Llevo dos dedos a sus labios, en demanda de un cigarrillo. Fui un cobarde y se lo tire sin encender. Lo agarro al vuelo y sin perder el aire elegante de mujer fatal acechando presas. Su sonrisa fue el castigo: disfrutaba al verme titubear.

– ?No te daba miedo? -pregunte.

Se levanto y volvio a desaparecer. El vestido rojo cayo sobre el otro y le siguieron las medias. El sonido en el armario era un murmullo bajo la voz de Lidia:

– Yo me daba miedo -dijo saliendo a la luz. Llevaba una minifalda blanca brillante y una blusa transparente sin nada abajo. Lo de nada, pense, era una manera de decir. Del hombro le colgaba un bolsito charolado.

– Igual estaba buscando el suicidio de una forma enrevesada. Pero ya ves: sigo viva -meneo las caderas al andar, frente al marco de la puerta.

Contaba todo aquello como si fuera una travesura. Me molesto:

– No se, me parece que te quedas con lo banal, que le quitas tragedia al asunto y no creo que siempre te saliera todo tan «bien»…

– No dije eso. -Se sento en la cama, seria, pero no abatida-. He sido violada por tipos que no tenian necesidad y lo sabian. He visto navajas como amenaza para conseguir un cuerpo que estaba dispuesta a prestar sin condiciones; me han pegado impotentes no asumidos que castigaban asi su falta de respuesta; ?no me digas que me salia «bien», hijo de puta!

No lloro, estuvo a punto pero no lloro. Gardel atacaba con aquello de «volvio una noche, no la esperaba, habia en su rostro tanto dolor, que tuve miedo de aquel fantasma, que fue locura en mi juventud…».

Se levanto y empezo a desvestirse al mismo tiempo que se perdia en el hueco de la puerta. Una vision fugaz en movimiento, una mano abrio la cremallera de la mini mientras la otra iniciaba el duro trabajo de bajarla. Todo entre dos pasos, antes de que la pared, insolidaria y opaca, me dejara sin ver el final del proceso. La ultima imagen que tuve fue el perfil del culo asomando al bajar la tela blanca. No llevaba nada abajo. Coreo con Gardel un par de versos y siguio hablando. La faldita blanca y la blusa inexistente fueron a parar obedientes a la pila en el suelo.

– Lidia, Lidia, Lidia -repeti mientras me acercaba a la puerta.

– No entres -ordeno-. Todavia no. Cuando pases esta puerta sera porque la historia esta completa. Pero ahora, no entres, por favor…

Me quede en el umbral y encendi un cigarrillo. Gardel enumero los adornos de un nido de amor clandestino A Media Luz, y cuando llego a lo de «un gato de porcelana pa' que no maulle al amor», me acorde de Silvestre. La minifalda cayo sobre la montana de ropa que resumia la historia de un dolor oculto muchos anos.

– Un dia -dijo sin dejarse ver-, salte el charco. Creia que aca, sin la presencia de mi viejo, seria mas facil. En realidad, ya planeaba el asesinato de tu Lidia, pero tenia que enganarla para que no volviera a sepultarme. En Espana nada cambio. La diferencia era que en Madrid no tenia que esperar a las vacaciones para tomar el mando. Y me fui haciendo fuerte, mientras tu Lidia se debilitaba, pero seguia aferrada a la titularidad de nuestra vida cotidiana. Necesitaba mi propia vida en las parcelas nocturnas que lograba arrancarle. Y lo consegui.

– ?Como? -pregunte adivinando la respuesta.

– Me hice puta -declaro-. Asi de facil. La vieja Europa es mas mercantilista de lo que puedas creer, y cada vez que salia por la noche de caza, inevitablemente, el tipo daba por hecho que yo era una profesional cara y me ofrecia plata. No lo necesitaba, porque tu hacendosa Lidia se hizo pronto con un trabajo bien remunerado, aunque por debajo de su capacidad, pero es que ella era tan poquita cosa… Decidi que era mi plata y me serviria para lo unico que sirve: para gastarla. Alquile un estudio cerca de aca, y ahi tenia mi ropa y mis cosas; no era cuestion de seguir cambiandome en banos de bares. De manera que salia de aca como tu Lidia, llegaba al refugio y la dejaba encerrada hasta mi regreso, cerca de la madrugada. ?Hasta tenemos cuentas bancarias separadas! La que te mostre en la cerveceria es la mia. ?A que esto de ser puta deja sus ganancias?

Apoye la espalda en la pared y resbale hasta el suelo.

– Tengo un busca y tres empresas de nivel me mantienen en su oferta exclusiva, cada una con distinto nombre de guerra. Saben que no repito clientes y que solo acepto los que me da la gana. Y me da muy seguido.

