contra la pared, y se estrello y cargo una vez mas, ciego y desbocado.
Un segundo disparo lo partio en dos.
Quise enderezarme y me encontre las manos embadurnadas de sangre. Un brazo de enorme fuerza me rodeo la cintura y me alzo en vilo. Una voz familiar pregunto: — ?Puedes mantenerte en pie?
Era Sidero, y de repente parecia un viejo amigo.
—Creo que si —dije—. Gracias.
—Luchaste con ellos.
—Sin exito. —Yo recordaba mis dias de general.— Y no bien.
—Pero luchaste.
—Si quieres —dije. Alrededor bullia ahora una tropa de soldados, algunos esgrimiendo fusiles, otros, cuchillos manchados de sangre.
—?Lucharas de nuevo? ?Espera! —Movio su propio fusil indicandome que me callara. Guarde el cuchillo y la pistola.— Tomalos. —Todavia llevaba el cinturon con mis armas. Poniendose el fusil bajo los restos del brazo derecho, solto la hebilla y me entrego todo.
—Gracias —repeti. No sabia que otra cosa decir; y me preguntaba si era realmente el, como yo habia supuesto, el que me habia dejado inconsciente.
La visera de metal que era su rostro no revelaba lo que sentia, y la voz aspera apenas algo mas.
—Ahora descansa. Come, y luego ya hablaremos. Mas tarde tendremos que luchar otra vez. —Se volvio a enfrentar a los tripulantes arremolinados:— ?Descansen! ?Coman!
Yo tenia ganas de las dos cosas. No pensaba luchar por Sidero, pero la idea de compartir una comida con camaradas que me cuidarian mientras durmiese era irresistible. Despues (suponia) me iba a ser facil escapar.
Los tripulantes habian traido raciones y pronto encontramos mas: las de los guinadores que habiamos matado. Al rato estabamos sentados ante un fragante menu de lentejas con cerdo acompanadas de hierbas picantes, pan y vino.
Tal vez habia cerca camas o hamacas, ademas de la comida y el horno, pero yo estaba demasiado exhausto para averiguarlo. Aunque todavia me doliese el brazo derecho, yo sabia que no era tanto como para impedirme dormir; y el vino me habia calmado el dolor de cabeza. Ya iba a estirarme en mi asiento —deseando no obstante que Sidero hubiese guardado tambien la capa— cuando un fornido marinero se acuclillo a mi lado.
—?Te acuerdas de mi, Severian?
—Deberia —dije—, ya que conoces mi nombre. —Lo cierto era que no me acordaba, si bien la cara tenia algo de familiar.
—Antes me llamabas Zak.
Me quede mirandolo. La luz era debil pero, incluso despues de haberlo reconocido, me siguio costando creer que fuera el mismo Zak. Por fin le dije: —Sin mencionar algo que ninguno de los dos desea discutir, no puedo sino senalar que tu aspecto ha cambiado mucho.
—Es la ropa; se la quite a un muerto. Ademas me he afeitado la cara. Y Gunnie tiene tijeras. Me corto un poco el pelo.
—?Gunnie esta aqui?
Zak indico la direccion con un movimiento de cabeza.
—Tu quieres hablar con ella. A ella tambien le gustaria hablar, creo.
—No —dije—. Dile que hablaremos manana. —Intente que se me ocurriera algo mas, pero lo unico que obtuve fue:— Dile que lo que hizo por mi paga de sobra cualquier dano.
Asintiendo, Zak se retiro.
El nombre de Gunnie me habia traido a la memoria los chrisos de Idas. Abri el bolsillo de la vaina y me cerciore de que seguian estando alli; luego me acoste y me quede dormido.
Cuando desperte —vacilo en decir por la manana porque en verdad no habia manana— la mayoria de los tripulantes ya estaban levantados y comian los restos del banquete de la vispera. A Sidero se le habian unido dos delgados automatas jovenes, criaturas como la que en un tiempo, pienso, tuvo que ser Jonas. Se mantenian los tres a cierta distancia, hablando en un tono demasiado bajo para que yo oyera.
