Permitaseme confesar, sin embargo, que yo me rendi a esa tentacion como me he rendido a muchas otras. Me estaba divirtiendo, y mucho mas me diverti cuando Sidero (con la evidente esperanza de trasladarme a una posicion mas segura) creo una retaguardia y ordeno que me encargara de ella.

Los marineros que me asigno eran obviamente los menos capaces de conducirse con cierto credito cuando nuestra heterogenea fuerza entrara en accion. De diez, seis eran mujeres, y todas mujeres mucho mas pequenas y menos musculosas que Gunnie. Tres de los cuatro hombres eran bajitos y, si no realmente viejos, habian dejado muy atras el cenit de sus fuerzas; el cuarto era yo, y solo yo tenia un arma mas formidable que un cuchillo de trabajo o una barra de acero. Por orden de Sidero, caminabamos —no puedo decir que marchasemos— diez cadenas por detras del cuerpo principal.

De haber podido habria escapado con mis nueve tripulantes, pues deseaba que si alguna de las pobres criaturas queria desertar no le faltase la ocasion. No pude; los colores y las formas mutables, la flotante luz interior me seguian desconcertando. Habria perdido en seguida todo rastro de Sidero y el cuerpo principal. Como mejor alternativa a mano, puse delante de mi al marinero de aspecto mas fuerte, le dije que distancia mantener y deje que los demas nos siguieran los pasos si querian. Admito haberme preguntado si nosotros nos dariamos cuenta en caso de que los de delante entraran en contacto con el enemigo.

No entraron en contacto, y nosotros lo advertimos en seguida.

Echando una mirada mas alla de mi guia, vi algo que aparecia de repente, arrojaba un cuchillo giratorio de muchas puntas y se abalanzaba hacia nosotros con los robustos saltos del tilacosmil.

Aunque no recuerdo haberlo sentido, es posible que el dolor de la quemadura me retardara la mano. Cuando llegue a tener la pistola fuera de la funda, el guinador ya se precipitaba sobre el infortunado cuerpo del marinero. Me parecio que Sidero habia aumentado la intensidad del haz: el chorro de energia hizo pedazos al guinador; fragmentos del cuerpo desmembrado pasaron volando junto a mi cabeza como una muchedumbre paroxistica.

No habia tiempo para regodearse en el triunfo; menos aun para ayudar a nuestro guia, que estaba a mis pies impregnando de sangre el cuchillo-hidra del guinador. No bien me agache a mirarle la herida, dos docenas de guinadores surgieron de una galeria. Aprete el gatillo cinco veces, tan rapido como pude.

Un relampago de llamas salido de algun contus o esponton de guerra bramo como un horno, rociando de fuego azul la mampara que habia a mi espalda. Me volvi y, empujando a los marineros restantes, corri cincuenta anas, deprisa pero arrastrando la pierna coja. Mientras escapabamos oimos como los guinadores atacaban la retaguardia de la columna principal.

Tres nos perseguian. Los mate y distribui las armas: una alabarda y dos espontones a unos marineros que declararon que sabian usarlos. Apretamos el paso entre mas de una docena de muertos, algunos de ellos guinadores, otros gente de Sidero.

Un viento sibilante nos asalto por detras, casi arrancandome de la espalda la camisa desgarrada.

XIV — El fin del universo

Mas listos que yo, los marineros se pusieron en seguida los collares. Hasta que los vi no me di cuenta de lo que habia pasado.

No lejos de nosotros, la explosion de un arma terrible habia abierto las pasarelas al vacio y el aire contenido en ese sector de la nave se fugaba a torrentes. Mientras me ponia el collar oi un batir de grandes portones, un estruendo lento y hueco como de titanicos tambores de guerra.

Apenas ajuste el cierre del collar parecio que el viento se apagaba, aunque aun lo oia cantar y veia locos remolinos de polvo disparados como cohetes. A mi alrededor solo bailaba una brisa atemperada.

Avanzando con cautela —porque en cualquier momento esperabamos toparnos con mas guinadores— llegamos a la rotura. Si habia algun lugar (pense) donde por fin podria ver tanto de la estructura de la nave como para aprender algo sobre su diseno, tenia que ser alli. Pero no vi nada. Madera destrozada, metal torturado y piedra rota se mezclaban con sustancias desconocidas en Urth, pulidas como marfil o jade pero de colores extravagantes o incoloras. Otras hacian pensar en el lino, el algodon o en un aspero pelo de animales sin nombre.

