Baje, cerre la puerta con cuidado y di una vuelta alrededor del coche. Cuando llegue a su ventanilla, pregunte:
– ?Va a seguirme esta noche tambien?
Sonrio incomodo:
– No creo que vuelva a aparecer. Ademas -se ajusto la corbata-, tengo que salir. Una viudita de mi barrio, ?sabe? Buena mujer, y muy sola. Sin hijos…
– Eso es bueno -apunte, recordando a Mar Lopez y su propia viuda. Las viudas parecian ponerse de moda y yo lamente no dejar ninguna.
– El caso es que…, yo deberia seguirlo a todas partes, pero ayer me despiste un poco… La lleve al cine, ?sabe? A ver una del Stallone…
– Romantica eleccion, Serrano.
– Y esta noche la llevo a bailar. Por eso queria pedirle que…
– Hecho -aprobe. Se le ilumino la cara.
– ?Entonces usted…?
– Yo no voy a ir a ninguna parte esta noche y usted tiene una cita. Tranquilo. Manana a mediodia nos encontramos frente a la casa de la pelirroja, ya sabe…
Agradecio confuso y puso el coche en marcha. Le dije adios con la mano.
Todo era ridiculo y, a lo mejor por eso mismo, normal. Los matones a sueldo tenian sus corazoncitos, las victimas podian ser tolerantes y colaborar, y los policias estaban empenados en formar un hogar, aunque el precio fuera dejar libre a un sospechoso. Un hermoso mundo equilibrado que funcionaba con logica, a su manera, y a su manera, seguia girando. Solo que Mar Lopez no estaba ya para aportar su cuota de absurdo al gran absurdo universal.
Y muy pronto, yo tampoco estaria.
23
– Al final, a mi casa -dejo caer Lidia con una sonrisa perversa-. Quisiera saber si lo que te hace claudicar es tu curiosidad o mi culo.
– Digamos que mi curiosidad por tu culo, negrita.
Rio cantarina y desvergonzada. Desconocida. Llegamos a la esquina y era el momento de preparar el ataque tipo Bogart: un beso en el portal y media vuelta para alejarme fumando despacio hasta perderme en la niebla, mientras ella suspiraba y apoyaba en el quicio de la mancebia su cuerpo postergado porque un hombre siempre hace lo que tiene que hacer. Y una mierda. Lo unico que cumpli fue lo del cigarrillo. Lidia no encontraba o fingia no encontrar las llaves del portal, prolongando la humillacion para esa pretension fallida de Bogart, que, dejo constancia, era mas bajito que yo. Mucho mas bajito. Me pregunto por mis llaves, el juego que me habia dado meses atras, cuando me fui de ahi por miedo a dejarme querer. Estaban en la mochila, en casa de Noelia. Por fin encontro las suyas y abrio. Antes de entrar, mire hacia la esquina. Mi vista no es de las mejores, pero juraria que un gato negro con manchas blancas me miraba fijamente, recortado por las luces de los coches. Sacudia la cabeza y creo que una sonrisa burlona le curvaba la boca. Aunque con los gatos nunca se sabe.
Cuando entramos en la casa salude con nostalgia al gran sofa del salon, en el que habia dormido mis primeras semanas de desconcierto espanol. Seguia igual, pero el cambio de Lidia lo cambiaba todo. La mesa enana y robusta, que siempre me habia parecido un mueble feo, me sugeria connotaciones eroticas nada tranquilizadoras; por la puerta del bano asomaba la enorme banera que parecia capaz de aguantar un maremoto de dos; y hasta el mueble de ladrillos de la cocina ofrecia una altura ideal para jugar al cartero llama dos veces. O tres. Sobre la otra esquina empezaba el territorio desconocido: su dormitorio, al que nunca me habia asomado, aunque los dos sabiamos que seria bienvenido. Fue un relampago de lujuria involuntaria, pero Lidia me miraba como si lo pudiera leer en mi frente. Me alcanzo un vaso largo de bourbon, destenido de hielo. Lo unico que habia hecho era quitarse los zapatos, pero ese anticipo de desnudez me inquieto. Se sento en el sillon individual, las piernas encogidas contra el pecho, mas o menos como se encogia mi corazon.
