio arruinadas y miembros arrancados, daba alaridos. Un humo dulzon de carne quemada saturaba el aire. Le arrebate la maza al hombre que habia dejado ciego y la blandi a mi alrededor. Fue una tonteria; pero la situacion de los guinadores, que salieron disparados del cuarto como ratas que huyen de un huron, era peor que la mia: los vi segados como grano.

Mas astuto, el jefe de pecho de tonel se habia tirado al suelo al primer disparo y estaba a una ana de mis pies. De pronto salto hacia mi. La cabeza de la maza era una rueda dentada; le dio entre el hombro y el cuello, impelida por toda la fuerza que me quedaba aun.

Lo mismo habria sido martillar un arsinoito. Consciente todavia y todavia fuerte, el me embistio como esos animales embisten a los lobos. La maza me volo de las manos y el peso de la embestida me dejo sin aliento.

Hubo un destello enceguecedor. Vi que alzaba las manos de siete dedos, pero entre ellas solo el munon de un cuello que humeaba como humean los munones de un bosque incendiado. Volvio a cargar: no contra mi sino

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