– No entiendo. Vivi en esta casa casi un mes y no me di cuenta de nada…

– En ese tiempo me contuve un poco. Pero salia. Cenas de trabajo, esas cosas. ?Te acordas? Y cuando volvia, dormias en el sofa, con la luz encendida y un libro en las manos. -Suspiro-. ?Cuantas de esas noches las paso tu Lidia en vela, juntando valor para cruzar el salon y violarte de una puta vez! -Rio, despiadada-. La boluda nunca se atrevio. A lo mas que llego fue a pasearse completamente desnuda, rogando que te despertaras y la vieras, que se produjera el milagro. ?Pero si hasta roncabas y nunca te diste cuenta!

Maldije mi sueno pesado y pense en Lidia, sola y desnuda en la oscuridad, esperando, esperando. Recorde la foto que antes habia visto en la repisa.

– ?Y Manolo, el policia? ?Es un novio de Lidia o uno de tus clientes?

– Mitad y mitad. Conocia a tu Lidia de las ruedas de prensa del sindicato. Una noche, durante una redada a una fiesta salvaje en un chale, me rescato o creyo que lo hacia. -Su risa era dura, de metal-. Oyo unos gritos de mujer en un jardin interior, cuando ya se habian llevado a los demas, y entro en plan John Wayne al rescate. Me encontro en pelotas, con dos nenes bien encima, los tres hasta el culo de coca. Me reconocio de inmediato y se invento toda la historia en un periquete: aquellos dos eran unos depravados que me habian llevado enganada a la fiesta, me habian drogado e intentaban abusar de mi. ?Pobre Manolo, todavia cree que llego «a tiempo», cuando en realidad, mis gritos que oyo eran insultos porque los pobres infelices, que me habian contratado para la fiesta, no podian ponerse a tono para una segunda vuelta! Los cago a patadas, me pregunto si estaba bien y si me habian hecho algo, y los dejo ir para no comprometerme. Y desde entonces me cuida. Creo que es el unico tipo, aparte de vos desde esta noche, que pudo asomarse a las dos Lidias. Se enamoro de la otra, pero si la boba no lo perdio fue porque en esta cama la que manda soy yo. ?El pobre no entiende nada!

Yo tampoco entendia. Gardel, desde el pasado, afirmaba que «el musculo duerme, la ambicion descansa» y era mentira. Oi sus pasos descalzos cruzar por enesima vez frente al rectangulo de la puerta, pero no gire la cabeza para verla.

– Eso ya es historia, Nicolas, la historia de un asesinato en cuotas. Tu Lidia ya no es, o en todo caso es cada vez menos. Los papeles se invirtieron por fin y yo no me voy a dejar enganar. Algo de merito te toca, porque las semanas que pasaste aca y tu huida disfrazada de otra cosa, fueron para ella un duro golpe: el principe escapaba sin haberse enfrentado al dragon, y el puente seguia sin bajar. Porque no habia puente y la boluda no lo sabia.

Buscaba en el armario. Me levante y di un paso dentro del dormitorio. La puerta abierta ocultaba su imagen.

– ?Pero que ocurrio para que tomaras el mando, despues de tantos anos?

No contesto. Di un paso mas y la vi. Estaba de espaldas, con la gruesa bata de toalla que le conocia tan bien.

Era mi Lidia de siempre. Los hombros caidos, algo encorvada, el cuello apenas encogido como si esperara un golpe feroz, como si llevara toda la vida esperandolo. Parecia mas baja que la otra, habia perdido las orgullosas formas que ya no empujaban. Los brazos le colgaban a los costados del cuerpo sin historia, y hasta la parte de las piernas que la bata de toalla dejaba ver no parecian las que un rato antes me dejaron sin aliento.

– Ayer recibi un telegrama de casa -dijo la voz de la vieja Lidia.

Los hombros se sacudieron y empezo a llorar.

– Papa murio el viernes, de un infarto. El pobre casi ni se entero…

Lloro calladamente y me acerque un paso mas. Algo me impedia tocarla, como si fuera una imagen en el agua que se romperia en circulos al contacto con mi mano. Siguio llorando y el sollozo se convirtio en ronco gemido, en suspiro con mil anos de antiguedad empujando aires viciados, en estremecimiento de los rencores, en casi un grito de triunfo. Su espalda se enderezo, victoriosa, los pechos empujaron la gruesa tela de la bata, las caderas marcaron la impotencia de la prenda que ya no conseguia ocultar sus encantos. El cuello tambien se irguio, desafiante y largo. En el mismo movimiento de transformacion, las guitarras de Gardel remataron su

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