– Oiga, a ver si estos moros se van a pensar que somos maricones, como su amigo Ulises -protesto.

Nos despedimos de Marso y volvimos al hotel.

En autobus, desde luego.

36

Pasamos la tarde en el hotel, esperando y temiendo-deseando el regreso de Nina. Eso yo, porque Serrano le habia tomado el gusto a la buena vida y se dedico a comer todo lo comestible mientras tomaba nota de los poemas y las cartas entre plato y plato. Me miraba con afecto y pense que a la hora de matarme le daria un poco de pena. Porque lo unico que estaba claro era que yo tenia que morir. No importaba si seria a manos de Jamon, a navaja de El Muerto, a balazo de alguno de los incomprensibles perseguidores que hallaba a cada paso.

Esa certeza -mojada con media botella de vodka- me dejo melancolico y propicio a los excesos literarios. No se puede escribir un poema si uno es feliz, al menos yo no puedo, porque a la segunda estrofa me da la risa. Y Serrano estaba para la carcajada, copiando en letra trabajosa las paridas que yo iba soltando. Nos pusimos al filo de la pelea cuando se empeno en que le dictara un poema que rimara con el nombre de su amada. Si, decia «Mi amada».

– No se pase, Serrano. ?Como carajo quiere que le componga un verso romantico que rime con Elida! Proponga algo, a ver, a ver…

Cedio de mala gana despues de un rato de estrujarse el cerebro, y para lavar la afrenta se tiro a la piscina, demostrando que el principio de Arquimedes funcionaba despues de tantos siglos.

Su ausencia me dejo solo con mis pensamientos. Lo del taxi habia sido una estupidez, porque los tipos podian reaparecer en cualquier momento. Ademas, la pregunta del millon era quien los habia puesto sobre mi pista. No podia olvidar la insistencia de Nina para que visitaramos el zoco, ni el perfume a trampa de la postal de Noelia, ni el tono urgente de la voz de Lidia en el telefono. Cualquiera de ellas. Y saber cual no cambiaria las cosas.

– ?Gelida! -exclamo triunfante Serrano desde la piscina-. ?Ve como hay rimas para Elida?

– Y muy romanticas, sobre todo. Oiga una cosa: ?Y si le escribe un poema suyo, no una mierda comprada a un farsante cansado? Haga la prueba…

Se acodo en el borde de cemento y me miro desde abajo:

– No me tome el pelo, Sotanovsky, que soy muy viejo para eso. ?Como quiere que yo escriba un poema?

– Vamos a ver: ?la quiere o no?

– Yo… eh, me da verguenza. Si, que cono. Pero…

– Pero nada, Serrano. No es cosa de palabras, sino de cosquillas en la barriga, calor en las orejas, y esa certeza de que uno es un idiota suspirante cuando piensa en ella, pero un idiota unico en el mundo. No se trata de que rime «pasion» con «corazon», sino de que le diga eso que le cruza la frente con vuelo ligero cuando entre un paso y otro lo sorprende el recuerdo de una sonrisa de ella, una caricia de ella, una teta de ella…

– No se pase, oiga.

– … cualquier cosa de ella, que es especial solo para usted y no me venga con que no le pasan esas cosas. Es como una enfermedad, Serrano, pero jodidamente linda, una debilidad del espejo que nos inventamos de duros autosuficientes y viriles, y que se va a la mierda por la imagen de un gesto, un cruce de piernas, un tacto de la piel de ella. Es sentir que una lagrima sin motivo se hamaca del ojo para adentro y lo peor es que no tiene ganas de llorar pero se emociona y se le escapa sin razones. O por muchas razones.

Me miraba enternecido.

– ?Todo eso le pasa a usted con Nina?

No supe que decir ni tuve ocasion, porque ella aparecio en ese momento y se acerco a nosotros con una mirada desconocida, incomoda.

Pense que «no, que por favor no, que mejor trampa boba pero eficaz de la pelirroja, que mejor traicion de la otra Lidia, que al fin y al cabo era una desconocida, que mejor cualquier explicacion para lo del zoco, pero por favor, Nina no, mas mentiras no».

