Por mucho que intente describir esos saltos, nunca llegare a pintar la maravilla y el terror que provocaban. Uno salta como en Urth, pero el primer instante se extiende a doce alientos, y mientras uno se regocija, sabe tambien que si deja pasar todas las cuerdas y las jarcias estara perdido, como una pelota arrojada al mar, que se pierde para siempre. Saltando asi, yo experimentaba todo esto sin dejar de tener la llanura de hielo ante los ojos. Y sin embargo, con los brazos estirados al frente, con las piernas detras, me sentia no tanto una pelota como el buceador magico de una vieja historia, que buceaba donde queria.

Sin ruido ni aviso, un nuevo cable se me aparecio de pronto en el espacio entre los palos: un inesperado cable de fuego. Otro lo cruzo, y otro mas. Y luego se desvanecieron todos mientras yo surcaba el vacio donde habian estado. De modo que los guinadores me habian reconocido y estaban disparando desde el mastil.

Rara vez es sensato permitir que un enemigo se ejercite tirando al blanco. Desenfunde la pistola y apunte al punto del cual habia partido la ultima descarga.

Mucho antes conte que estando ante la puerta de mi cabina con el camarero muerto a mis pies, la pequena luz de carga de la recamara de la pistola me habia asustado. Ahora me asusto de nuevo, porque al apretar el gatillo le eche una mirada y no vi ninguna chispa.

Tampoco hubo en seguida un rayo de energia violeta. Si yo hubiera sido tan listo como pretendia a veces, creo que en ese momento habria tirado la pistola. Lo cierto es que volvi a enfundarla, inservible como estaba, y apenas note otra descarga de fuego, la mas cercana de todas, hasta que hubo pasado.

Despues no quedo tiempo para disparar o ser alcanzado. Habia cables de jarcias por todas partes, y como yo todavia estaba bastante abajo, parecian grandes troncos arboreos. Vi adelante el cable que iba a tener que agarrar, y en el cable un guinador que corria. Al principio lo tome por un hombre como yo, aunque de un tamano y un poder insolitos; luego —todo esto en menos tiempo del que requiere escribirlo— vi que no era asi, porque de algun modo podia asirse al cable con los pies.

Extendio hacia mi las manos como un luchador preparandose para recibir al oponente, y sus largas garras brillaron a la luz de las estrellas.

Habia razonado, estoy seguro, que yo tenia que agarrarme al cable o morir, y que mientras me aferraba el acabaria conmigo. Pero en vez de agarrarme me deje caer directamente sobre el y termine el salto clavandole el cuchillo en el pecho.

Dije que termine el salto, pero la verdad es que estuve a punto de fracasar. Durante unos instantes nos balanceamos, el como un bote fondeado, yo como otro bote atado a el. Por los bordes del cuchillo brotaba sangre, pense que del mismo escarlata que la sangre humana, formando esferas como carbunclos que al abandonar su manto de aire simultaneamente hervian, se helaban y marchitaban.

Por un momento temi que el mango del cuchillo se me escapase. Luego lo use como palanca, y tal corno yo esperaba las costillas resistieron y consegui subir hasta el cable. Claro que habria debido subir mas de prisa; pero me detuve a mirar al guinador con la vaga nocion de que las garras que habia visto quiza fueran artificiales, como las garras de acero de los magos o el lucivee con el que Agia me habia rajado la mejilla, y de que si eran artificiales podrian servirme de algo.

No lo eran, pense. En todo caso parecian resultado de una cirugia detestable llevada a cabo en la infancia, como las mutilaciones de los hombres de ciertas tribus autoctonas. Los dedos habian sido modelados en garras de arctotero, feas e inocentes, incapaces de sostener cualquier otra arma.

No habia tenido tiempo de volverme cuando la humanidad del rostro me llamo la atencion. Yo lo habia apunalado como habia matado a tantos, sin cambiar una sola palabra. Entre los torturadores era norma que no debia hablarse con los clientes ni comprender nada que se les ocurriera decir. Uno de mis primeros actos de lucidez habia sido descubrir que todos los hombres son torturadores; ahora la agonia del hombre-oso me confirmaba que yo seguia siendo un torturador. Cierto, el era un guinador; ?pero quien podia decir que habia elegido esa lealtad libremente? O quizas las razones para luchar por los guinadores le habian parecido tan buenas como a mi las mias para luchar por Sidero y un capitan que no conocia. Con un pie afirmado en su pecho, me incline y extraje el cuchillo.

Se le abrieron los ojos y rugio, aunque la boca solto un chorro de sangre espumosa. Por un instante, oirlo en el silencio infinito fue mas raro que el hecho de que volviera a vivir cuando parecia muerto; pero estabamos tan cerca que nuestras atmosferas se habian unido y yo podia oir el gorgoteo de la herida.

