algo pero tenia las mandibulas soldadas.
– ?Maradona! ?Messi! ?El Corte Ingles! -dijo el tipo sonriente. Y senalo el riachuelo de gente que se perdia entre muros estrechos-. Zoco.
En cuanto bajamos del taxi, una nube de pibes nos rodeo, ofreciendo mercaderias o pidiendo algo.
– ?Barcelona, Messi, Ali Baba, ven conmigo!
– El guia es judio, te roba, ven conmigo.
– Alfombras, ceramicas, grifa, ven conmigo.
– Yo mejor precio, ven conmigo.
Rodearon a Serrano y su camisa que gritaba extranjero a voz en cuello. Parecia un Gulliver dominguero rodeado de liliputienses. Me pidio ayuda con la mirada, mientras los pibes se empujaban para conseguir un pedazo de turista. Uno bajito y rubio salio disparado y rodo por el suelo polvoriento. Me acerque. Tenia la cara sucia y los churretes de los mocos le pintaban un bigotito a lo Chaplin. Le di un billete de los que dejara Nina y solto un grito de alegria. Los demas se le fueron encima para arrebatarselo pero el cerro el punito y por mas que lo patearon no lo solto. Quise intervenir pero era como mediar en una pelea de gatos.
Dos policias aparecieron gritando de la nada y empezaron a repartir palos a los ninos, que escaparon con esa velocidad que da la practica. Uno de los policias se volvio hacia mi y me dijo algo que sono violento y amenazador. El otro me reconvino con una perorata larga y monotona que no acababa nunca.
– Si, lo que vos digas -respondi, sonriendo conciliador y obediente-. Lo que digas, milico y la concha de tu hermana. ?Por que no te buscas uno de tu tamano, boludo alegre?
Por fin nos dejaron ir y Serrano comento que la miseria era una cosa muy miserable. Nos metimos en el zoco, buscando un «detallito» para su viuda. Las calles eran estrechas y las tiendas poco mas que portales en los que se apretujaba la mercancia, creciendo en fronda hacia el techo y en ramas de articulos arracimados hasta casi tocarse con la tienda de enfrente. La gente iba y venia, salpicada de gritos y canciones, de contingentes de turistas arreados por guias nerviosos al grito marcial de
Alguien tiro de mi mano desde abajo. Era el rubito de los mocos que me mostro el billete con aire de triunfo y dijo:
– Ven conmigo. Yo amigo, yo Marso. ?Tabaco?, ?hachis?, ?kiling?, ?mujeras?
Nos guio por senderos enroscados, aullando con furia cada vez que otro pibe intentaba acercarse. No tendria ni diez anos, pero ya sabia que en esa selva no habia segundas oportunidades. Y tampoco primeras.
Antes de desembocar en la pequena plaza, el aroma dulce y variado nos sacudio. En cajas de madera, las especias competian en colorido y perfume.
– El mercado de los maridos cansados -informo Marso con picardia.
– Tiene gracia el jodio -dijo Jamon, sacudiendo el pelo duro del pibe con una mano en la que cabia su cabeza.
Por fin encontro el «detallito» para su viuda: una alfombra bereber mas grande que una cama de matrimonio, que cargo enrollada en un hombro. Su metodo para regatear era digno de verse. Por cada precio que el vendedor le decia, Serrano miraba a Marso, que se sorbia los mocos y negaba con solemnidad. A la tercera oferta el vendedor le grito algo aspero al pibe y Serrano lo levanto diez centimetros del suelo con una mano, mientras aferraba la alfombra con la otra.
– Habla espanol, cono.
No estaba al tanto de los precios, pero dudo que en el zoco se haya vendido una alfombra mas barata.
Yo empezaba a manifestar mi vieja fobia por las muchedumbres y queria regresar al hotel o por lo menos salir a un lugar en el que nadie me empujara. Pero Serrano estaba lanzado y queria sorprender a Elida con un vestido marroqui de fiesta. Mientras regateaban con otro vendedor que ignoraba lo que le esperaba, me sente en un portal a fumar. Lo veia todo como al otro lado de un cristal mugriento: estaban ahi, pero no podian tocarme. Ni el bullicio sin tiempo, ni el rio de gente, ni el colorido surtido de las tiendas, ni los turistas a la caza de miserias a buen precio que colgar en la sala del hogar familiar mientras contaban a los amigos los previsibles pormenores de un viaje igual a tantos. Yo no era mejor ni peor que ellos. Sencillamente, yo no era.
Pense en Lidia, en Nina, en Noelia y en Ella. Y senti ganas de que estuvieran a mi lado para llenar ese vacio que tenia a la altura del bolsillo de la camisa, junto al paquete de Ducados.
Y el cambio de hemisferio no habia mejorado las cosas. Despues de doce mil kilometros, mi unica duda era saber si yo era solo un triste gilipollas o un boludo alegre.
– Por lo menos no eres un gato de ministro -dijo una voz que podia ser la de mi autoestima pero sonaba mas burlona.
Al otro lado del callejon, entre piernas y chilabas, se recorto una silueta flaca, de orejas puntiagudas, negra y con manchas blancas en la barriga y en las patas.
– ?Silvestre! -dije y me lance entre la gente.
Cuando llegue, ya no estaba y segui corriendo por el callejon vacio, justo a tiempo para ver el pequeno borron negro doblar en una esquina.
– ?Silvestre! -grite mientras corria sin aliento-. ?No te vayas, que necesito un consejo!
Volvi a doblar en un corredor tan angosto que no cabian dos personas, y segui corriendo hasta desembocar, sin previo aviso, en otra calle repleta de gente.
Entonces los vi.
Creo que reconoci al pelado un segundo antes que el a mi, porque el aparatoso vendaje que le habian colocado en el pueblo le tapaba un ojo. El rubio que iba con el tambien me vio. Se codearon y se abrieron para rodearme, pero yo estaba mas cerca de la boca del callejon y ellos en el centro de la multitud.
No he corrido mas rapido en toda mi vida, buscando desesperado la tienda en la que Serrano, su corpachon enorme y su pistola con una sola bala me ofrecerian precario refugio. Me perdi, pero ellos no me perdian. Y a medida que me internaba por las callejas desiertas, sospeche que me alejaba del centro del zoco y de cualquier salvacion.
Grite el nombre de Serrano y eso fue otro error, porque los dos matones se asomaron con aire de ya te tenemos. No habia mucho donde elegir y me meti por otro pasillo sin puertas, como si senalara la enemistad de los dos edificios que no querian tocarse. Seguia gritando nombres: el de Jamon, el de Nina, el de Mar Lopez, cualquiera servia para no sentirme tan solo frente a una muerte segura.
– ?Maradona, Maradona! -me sorprendi aullando y acorralado.
Por la calle estrecha se acercaban sin prisa los dos, navaja en mano. Lo peor es que suponia que no podia estar muy lejos de la calle en la que Serrano y Marso regateaban el precio de un recuerdo para la viuda. Retrocedi hasta el final del callejon sin salida, insultandome por no haber elegido el desvio. Pero intentarlo ahora era acercarme a ellos y sus navajas. Resbale en algo que descubri de inmediato era mierda fresca de burro y me enfureci. Recogi un punado y se lo tire a la cara a ambos. Retrocedieron espantados, esquivando la mierda con golpes de cintura que parecian poco adecuados para unos rudos asesinos. Parecia ridiculo -y lo era-, pero esos dos matones, capaces de hundir un punal sin pestanear en el cuerpo de un ser humano, se horrorizaban ante la
