viejo Autarca; solo sentia confusion. Por fin balbucee: —Zak, he venido a pedir por Urth.

—Lo se —dijo el—. Bienvenido.

La voz era clara y profunda, como el sonido lejano de un cuerno de oro, y recorde un disparatado cuento de Gabriel, que llevaba a la espalda el cuerno de guerra del Cielo, colgado del arcoiris. El cuento me sugirio el libro de Thecla, donde lo habia leido; y este a su vez el gran volumen de cuero multicolor que el viejo Autarca me habia mostrado cuando le pregunte que camino llevaba al jardin, y el, por lo que le habian contado de mi, habia pensado que yo llegaba para reemplazarlo e iria a pedir por Urth en seguida.

Entonces supe que habia visto a Tzadkiel antes de ayudar a Sidero y los otros a cazarlo, como a Zak, y que la forma masculina que veia no era mas verdadera (aunque tampoco menos) que la mujer alada cuya mirada me habia pasmado entonces, y que ninguna de las dos era mas verdadera que la forma animal que me habia salvado mientras Purn intentaba matarme fuera de la jaula.

Y dije: —Sieur… Zak… Tzadkiel, gran hierogramato… No entiendo.

—?Quieres decir que no me entiendes? ?Y por que vas a entenderme? Yo mismo no me entiendo, Severian, ni te entiendo a ti. Sin embargo soy como soy, tal como tu propia raza nos hizo antes del apocatastasis. ?No te han contado que nos hicieron a su imagen y semejanza?

Intente hablar pero no podia. Por ultimo asenti.

—La forma que teneis ahora es la que tenian ellos al principio, cuando acababan de surgir de las bestias. Todas las razas cambian, modeladas por el tiempo. ?Lo sabes?

Me acorde de los hombres-mono de la mina y le dije: —No siempre para bien.

—Desde luego. Pero los hieros modificaron su propia forma, y para que pudieramos seguirlos, tambien la nuestra.

—Sieur…

—Pregunta. Se acerca tu juicio final, y no puede ser justo. Si hay alguna reparacion a nuestro alcance, la haremos. Ahora o despues.

Esas palabras me helaron el corazon; a mis espaldas, los que ocupaban los bancos murmuraron: aunque no sabia quienes eran, oi sus voces como un susurro de hojas en un bosque.

—Es una pregunta absurda, sieur —dije, cuando logre recuperar la voz—. Pero una vez oi dos cuentos sobre seres que cambiaban de forma, y en uno de ellos un angel, y creo que vos, sieur, sois un angel asi, se abria el pecho y le pasaba el poder de cambiar de forma a un ganso de corral. Y el ganso lo usaba en seguida y se transformaba para siempre en un veloz ganso volador. Anoche lady Apheta dijo que quiza yo no vaya a cojear siempre. Sieur, aquel hombre, Melito, ?fue enviado a contarme esa historia?

En las comisuras de los labios de Tzadkiel aparecio una sonrisita, que me recordo la forma en que me sonreia Zak.

—?Quien puede decirlo? Yo no lo envie. Has de comprender que cuando una verdad es conocida, por tanta gente y desde hace tantos eones, se propaga por todas partes, cambia y adopta muchas formas. Pero si lo que estas pidiendo es que te traspase mi facultad, no puedo. Si pudieramos se la dariamos a nuestros hijos. Tu los has conocido, y todavia son prisioneros de la forma que muestras tu ahora. ?Tienes alguna otra pregunta antes de que procedamos?

—Si, sieur. Mil. Pero si se me permite una sola, ?por que subisteis a la nave?

—Deseaba conocerte. Cuando eras pequeno en tu mundo, ?nunca te hincaste ante el Conciliador? —En el dia de Santa Catalina, sieur. —?Y creias en el? ?Lo creias de veras?

—No, sieur. —Senti que estaba a punto de ser castigado por descreido, y aun hoy no se si fue asi o no. — Imagina que hubieras creido. ?Nunca conociste a algun otro creyente de tu edad?

—Los acolitos, sieur. Al menos eso se decia entre nosotros, los aprendices de torturadores. —?No habrian deseado caminar con el, si hubiera sido posible? ?Estar a su lado cuando corriera peligro? ?Cuidarlo, acaso, cuando se encontrara enfermo? Yo he sido uno de esos acolitos, en una creacion ya desaparecida. Tambien en ella habia un Conciliador y un Sol Nuevo, aunque no los llamabamos asi.