No tenia forma de saber si esos mecanismos estaban mas cerca que Sidero del capitan y los oficiales superiores, y mientras discutia si abordarlos e identificarme, se marcharon, desapareciendo en seguida en el laberinto de pasillos. Como si me hubiera leido el pensamiento, Sidero vino hacia mi.
—Ahora podemos hablar —dijo.
Asenti y le explique que habia estado a punto de contarles a el y los otros quien era.
—No serviria de nada. Llame la primera vez que te vi. No eres lo que dices. El Autarca esta a salvo. Empece a protestar, pero Sidero alzo la mano para silenciarme.
—Ahora no peleemos. Se lo que me han dicho. Te explicare para que no volvamos a discutir. Te lastimo. Corregir y castigar es mi derecho y mi deber. Luego me siento contento.
Le pregunte si se referia al hecho de haberme pegado cuando estaba inconsciente, y asintio:
—No debo hacerlo. —Parecio que iba a seguir pero no lo hizo. Al cabo de un momento anadio:— No se explicarlo.
—Nosotros conocemos las consideraciones morales —le dije.
—No como nosotros. Creeis conocerlas. Nosotros si, y sin embargo nos equivocamos a menudo. Podemos sacrificar hombres para salvar nuestra existencia. Podemos originar instrucciones y transmitirlas a los hombres. Podemos corregir y castigar. Pero no podemos volvernos como vosotros. Yo lo hice. He de pagar por lo que he hecho.
Le dije que ya me habia recompensado plenamente salvandome de los guinadores.
—No. Tu luchaste y yo luche. Ese es mi pago. Vamos a un combate mas grande, quiza el ultimo. Antes los guinadores robaban. Ahora se levantan para matar, para tomar la nave. El capitan tolero a los guinadores demasiado tiempo.
Adverti cuan dificil le era hablar criticamente de su capitan, y cuanto deseaba alejarse.
—Te excuso —dijo—. Ese es mi pago.
—?Estas diciendo —pregunte— que no tengo que seguiros a la batalla a menos que quiera?
Sidero asintio: —Pronto lucharemos. Vete en seguida.
Esa habia sido mi intencion, desde luego, pero ahora no podia. Una cosa era escapar por propia astucia, ante el peligro, y por propia voluntad; otra muy distinta que una orden me apartara de la batalla como si fuese un eunuco.
Momentos despues nuestro jefe metalico nos llamo a agruparnos. Pero el espectaculo de mis camaradas reunidos estuvo muy lejos de inundarme de confianza; en comparacion, los irregulares de Guasacht eran tropas de choque. Unos pocos tenian fusiles como el de Sidero, y otros mas caliveros como el que habiamos usado para capturar a Zak. (Me hizo gracia ver al mismo Zak asi armado.) Un punado mas tenia picas o lanzas; la mayoria, incluida Gunnie, que estaba a cierta distancia de mi y no me miraba, solo llevaba cuchillos.
Ys in embargo todos avanzaban lo bastante decididos como para dar la impresion de que lucharian, aunque lo mas probable, sabia yo, era que al primer disparo se desbandaran. Busque y obtuve una posicion bien a la retaguardia de la dispersa columna para poder juzgar mejor el numero de desertores. Al parecer no habia ninguno, y era como si la mayoria de esos marinos convertidos en guerreros enfrentase la perspectiva de una batalla campal como un bienvenido cambio de las fatigas habituales.
Como en todas las distintas guerras que he conocido, en vez del combate esperado hubo demoras. Durante una guardia o mas marchamos por el pasmoso interior de la nave, una vez entrando en un vasto espacio resonante que parecia ser una bodega vacia, otra deteniendonos para un descanso inexplicado e innecesario, en dos ocasiones incrementados por partidas menores de marineros que parecian humanos, o casi.
Para quien ha dirigido ejercitos, como yo, o participado en batallas en las que legiones enteras se calcinan como hierba arrojada a un horno —una vez mas, como yo—, no era escasa la tentacion de contemplar con buen humor nuestros desplazamientos y altos. Escribo «tentacion» porque de eso se trataba: un error basado en una falsedad. La escaramuza mas trivial no es trivial para los que mueren, y por eso en sentido ultimo no deberia ser trivial para nosotros.
