– Si, el pedido sale manana a primera hora, todo esta en orden -siguio disimulando y en voz baja, respondio-: Carne asada con verduras.
– Eso esta bien: algo ligerito, por si despues la viuda le ofrece el postre…
Serrano se puso nervioso y volvio a elevar la voz:
– Si, si, tranquilo, senor Sotanovsky, los paquetes saldran manana por la manana, desde el almacen de siempre, ?entiende?
– Lo siento, pero «los paquetes» tienen que salir esta misma noche…
Se olvido del papel de viajante de comercio o lo que fuera que habia creado en beneficio de la viuda:
– ?Oh, no! ?No puede esperar? -dijo en un susurro-. Es que esta noche cenamos solos y hasta me ha dejado guisar…
– Imposible, Serrano, creame. Salvo que se fie de mi y me devuelva el pasaporte, tendra que venir con nosotros. Y le aviso que viajamos… a Marruecos.
– ?Y que cono se nos ha perdido en tierra de moros?
– Una pelirroja y un monton de billetes.
Volvio al personaje. La viuda estaria escuchando:
– Bien, senor Sotanovsky. Lo comprendo, y si nuestro negocio nos lleva hasta Marruecos, habra que ir, indefectiblemente. -Hablaba como un ejecutivo o lo que el creia que era un ejecutivo-. ?Cuando y donde nos vemos?
– En dos horas, en Barajas.
No respondio.
– ?Serrano?
– ?S-si? Es que… ?Tenemos que ir en avion?
– No creo que encontremos dromedarios en Madrid, ?no?
– Yo… ?Es que me dan panico! -confeso apenas audible.
– Panico me da a mi que llegue el viernes y ustedes me maten.
– ?Y si vamos en autocar? -propuso.
Me rendi. Entre tanto absurdo, uno mas… Concertamos la hora y tras un intercambio de saludos, nos dijimos
Apoyada en el marco de la puerta, Nina me miraba con asombro:
– No lo entiendo: tiene por mision asesinarte y eres con el mas tolerante que conmigo, que intento ayudarte.
– ?Sirve de consuelo si te digo que vos me gustas mas?
No contesto. Recogimos los bolsos y salimos.
Antes de cerrar, deje vagar la mirada por el salon, preguntandome donde estaria el cofre de madera al que queria insertar el mecanismo de caja de musica.
Pense en preguntarle a Nina, pero al ver su cara, cambie de idea.
Algo iba a romperse en diez pedazos desiguales: la noche acalorada, la estacion repleta de murmullos o yo mismo. Me descubri irritable. Habia perdido el goce de viajar, casi siempre solo; todo mi mundo en un par de bolsos, el portatil desnivelando la mochila y una foto borrosa de mujer en el bolsillo.
La estacion era un mar aburrido y sudoroso. De las ventanillas nacian colas que se enroscaban en dibujos complejos, con el
– ?Como mierda quieren que uno se entere de lo que dicen? -proteste.
– No quieren -lapido Nina.
Seguia enojada y yo no sabia por que. No sabia casi nada. Solo que algo iba a romperse de un momento a otro, en diez pedazos desiguales.
Nina me mostro unos pasajes.
– En una hora y media salimos. Saque un billete para tu «amigo».
La cola no habia avanzado y delante de mi habia mas de cincuenta personas.
– ?Como los conseguiste: una bragueta solidaria?
– Dos adorables viejecitas que se compadecieron de tu desgracia.
Antes de que pudiera preguntar mas, vi que a unos metros dos viejas de caricatura saludaban con la cabeza. Vinieron hacia nosotros.
– Estas mudo a causa del trauma de un accidente -informo Nina-. Y tambien un poco tarumba, no puedes arreglarte sin mi ayuda. Vamos a Malaga a que te vea un medico aleman que hace maravillas.
Termino de hablar en el momento en que las viejas llegaban.
– Pobre, tan joven -sentencio una de ellas-. Pero tenga fe, muchacho, que con fe todo se arregla…
La otra me miraba aguantando las lagrimas.
– Y siento lo de su esposa -siguio la vieja-. ?Morir en el viaje de bodas!
– Llevaban casados ocho horas -agrego Nina, ante mi mirada asesina-. La pobre no tuvo tiempo de sufrir, murio pura, antes de consumar el matrimonio. ?La pobrecilla Lidia!
La otra vieja no aguanto mas y se puso a llorar. La que hablaba me consolo diciendo que yo era joven y me recuperaria, que los medicos extranjeros hacian milagros y que si no, siempre quedaba la Virgen.
– El mes pasado fuimos a Lourdes -dijo Nina sin dudar-, pero queremos probar todo. A la Virgen hay que ayudarla…
– Tengan fe, tengan fe. -La vieja se fue llevando a la otra que lloraba a mares.
– Es que estabas tan ido…, y algo tenia que inventar -se justifico Nina.
Buscamos un lugar en la sala de espera atestada de gente pesimista. Un viejo prematuro mendigaba entre los viajeros pero no conseguia demasiado porque estaba mas atento a los guardas de seguridad de la estacion.
Entonces llego Serrano. Desorientado y consultando un reloj monstruoso y barato. Saludo a Nina con su
– Bocatas para el viaje, por eso me retrase -me dijo en tono complice y aspiro el aroma del paquete-. Los ha preparado ella.
Suspiro.
Nina se ausento para ir al bano y volvio casi de inmediato. El altavoz gruno una frase incomprensible y algunos viajeros empezaron a levantarse. El mendigo desganado olvido las precauciones y empezo a pedir casi sin esperar respuestas, saltando de un autocar a otro, como si sonara con colarse en alguno y viajar a otra miseria cerca del mar.
Mire el reloj de la sala y juraria que se habia saltado veinte minutos en un segundo. Cuando subiamos a nuestro autobus, las viejitas se acercaron carinosas. Viajaban con nosotros.
– Fe, muchacho, tenga fe -dijo la portavoz. La otra busco un panuelo en su bolso. Imagine que llevaria docenas.
Cuando iba a subir los peldanos, Nina se giro y puso algo en mi mano. No tuve que mirar para saber lo que me daba: uno de sus tangas blancos.
Mire hacia atras.
El mendigo miraba hacia todos lados, tratando de adivinar quien podria darle unas monedas antes de que los vigilantes lo echaran de la terminal.
Lo llame y cuando se acerco le di un billete de veinte y la braguita.
– Tenga, buen hombre -dije.
Y subi al autobus.
