pizarra. Alli, en medio del patio empedrado, nos recibio el mismisimo Henry Saint Claire envuelto en pieles. Parece viejo y decrepito; debe de tener mas de setenta anos. Su mujer Elisa, mas joven, se abalanzo sobre el joven Robert al que colmo de besos, pero este no la reconocio.
De inmediato llevaron al demente a sus habitaciones de juventud, en un inmenso y confortable pabellon que queda a la izquierda y que habita la familia que domina estas tierras. Al fondo se adivinaba un inmenso torreon de seccion circular que cierra el imponente recinto amurallado. Las piedras que integran el castillo son rojizas y parecen rezumar agua, como toda esta tierra. Henry Saint Claire nos hizo pasar al salon principal, donde ardia un buen fuego, y alli nos dieron de cenar. Me pregunto por mi, sabia lo mucho que habia ayudado a su hijo pequeno y me lo agradecio de veras. La senora de la casa no volvio a cumplimentarnos, quiza permanecia en la estancia de Robert. Nos fuimos pronto a dormir.
A la manana siguiente, desayune en la cocina y sali a dar una vuelta con Tomas y Toribio; comprobe que estas tierras son de una belleza sin igual. Poca gente vive por aqui, cosa que me tranquilizo, pues solo se ven unos rebanos aqui y alla, y no creo que Robert vaya a desvelar muchos secretos a estos pastores que aun parecen mas paganos que las familias del proyecto.
A la luz del dia el rojizo castillo me parecio imponente. Es un lugar comodo en el que vivir, de facil defensa e imposible asalto. El puente de acceso esta interrumpido por una torre que comunica con el pabellon principal por un levadizo de madera. Dicho pabellon tiene tres alturas y esta coronado por un voladizo en el que hay tres torres pequenas con saeteras para una mejor defensa del conjunto. Cierra el edificio un picudo y oscuro tejado de pizarra que protege dicha construccion, que aparece adosada en forma de L al pabellon familiar. El amplio patio esta asegurado por una inmensa muralla que queda cerrada por el impresionante torreon circular que vi en la oscuridad a mi llegada, de mas de cinco alturas y ultimo bastion al que retirarse en caso de asalto. Todas las estancias se asoman al empinado barranco que rodea por todas partes al castillo. Es inexpugnable.
Aquella misma manana pude saludar como corresponde a la dama del castillo, la madre de Robert, y me presentaron a su hermana, Lorena, de extraordinaria belleza. Alli estaban tambien su hermano mayor, Arnold, su esposa embarazada y sus cinco hijos. Tambien conoci a Theobald, el hijo del mitico Hugues de Payns, y a su madre, mujer de
Aquella tarde sali a cazar con el hermano de Robert y con Theobald. Ambos se deshicieron en elogios hacia mi. Hemos vuelto a salir de caza a diario. Parecen caballeros rurales y no hablan ni de proyectos ni del Temple. De hecho, ninguno de los dos ingreso en la orden, como se hubiera esperado.
Supe que se preparaba una gran fiesta para celebrar el retorno de Robert y que acudirian a ella gentes preeminentes de la orden. Sera pasado manana.
De momento, nada me hace pensar que Robert pueda resultar peligroso para la orden, no porque no pueda pecar de indiscreto -es obvio que si-, sino porque en estas tierras dejadas de la mano de Dios nadie puede escucharle. Asistire a la fiesta como se me ha pedido -no quiero caer en falta con mis anfitriones- y volvere a Chevreuse a continuar con mi mision.