Mas alla de esas capas de ruinas aguardaban las estrellas silenciosas.

Habiamos perdido contacto con la columna principal, pero parecia claro que habia que cerrar lo antes posible la brecha en el casco. Indique a los supervivientes de lo que habia sido la retaguardia que me siguieran, esperando que al llegar a la cubierta encontrariamos una cuadrilla de reparaciones.

Si hubiesemos estado en Urth habria sido imposible subir por los niveles en ruinas; aqui era facil. Uno saltaba con cuidado, se aferraba a algun puntal o viga retorcida y volvia a saltar: el mejor metodo era salvar los resquicios a saltos, lo que en cualquier otro sitio hubiera sido una locura.

Llegamos a la cubierta, aunque al principio me parecio que no habiamos llegado a ninguna parte; estaba tan deshabitada como la llanura de hielo que una vez yo habia observado desde las ventanas mas altas de la Casa ultima. Enormes cables la cruzaban serpeando; algunos se descolgaban como columnas, sosteniendo aun, muy arriba, los restos de un mastil.

Una de las mujeres agito una mano y senalo otro mastil, a leguas de distancia. Mire, pero por un momento no vi sino un poderoso laberinto de velas, vergas y cuerdas. Luego hubo una tenue chispa violeta, languida entre los astros, y desde otro palo una chispa que respondia.

Y despues algo tan raro que por un momento crei que los ojos me enganaban o que lo habia sonado. Parecio que una diminuta mota de plata, a leguas de altura, bajaba hacia nosotros y muy lentamente iba creciendo. Caia, por supuesto; pero no en una atmosfera, de modo que no aleteaba, y bajo una atraccion tan debil que caer era flotar.

Hasta ese momento yo habia conducido a mis marineros. Ahora se me adelantaban, escalando las cuerdas de ambos palos mientras yo me quedaba en cubierta hechizado por el increible punto de plata. Un momento mas y estuve solo, mirando como los hombres y mujeres de lo que fuera mi comando volaban de cable en cable como flechas, y a veces disparaban las armas en pleno vuelo. Con todo seguia dudando.

Sin duda los mutistas tienen uno de los mastiles, pense, y el otro lo tiene la tripulacion. Trepar al equivocado seria morir.

Una segunda mota de plata se unio a la primera.

Soltar una vela de un disparo podia suceder por accidente, pero soltar dos era asunto deliberado. Si se destruian suficientes velas y palos la nave no llega ria nunca a destino, y solo podia haber un bando que quisiera eso. Salte al cordaje del palo de donde caian las velas.

Ya he escrito que la cubierta hacia pensar en la llanura de hielo del maestro Ash. Ahora, a medio salto, la vi mejor. Por el gran boquete del casco de donde antes surgiera un palo seguia fugandose aire; al precipitarse el borboton se hacia visible, fantasma de un titan, y destellaba con un millon de millones de lucecitas. Esas luces caian como nieve — se derramaban flotando con verdadera lentitud, aunque no mas lentas de lo que hubiera flotado un hombre— dejando la grandiosa cubierta blanca y reluciente de escarcha.

Entonces me encontre de nuevo ante la ventana del maestro Ash y oi su voz: «Lo que ves es la ultima glaciacion. Ahora la superficie del sol esta opaca; pronto se volvera brillante de calor, pero el sol mismo se encogera, dando menos energia a sus mundos. Al fin, si alguien viene a pararse sobre el hielo, solo lo vera como una estrella brillante. El cielo que este pisando no sera el que ve entonces, sino la atmosfera de este mundo. Y lo seguira siendo por largo tiempo. Tal vez hasta la caida del dia universal.» Me parecia que el estaba de nuevo a mi lado. Aun cuando la cercania de las jarcias me devolvio a mi, fue como si me acompanara en el vuelo, y sus palabras me resonaran en los oidos. Se habia desvanecido aquella manana en Orithya, mientras bajabamos por una garganta, cuando yo hubiera tenido que llevarselo a la peregrina Mannea; en la nave supe adonde se habia marchado.

Tambien supe que habia elegido mal el mastil; si la nave naufragaba entre las estrellas importaria muy poco si el pequeno Severian, una vez oficial torturador, una vez Autarca, vivia o moria. Cuando llegue al cable, en vez de aferrarme di una vuelta entera y salte de nuevo, esta vez hacia el palo que tenian los guinadores.

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