Me inquietaba esa Lidia flamante y deseable, desconocida que conocia mis debilidades mas ocultas. Pero yo se las habia confiado cuando era una chica sensata y timida, una inteligencia aguda y analitica, solidaria y amable. Pero sin esas tetas. Desde luego que sin esas tetas. La Lidia que ahora se levantaba en camara lenta, cruzaba descalza y me acorralaba con su cuerpo para detenerse un milimetro antes de rozarme y beber de mi vaso; esa Lidia que me entregaba la bebida como si fuera algo mas intimo y se dejaba caer en el otro lado del sofa, piernas y mas piernas extendidas, flexionadas, tocables y cercanas; esa Lidia era diferente y peligrosa. Nunca le hubiera contado mis verdades, aunque en otro tiempo y en otro lugar, habria podido dedicarle mis mentiras mas sublimes.
– ?Te interesa el resto de la historia?
– Si: dos Lidias y una afilando el cuchillo durante anos… Cuando te conoci…
– Un arreglo, un arreglo de mierda, pero que sirvio para que yo asomara en vacaciones. ?Te acordas? Me escapaba quince dias sola, a los lugares mas alejados, y ninguno de ustedes preguntaba nada. Total, la buena de Lidia era tan seria y responsable, tan mama de todos, que no habia de que preocuparse…
– ?Habia? -sugeri.
Se levanto y estiro los brazos con pereza. Volvio a llenar mi vaso y se sirvio otro para ella. Al volver apago con el codo la luz del salon, apenas iluminado por la claridad de neon que entraba por la ventana. Me alcanzo la bebida, paladeando mi alarma. Choco su vaso con el mio, retrocedio como si fuera a saltar sobre una presa indefensa, pero se quedo ahi y siguio donde lo habia dejado:
– Cuatro ausencias de dos semanas al ano, mas unas cuantas escapadas de fin de semana… Hay una frecuencia, como alguien que esta buceando sin equipo y cada cierto tiempo tiene que salir a la superficie para respirar…
Fue hasta la cadena de musica y se agacho a buscar un cede, consciente de mis ojos pegados a sus caderas.
– Ya que se trata de una historia triste de perdicion, busquemos el acompanamiento musical adecuado, ?no? -Por fin se alzo victoriosa con un estuche doble-. ?Que mejor que unos tangos para hablar de una percanta de mala vida?
Maniobro en el equipo y se enderezo. Sonaron las guitarras gemelas y briosas, y desde el pasado, la voz nasal irremplazable canto:
–
– Muy adecuado -dijo Lidia. Y fingiendo unos pasos de tango, desaparecio en el dormitorio. Su voz llegaba, perseguida por el ruido de abrir y cerrar armarios.
– Llegaba a mi destino, y en el mismo aeropuerto o la estacion de tren, dejaba a tu Lidia encerrada en un bano, hasta el dia de la vuelta. Y salia yo, con ropas que ella nunca habria usado ni en sus suenos mas calientes.
Por un costado del rectangulo de luz de la puerta del dormitorio, una nube de color verde oscuro floto y cayo al suelo. Era el vestido de Lidia. Ella seguia hablando cuando un tanga negro le hizo compania:
– Todo bajo ciertas normas y desde el primer viaje, cuando fui a Rio, ?te acordas? La que llegaba al hotel era yo, seguida por las miradas de tipos que antes ni me hubieran preguntado la hora. Esperaba a la noche, me cambiaba, y salia…
Aparecio en el recuadro iluminado y fue como si en lugar de estar en su dormitorio, caminara con provocativa elegancia por una calle concurrida. Llevaba unos zapatos de tacon muy alto, medias oscuras que marcaban la forma de sus piernas, y un corto vestido rojo sangre que se le pegaba al cuerpo. El escote era profundo y la espalda quedaba al descubierto. Lidia seguia andando y volvia a pasar frente a la puerta, representando su felino paseo por Rio a medianoche. Se sento en la cama con las piernas cruzadas:
– Pocas reglas, pero fijas: ir hasta un bar, ocupar una mesa y esperar. Tenia que aceptar al primero que se atreviera -descruzo las piernas y tomo un trago, mientras miraba con falso aburrimiento una calle imaginaria-. Al principio me costo, el primero en atreverse no siempre era un regalo: viejos verdes disparando sus ultimas alegrias, mocosos sadicos, padres de familia agobiados por la culpa que a veces se transformaba en violencia…