Vuestro amigo y servidor en Cristo,
Rodrigo Arriaga
Templi Salomonis [14]
Los preparativos de la fiesta de bienvenida al joven Robert Saint Claire coincidieron con la llegada de ilustres invitados. Rodrigo volvia de dar un paseo con Tomas por las umbrosas tierras que rodeaban el castillo cuando se topo con una pequena comitiva que llegaba al puente de acceso. Un hombre anciano, quiza de la edad de Henry Saint Claire, encabezaba el grupo. Montaba un impresionante caballo blanco de raza arabe y lucia una esplendida cabellera enteramente blanca, la barba hirsuta y el rostro apacible. Vestia una larga tunica del color de la nieve cerrada con un amplio manto blanco. ?No vestia como los nazareos?
–
–
Iba escoltado por cuatro hombres de armas que inclinaron la cabeza en respuesta al saludo de Rodrigo. En medio de ellos, una mula portaba un arcon que le recordo el que el mismo transportara de Paris a Chevreuse y que contenia aquella horrible cosa que mato a Giovanno.
– Rodrigo Arriaga -dijo presentandose.
– Vaya -exclamo el hombre divertido. Se notaban a la legua sus maneras aristocraticas-. Ayudadme a bajar, amigo.
Rodrigo hizo lo que se le decia. El anciano hizo una sena y sus hombres atravesaron el puente y entraron en el patio.
– Jacques de Rossal -dijo el otro abrazando a Arriaga-. Mi hijo me ha hablado tanto de vos…
Rodrigo se sintio impresionado ante la presencia de aquel hombre, nada menos que uno de los nueve fundadores del Temple.
– Es un honor, senor -acerto a decir.
Llegaron al patio, donde unos cuantos carneros ensartados en largos troncos se asaban lentamente. Varias inmensas pero-las hervian al fondo y las cocineras, ayudadas por mozas venidas de la aldea a tal menester, estaban enfrascadas desplumando pavos, faisanes y urogallos.
Henry Saint Claire salio en persona a recibir al padre de Jean de Rossal. Se abrazaron como hombres que han pasado muchas tribulaciones juntos. A Rodrigo le parecio ver que una lagrima aparecia en el ajado rostro del amo de Rosslyn.
– Luego hablaremos con calma, hijo -dijo De Rossal volviendose a mirar a Arriaga para, a continuacion, preguntar a su amigo-: ?Como esta el bueno de Robert?
– Me temo que mal -contesto Saint Claire cariacontecido.
Ambos entraron al salon del pabellon familiar. Rodrigo aprovecho para ir a su aposento, una pequena y confortable habitacion en el otro pabellon, el de la entrada al castillo. La vista que tenia desde su ventana era impresionante y al abrigo de un calido brasero echo unos tragos de vino caliente con canela para quitarse de encima el frio del paseo matutino.
Tomas, por su parte, se sento a la pequena mesa de que disponian y sacando dos volumenes de su bolsa de piel de vaca continuo con la copia que estaba haciendo de sus apuntes para Silvio de Agrigento.
Rodrigo lo observo pensando que el joven habia aprendido mucho en Clairvaux de los copistas de Bernardo. Mientras Tomas raspaba el pergamino y cortaba una cana fina para escribir con ella, Rodrigo se lamento por tener el secreto tan a mano y tan lejos a la vez. Era seguro que Jacques o el propio Henry Saint Claire estaban al corriente de todo y en una sola conversacion habrian podido desvelarselo. Una pena.
– ?Y Toribio? -pregunto Arriaga a Tomas, que parecia enfrascado en su labor de copista.
El joven levanto la mirada y contesto:
– Creo que estaba por las cocinas.
– Persiguiendo a las sirvientas, seguro.
Tomas sonrio.
– La verdad -repuso Arriaga- es que con sus correrias y lios de faldas suele obtener buena informacion.
– Los criados saben muchas cosas sobre sus amos.
– No te falta razon, hijo.
Decidio salir al patio a husmear entre los preparativos de la fiesta. Habia salido el sol por primera vez en dos semanas y la manana, aunque fria, era preciosa. Camino entre los criados que iban y venian atareados y se sintio hambriento ante el olor de los carneros asados. Paso junto a un inmenso horno de barro que olia a pan recien