Le apunale la herida; con tan mala suerte que la punta dio en los huesos frontales del craneo. Sin apoyo para los pies, me falto fuerza para que el golpe penetrara y sali despedido hacia atras, al vacio de alrededor.

El me acometio, abriendome el brazo con las garras, de modo que furiosamente flotamos juntos con el cuchillo suspendido en medio, la ensangrentada hoja pulida brillando a la luz de las estrellas. Intente apoderarme del arma, pero un golpe de garra la envio girando al vacio.

Le meti los dedos en el collar de cilindros y se lo arranque de un tiron. El tendria que haberse aferrado a mi, pero tal vez se lo impidieron aquellas manos. En cambio me dio un golpe, y lo mire sofocarse y morir mientras yo me alejaba dando vueltas.

Cualquier sensacion de triunfo se perdio en el remordimiento y la certeza de que pronto debia morir yo tambien. Remordimiento porque lamentaba haberlo matado, con esa sinceridad facil a que recurre la mente cuando no hay peligro de que la pongan a prueba; certeza, porque dada mi trayectoria y los angulos de los palos estaba claro que no iba a acercarme mas a ninguna cuerda. De la duracion del aire de los collares tenia una idea apenas vaga: una guardia o mas, pense. Ahora mi provision era doble: digamos, pues, tres guardias a lo sumo. Pasado ese lapso moriria lentamente, resollando mas y mas a medida que el principio vital de mi atmosfera quedara reducido a la forma que solo pueden respirar los arboles y las flores.

Entonces recorde como me habia salvado antes por arrojar al vacio el cofre de plomo con el manuscrito; y pense que podia arrojar ahora. Desprenderme de los collares significaba morir. Se me ocurrieron las botas, pero ya habia sacrificado botas una vez, cuando mi primer encuentro con ese mar que lo devora todo. Al lago Diuturna habia arrojado los restos de Terminus Est; eso me sugirio el cuchillo de caza que tan mal me habia servido. Pero ya no lo tenia.

Quedaba el cinturon, con la vaina de cuero negro y los nueve chrisos y la pistola vacia en la funda. Guardandome los chrisos en el bolsillo, me quite el cinturon, la vaina, la pistola y la funda, murmure una oracion y los tire.

En el acto gane velocidad, pero no me movia (como habia esperado) hacia la cubierta o algun cable. Ya estaba a la altura de las puntas de los mastiles que tenia a cada lado. Mirando la cubierta cada vez mas lejana, vi fulgurar entre esos palos un solo rayo violeta. Despues no hubo mas; solo el inquietante silencio del vacio.

A poco empece a preguntarme, con esa intensidad que acompana al deseo de huir de todo pensamiento de muerte, por que nadie me habia disparado mientras trepaba hacia el mastil, y por que no me disparaban ahora.

Cuando llegue al tope del palo de popa, todos esos pequenos enigmas quedaron de lado.

Alzandose sobre el sobrejuanete como un dia se alzara el Sol Nuevo sobre la Muralla de Nessus (y sin embargo lejos, mucho mas lejos y mas hermoso aun de lo que podra ser alguna vez el Sol Nuevo, asi como la vela mas pequena y extrema era un entero continente de plata comparado con el cual la Muralla de Nessus, de unas pocas leguas de alto y unos miles de largo, podria haber sido la destartalada cerca de un redil), habia un sol como no vera jamas nadie que pise la hierba: el nacimiento de un nuevo universo, la explosion primal que contendra todos los soles porque de ella nacera el sol primero, el padre de todos los otros soles. No sabria decir cuanto tiempo lo contemple sorprendido; pero cuando volvi a mirar hacia abajo, palos y nave parecian muy lejanos.

Y entonces me desconcerte, pues recordaba que al llegar a la brecha en el casco con mi pequena partida de marineros, y mirar hacia arriba, habia visto las estrellas.

Volvi la cabeza y mire al otro lado. Aun habia un enjambre de estrellas, pero me parecio que formaban en el cielo un gran disco, y mirando los bordes de ese disco los vi veteados y viejos. Desde entonces he meditado con frecuencia en lo que vi alli, junto al mar que todo lo devora. El universo, se dice, es algo tan grande que solo podemos verlo como fue, nunca como es, del mismo modo que yo, cuando era Autarca, no conocia la condicion presente de nuestra Comunidad sino las condiciones de las epocas en que se habian escrito los informes que yo leia. Si asi era, acaso las estrellas que estaba viendo ya no estuvieran alli; acaso los informes de mis ojos fueran como los que encontre al abrir en la Gran Torre la que habia sido la camara de los autarcas.

En el medio de ese disco de estrellas, segun me parecio primero, brillaba una unica estrella azul mas

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