»Pero ahora tenemos que hablar de otra cosa, nosotros dos, y rapido. Tengo muchas tareas, algunas mas apremiantes que esta. Dejame decirte francamente que te hemos enganado, Severian. Has venido a rendir examen, de modo que te hemos hablado de el e incluso te hemos dicho que este edificio es nuestro Palacio de justicia. Nada de esto es cierto.

No pude hacer otra cosa que mirarlo.

—O, si quieres decirlo de otro modo, ya has pasado la prueba, que era un examen del futuro que crearas. El Sol Nuevo eres tu. Seras devuelto a Urth, y contigo ira la Fuente Blanca. Los dolores de muerte del mundo que conoces seran ofrecidos al Increado. Y seran indescriptibles: como se ha dicho, zozobraran continentes enteros. Muchas cosas hermosas pereceran, y al mismo tiempo la mayor parte de tu raza; pero tu tierra volvera a nacer.

Aunque puedo escribir las palabras que uso, y lo hago, me es imposible reproducir el tono o siquiera un atisbo de la conviccion que transmitia. Era como si sus pensamientos tronaran, despertando en la mente cuadros mas reales que cualquier realidad, de modo que mientras el hablaba yo veia morir los continentes, oia un estruendoso derrumbe de grandes edificios y olia el punzante viento marino de Urth.

A mis espaldas se elevo un rumor airado.

—Sieur —dije—. Recuerdo el examen de mi predecesor. —Me sentia como cuando era el aprendiz mas joven.

Tzadkiel asintio.

—Era necesario que lo rememoraras; por esa razon el fue examinado.

—?Y castrado? —El antiguo Autarca se estremecio dentro de mi, y senti que las manos me temblaban.

—Si. De lo contrario entre el trono y tu se habria interpuesto un nino, y tu Urth habria perecido para siempre. La alternativa era la muerte del nino. ?Eso habria sido mejor?

Yo no podia hablar, pero su mirada parecia pesar en todos los corazones que latian junto con el mio, y al fin negue con la cabeza.

—Ahora debo irme. Mi hijo se ocupara de que te devuelvan a Briah y Urth, que sera destruida cuando tu ordenes.

La mirada de Tzadkiel me abandono, y siguiendola me volvi hacia el pasaje que tenia detras, donde vi al hombre que nos habia llevado desde la nave. Los marineros empezaron a levantarse y sacar los cuchillos, pero yo apenas lo notaba. En los asientos centrales que habian ocupado el dia anterior, habia ahora otras figuras, ya no en la sombra. La frente se me mojo de sudor, como en el primer encuentro con Tzadkiel se habia mojado de sangre, y me volvi a gritarle algo.

Habia desaparecido.

Cojo y todo corri, rodeando lo mas rapido posible el Sillon de justicia en busca de la escalera por donde me habian retirado la vispera. Tengo que confesar honradamente que no escapaba tanto de los marineros como de las caras de esos otros que habia visto en la Camara.

Como fuese, el caso es que tambien habia desaparecido la escalera; solo encontre un liso suelo de losas, una de las cuales se levantaba sin duda movida por un mecanismo oculto.

De repente funciono otro mecanismo. El trono de Tzadkiel se hundio, rapida y suavemente, como una ballena que ha aflorado para tomar el sol vuelve a sumergirse en el Mar del Sur obstruido por bloques de hielo. En un momento el gran asiento de piedra, solido como una pared, se alzo entre yo y la parte mayor de la Camara, y al siguiente el suelo se cerro sobre el respaldo y ante mi se desplego un fantastico combate.

El jerarca que Tzadkiel habia llamado hijo suyo estaba tendido en el corredor. Una ola de marineros se arrojo sobre el caido, con cuchillos relampagueantes, muchos ensangrentados. Los enfrentaron alrededor de una docena que al principio me parecieron debiles como ninos —y por cierto que al menos uno lo era— pero defendieron su terreno como heroes, y cuando solo les quedaron las manos, lucharon sin armas. Como me daban la espalda me dije que no los conocia; pero sabia que no era verdad.

Con un rugido que retumbo en las paredes, desde el bando rodeado irrumpio el alzabo. Los marineros cayeron hacia atras, y en un instante las mandibulas del animal trituraban a un hombre. Vi a Agia con la espada envenenada, y tambien a Agilus, balanceando como una maza un averno rojo, y a Calveros, desarmado hasta que atrapo a una marinera y la uso para machacar a otra.

Ya Dorcas, a Morwenna, a Cyriaca y a Casdoe. A Thecla, ya caida, y a un aprendiz harapiento restanandole la sangre que le manaba de la garganta. Guasacht y Erblon blandian sus espontones como si lucharan desde una

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