Se detuvo a casi dos metros, dibujando un triangulo con el camino de sus ojos, de Serrano a mi, de mi a sus sandalias y otra vez a Serrano y a mi. Quise levantarme de un salto y pegarle para que no pudiera hablar, para evitarle y evitarme la certeza de una mentira que esta vez no me iba a creer. Eso o poner en escena la ironia, civilizados todos -Serrano un poco menos-, fingiendo que fingiamos recitar nuestros papeles pensando en otra cosa, rodearnos sin apuro porque los dos sabiamos que ella mentiria una excusa y yo haria como que me la creo y ahora una de vaqueros, por favor querida, una de extraterrestres que te secuestran y te obligan a mandarme al matadero, un hipnotizador de finos retorcidos y villanescos bigotes y sombrero de copa a juego con capa negra con forro rojo y remendado, un desfasado espia ruso con gabardina y gorro siberiano inyectandote el suero de la verdad, algo absurdo pero mas original que aparentar que no ha pasado nada cuando sabemos, mi amor, que ha pasado.

Me miro sin parpadear y dijo con rabia, como si yo tuviera la culpa:

– Noelia ha muerto. Ayer, en Marrakech. Apunalada.

No estaba preparado para eso. Serrano tampoco.

– ?Cagonlaputa! -dijo. Y se sumergio en el agua.

Nina temblo un poco, pero no lloro en seguida. Hablo como en suenos de la encerrona en una calle cualquiera, de la escasa imaginacion de la policia marroqui que reducia todo a un robo, de sus instrucciones telefonicas para la repatriacion del cadaver a tierras catalanas. Despues callo. Le alcance mi vaso de vodka y lo vacio de un trago. Me levante y la abrace con la misma fuerza que un minuto antes le hubiera pegado. Sollozo en silencio y despues lloro con miedo, con alivio, con pena y con rabia.

– ?La muy gilipollas! -moqueo-. Tan lista que era, tan previsora, hacerse matar en un callejon de mierda, que falta de clase.

Despues de un rato se sereno y dijo con determinacion:

– Hay que irse de aqui, Nico. Si la encontraron a ella, no tardaran en llegar hasta nosotros.

– Eso depende de que tengan pasta para el taxi -tercio Jamon.

Nos miramos y empezamos a reir a carcajadas nerviosas y convulsas, risa sin alegria pero con ferocidad. Nina nos miraba sin entender y a mi me dolia la barriga de tanto reirme.

– No entiendo una mierda -protesto.

– ?Una mierda de burro! -coreamos nosotros.

Se despatarro en la silla y nos estudiaba con desconfianza mientras la risa se fue apagando y Serrano le conto de la emboscada en el zoco y de mi heroica tactica de escapar gritando «Maradona, Maradona» y de mis proyectiles de bosta de burro. Y del poema y del taxi. Contado en frio no tenia tanta gracia y la unica imagen que me vino a la memoria fue la de las navajas de los matones, mis ojos mareados de tanto callejon y la sombra imposible de Silvestre escurriendose por una esquina.

Me asuste.

Me asuste de verdad y sin prejuicios.

Empece a temblar y tuve tanto miedo como nunca antes en mi vida.

– ?Que te pasa? -pregunto ella.

– Que me planto. Basta para mi. Son buenas y no quiero retruco. No sirvo para guapo de tango ni tengo capital para comprarme una esquina ni el farolito de la calle en que naci. Me voy, escapo, huyo y usted, Serrano, si me quiere disparar por la espalda, apunte bien, que tiene una sola bala.

Fui hasta la habitacion y meti de mala manera mi ropa en la mochila. Me puse el vaquero y una camisa, me cague en la madre que pario a mi zapatilla izquierda que se negaba a aparecer, y cuando ya pensaba en escapar saltando en una pata, Nina me la alcanzo.

– No es indigno tener miedo, Nico. Nos ocurre a todos.

– Gracias. Ahora ademas de cobarde, me siento adocenado. ?Me prendes un cigarrillo? Yo no puedo con estos temblores.

Se acerco y me beso en los labios.

– Mi nino bueno y charlatan, mi ocurrente escritor de las vidas de otros. ?Ahora entiendes que esto no es un juego?

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