Jacques de Rossal, los dos perfectos cataros, de nombres Francisco y Jaime, y el muy influyente Andre de Montbard.
Arriaga observo que tanto De Rossal como De Montbard vestian amplias tunicas blancas cubiertas con unas largas sobrevestes sin mangas, que estaban hechas de pano de identico color. Ni ellos ni los perfectos comieron carne, solo algo de pescado con verduras y pan. No probaron el vino. Antes de retirarse a hacer la siesta, Jacques de Rossal se le acerco, le dijo que De Montbard queria conocerlo y lo emplazo a que acudiera a su aposento, donde los tres se reunirian a media tarde.
Se retiro a su cuarto para hablar con Toribio y Tomas. Tenia que actuar con diligencia pero con tacto.
– Estamos metidos en algo importante -dijo al llegar.
– ?Como que? -contesto Tomas.
– Parece una reunion de muy alto nivel entre las familias. He sabido que manana llegaran nuevos invitados de los Saint Omer y Jointville.
Tomas tomo nota en su libro. Rodrigo prosiguio:
– Andre de Montbard y Jacques de Rossal visten enteramente de blanco, como los nazareos. Necesitamos informacion sobre dicha secta.
– Si pudieramos hablar con algun sabio judio… -repuso Tomas.
– Si. En tus notas sobre el Templo, ?hay algo de ellos?
– Poca cosa, lo que ya sabemos.
– Lo que me comento Isaias Guior, que vestian de blanco y que de alguna manera resucitaban.
– Eso mismo.
– Los templarios visten de blanco -dijo Toribio.
– Y los cistercienses -apunto Tomas.
– Y los druidas celtas -anadio Rodrigo-. Guior dijo que Cristo era un nazareo y que san Pablo malinterpreto su resurreccion. ?Recordais? En mi iniciacion alguien grito «?ha resucitado!». No entiendo nada.
– Y negasteis a Cristo -dijo Toribio.
– No quiero recordarlo, ?sabeis? Esta manana, hablando con la dama Lorena, he comprendido que podemos sacar mucha informacion de las mujeres de la casa.
– Bienvenido a mi mundo -contesto Toribio.
– No, si ahora resultara que vais por ahi folgando con criadas por la mision -dijo Tomas.
– Si -dijo Toribio-. Un sacrificio, que alguien debe hacer.
– ?Cuantas criadas hay? -pregunto Arriaga.
– De la casa, tres, y dos cocineras.
– ?Y…?
– No, aun no he logrado beneficiarme a ninguna. Solo hablan gaelico.
– ?Todas?
– Todas no, hay una, la cocinera mas veterana, que habla frances normando.
– ?Podriais…? -dijo ironicamente Rodrigo.
– Se intentara, mi senor, se intentara. No es moza pero tiene buenos cantaros.
– Que satiro. Escuchad los dos: la dama Lorena hizo una alusion a que comenzarian enseguida con sus canticos y reuniones. ?A que os recuerda eso?
– A la cripta de Chevreuse y esa maldita cosa. Se me eriza el vello solo de pensarlo -respondio Toribio.
– ?Exacto! Cuando llego Jacques de Rossal vi que traia un cofre en una mula.
– ?Pensais que esa cosa esta aqui? -pregunto Tomas con aprension, abriendo su libro de notas por la pagina en que habia un dibujo horrible del
– No, no creo que sea la misma; el cofre era otro. Es probable que cada encomienda tenga su idolo propio. El caso es que si van a reunirse no creo que lo hagan a la luz del dia y en pleno salon de la casa, delante de las criadas. Debe de haber algun subterraneo, alguna cripta. Toribio, esa es vuestra mision. Tomas y yo intentaremos hacer otro tanto.
– ?Y en la capilla de la loma? -pregunto el joven.
– Puede ser, puede ser… -contesto Rodrigo-. Despues de mi entrevista de esta tarde echaremos un vistazo.
– Lo ideal seria hacerlo durante la fiesta -apunto Toribio.
– No se que hariamos sin alguien como vos -contesto Rodrigo estallando en una carcajada.
– Pasad, hijo, pasad -dijo Jacques de Rossal-. Este es mi buen amigo Andre de Montbard.
Rodrigo y el tio de Bernardo de Claraval se abrazaron e intercambiaron un osculo de bienvenida.
– Me han hablado muy bien de vos -dijo el hombre con maneras aristocraticas.
La estancia era amplia y ardia un buen fuego en la inmensa chimenea. Habia tres butacas junto a la misma, con una pequena mesita, exquisitamente tallada, en la que aguardaban una botella de vino dulce y frutos secos.
– ?Un poco de vino? -pregunto De Rossal.
– No, gracias -respondio Rodrigo.
– Bien -comenzo el padre de Jean-. Ya nos hallamos todos juntos. Ni que decir tiene que estamos muy contentos con vuestra incorporacion.
– Asi es -refrendo Andre de Montbard.
Se hizo un silencio.
– ?Por que pensais que estamos aqui? -pregunto Jacques de Rossal arropandose en su asiento con su amplio manto blanco.
– Por la fiesta de retorno de Robert Saint Claire -contesto Rodrigo.
– Es prudente e inteligente -dijo De Montbard, mirando a su companero.
– Si, lo es. No os habra pasado inadvertida la reunion que mantendremos manana, aunque aun faltan algunos invitados.
– Fui espia, mis senores, y un espia nunca deja de serlo. Pero soy miembro de la orden y mi discrecion me impide hacer cualquier juicio al respecto.
Parecio agradarles la respuesta.
– No sois un iniciado aun, ?verdad? -pregunto Andre de Montbard.
– No, estoy al principio del camino.
– Mi hijo es su tutor -anadio De Rossal.
– Bien, bien -dijo De Montbard, que parecia tener voz y mando en aquel asunto-. Pero a pesar de ello estais desempenando labores de extrema confianza.
– Me place ser util a mi orden.
– ?Y que tal el hebreo?
– Tuve que interrumpir mi aprendizaje para traer aqui a mi amigo Robert.
– Pero ?lo habeis refrescado?
– Bastante.
Los dos prebostes se miraron. De Rossal volvio a hablar.
– Estamos aqui para decidir que hacer con el joven Saint Claire.
– Pense que ya se habia tomado una decision al respecto. El Gran Maestre, Robert de Craon…
– No hagais caso de lo que diga ese. Es un muneco en nuestras manos -dijo De Montbard.
Rodrigo parecio sorprendido.
– No os asusteis -continuo el tio de Bernardo-. No se os escapa que este es negocio dominado por unas pocas familias.
– Las familias.
– En efecto. Y aunque debeis fidelidad al Temple, sabed que la orden es solo un medio temporal para alcanzar otros objetivos mas elevados.
– El proyecto.
– Exacto, Rodrigo. Aprendeis rapido.
Arriaga observo que ambos hombres lucian sendos anillos, gruesos, de oro, con una especie de recia columna
