hecho y se maravillo ante un gigantesco jabali que giraba ensartado sobre un gran fuego con una manzana en la boca.
– ?Teneis hambre? -pregunto una voz detras de el. Hablaba en frances normando.
Se giro y vio a Lorena Saint Claire, la hermana de Robert, que cortaba rosas ayudada por una criada muy joven.
Vestia un largo vestido de terciopelo granate que cenia al talle con un cinturon de cuero engarzado de pequenas piezas brillantes. Una piel sin mangas la protegia del frio. Llevaba su rojo pelo muy largo, recogido hacia atras. Era pecosa y de ojos azules, muy hermosa.
– Me aburro, y eso me hace pensar en comida, si.
Ella sonrio.
– Todos dicen que salvasteis la vida a mi hermano.
– Algo asi. Cualquiera hubiera hecho lo mismo por un confrere.
– Si, olvidaba que erais uno de ellos -dijo ella con cierto desden.
Lanzo las rosas en la cesta que portaba la sirvienta, cogio un delantal y se lo coloco en su delgada cintura. Llevaba grandes bolsillos delante. Murmuro algo en gaelico y la criada los dejo a solas.
– ?Uno de ellos? -inquirio Arriaga.
– Si, ya sabeis, un templario. ?Me acompanais? Voy a
Rodrigo asintio recordando que por primera vez en mucho tiempo no llevaba el uniforme del Temple. Vestia un jubon de cuero de color marron claro, unas calidas calzas de algodon con polainas, botas y un manto negro que lo protegia del frio. Todo se lo habia proporcionado el hermano vestiario antes del viaje. Comenzaba a cansarse de no tener nada.
Salieron del castillo y tras cruzar el puente que salvaba el barranco, tomaron un camino a la derecha. Se dirigian hacia una pequena zona alomada en la que arriba, entre los arboles, se distinguia una pequena capilla de piedra gris.
– Es la iglesia familiar, la capilla de Rosslyn.
Al templario le parecio muy pequena.
La vegetacion era frondosa, abundaban las setas, los enebros, los olmos, las hayas y las castanas. Iban recogiendo los pequenos frutos que ella depositaba en su delantal. Estaba hermosa a la luz del sol.
– No hay muchos dias como este por aqui, ?no?
– ?De sol? No, la verdad, quizas en verano…
– Es un lugar hermoso, pero…
– ?Si? -pregunto ella-. ?Que ibais a decir?
– No, nada. Quizas un poco inquietante.
– Yo no lo hubiera definido mejor.
Miraron hacia abajo, al camino. Dos hombres delgados, de pelo largo y luenga barba y vestidos con tunicas azul marino cenidas con cuerdas al cinto, se dirigian al castillo. Detras iba un hombre a caballo. Vestia de blanco.
– ?Andre de Montbard! -exclamo Rodrigo sorprendido al identificar al hombre que encabezaba la comitiva del Temple que viera meses atras en Carcasona. ?Que hacian aquellos dos perfectos [16] con Andre de Montbard, el tio de Bernardo de Claraval y uno de los nueve fundadores?
– Ya estan casi todos -dijo ella con fastidio.
– ?Casi todos?
– Si, faltan algunos huespedes que llegaran manana, tras la fiesta de esta noche. Algunos miembros de las familias.
Rodrigo sintio que, de nuevo, alguien pensaba que sabia mas de aquel asunto de lo que en verdad habia averiguado. Decidio arriesgarse:
– ?Quienes? ?Los Montdidier, los Jointville, o quiza los Brienne?
– Viene un Jointville, creo, un tal Pierre, y uno de los Saint Omer… Sigfridus.
– Vaya, menuda reunion -dijo el.
– Si, empezaran como siempre con sus canturreos y sus tunicas blancas. -De pronto, dejo de hablar-. Perdon, son vuestros superiores. Seguro que gustais de esos juegos absurdos, sociedades secretas, documentos… ?imbeciles!
– No os veo muy entusiasmada con el proyecto.
– Desde nina no he oido hablar de otra cosa. Entretenimientos de hombres ricos con sus absurdos anillos y sus historias de otras epocas. En el fondo lo unico que buscan es poder y mas poder. -?Habia dicho absurdos anillos?-. Mirad a mi hermano. Se halla en peligro de muerte.
– No digais eso, esta en casa, a salvo.
– No seais ingenuo, Rodrigo. ?Que pensais que van a discutir en la reunion? Hacia tiempo que no veia juntos a tantos miembros de las familias. Van a decidir el destino de mi hermano Robert y, creedme, no se paran ante nada…
– Robert mejorara. Tened fe.
– ?Fe? Eso es lo menos que tengo ahora. ?Es verdad que enloquecio por una mujer? Al menos eso lo haria mas humano. Desde nino le llenaron la cabeza con sus absurdas pretensiones de dominar el mundo. Los varones de esta casa no saben hablar de otra cosa. Mi madre, Elisa, tuvo que criar sola a sus hijos, por no hablar de mi pobre tia Elisabeth o su hijo Theobald, abandonados por mi tio Hugues de Payns por esa maldita orden que fundo.
– En respuesta a vuestra pregunta os dire que, en cierto modo, vuestro hermano enloquecio por una mujer. Estaba enamorado. Sufria porque no sabia como dejar la orden; estaba cansado y me temo que queria desposar a esa moza de Chevreuse, pero el padre de ella intento matarlo y Robert reacciono como un soldado, lo destripo. La joven le rechazo entonces y su mente no pudo soportarlo.
– Al menos me consuela que mi hermano hallara el amor, que quisiera tener una vida normal, decente, lejos de esta locura. ?Nunca os habeis casado, Rodrigo?
– Una vez estuve a punto -dijo pensando en Aurora.
– Vaya. ?Y no echais de menos el estar con una mujer, llevar una vida sencilla, cuidar vuestras tierras, tener hijos?
– Cada vez mas, Lorena, cada vez mas -contesto pensativo pelando una castana.
Los dos se habian sentado, al sol, bajo un inmenso arbol desde donde veian el camino.
– ?Cuantos anos teneis? -dijo ella.
– Treinta y ocho.
– Pareceis mas joven.
– ?Y vos?
– Eso no se pregunta a una dama.
– Ni tampoco vos deberiais haber preguntado la edad a un anciano como yo.
Ella rio. Su cara se ilumino con una sonrisa perfecta, de dientes blancos y alineados como piedras.
– Tengo veintisiete -contesto ella -. Y si, ya se que a mi edad deberia estar casada, pero mi familia me reserva para cuidar a mis padres cuando sean ancianos. No me desposare.
– Yo tampoco, supongo. El destino de un templario es morir joven, en algun lugar perdido, en la arena del desierto y bajo un sol de mil demonios.
– Porque vos quereis -dijo ella.
El penso en Beatrice. Se sintio excitado por el olor de Lorena Saint Claire. ?Que hacia metido en ese lio? El destino le habia situado en el lugar adecuado en el momento justo. Alli, en aquella reunion de notables, iban a tomarse decisiones importantes y el tenia que enterarse.
?Que hacian alli dos perfectos cataros? Todo se complicaba por momentos.
La comida fue sobria. Rodrigo fue ubicado lejos de la mesa principal en la que se situaban Henry Saint Claire,
