– Perdonad, Rodrigo. No os mereceis que os hable asi.
– No importa.
– Si.
– ?Como? -pregunto el.
– Que si, que esta enfermo. Esta manana ha venido a verlo el medico de la familia. Cree que tiene una infeccion en la sangre, reuma lo ha llamado, por el frio que debio de pasar en aquel maldito calabozo…
Rodrigo lamento haberle dado tanta adormidera al reo durante su traslado. Quiza lo habia debilitado aun mas.
– ?Le ha recetado algo el medico?
Ella ladeo la cabeza:
– Vahos con eucalipto y corteza de sauce. Dice que es un joven fuerte y que en verano mejorara. Es evidente que este clima no le beneficia. Habra que trasladarlo a un lugar mas calido y seco.
– Pero, Lorena, me temo que eso va a ser imposible.
– Lo se -dijo ella-. Ellos y su maldito proyecto.
Alguien tomo a la joven por el brazo y cuando Rodrigo se giro noto que los llevaban en volandas en medio del gentio donde todos bailaban. La musica sonaba en su cabeza y el vino surtia efecto. Comprobo que muchos de los nobles se hallaban danzando junto a la hoguera, a su lado. Lorena parecia divertirse, lejos de las penas que la asolaban un instante antes. Estaba bella. Aquellos barbaros danzaban dando palmas, haciendo flotar sus faldas de cuadros al viento y saltando como posesos sobre las ascuas, al ritmo del sonido de las gaitas. La musica transporto a Rodrigo a un lugar ancestral, verde y tranquilo, como en otra vida. No quiso pensar cuantos capitulos de la regla violaba. Se dejo llevar.
Era casi medianoche cuando Tomas le dio un golpe en el brazo discretamente. Rodrigo recordo el plan y salio inadvertidamente de entre el gentio. Los nobles habian salido del Salon Grande y se habian mezclado con la plebe, que cantaba y bailaba al son de la musica de dos bardos y varios gaiteros. Se habian encendido dos inmensas hogueras mas, asi que, pese al frio, se estaba bien en el patio.
Tomas y Rodrigo salieron del recinto del castillo sin llamar la atencion. El muchacho llevaba una bolsa de piel de vaca colgada en bandolera con todo lo necesario. Tomaron el camino a la capilla tras asegurarse de que nadie los seguia. La sombra de la pequena iglesia se distinguia sobre el cielo pleno de estrellas, arriba, en la loma. Desde alli se oia el jolgorio, la musica, las risas; se entreveia el titileo de los fuegos entre las ramas de los arboles del bosque.
Abrieron la puerta de la pequena capilla y entraron.
Era un recinto de escasas dimensiones con apenas cuatro hileras de bancos y una talla de gran tamano de una virgen negra presidiendo el altar. Rodrigo encendio un candil y caminaron despacio, con calma, examinando el suelo y las paredes en detalle. El unico lugar en que podia ubicarse un posible pasadizo era bajo una lapida que habia tras el altar. Era de pequeno tamano, y, al parecer, contenia los restos de un neonato de la familia Saint Claire muerto a los pocos dias de vida, treinta anos antes.
– Tiene que ser aqui, Tomas, no hay otro sitio.
El joven saco una palanca de hierro de la bolsa y Rodrigo metio su daga en el escaso espacio que quedaba entre la lapida de marmol y las recias losas de piedra. Logro separarlas un poco para que Tomas insertara la palanca. Hicieron fuerza y lograron levantarla lo suficiente para acceder a la supuesta tumba. Corrieron la lapida a un lado. No pesaba demasiado.
Se asomaron al interior del pequeno mausoleo iluminandose con la tenue luz del candil y comprobaron que no habia restos de caja mortuoria, ni huesos, ni nada que se le pareciera. Unas escaleras empinadas bajaban en la oscuridad.
– Lo sabia. Los panuelos -dijo Rodrigo.
Tomas saco dos panuelos humedos de la bolsa y se embozaron con ellos. No querian correr la misma suerte que Giovanno de Trieste. Era posible que si Jacques de Rossal habia traido un
Llegaron al final de las escaleras y se encontraron con una recia puerta.
– Las antorchas.
Tomas saco dos antorchas de la bolsa. Tras encender la primera apagaron el candil. Rodrigo, rememorando sus tiempos de espia, introdujo un pequeno hierro fino y flexible y jugueteo con la cerradura hasta que la hizo girar. Entonces empujo la puerta, que se abrio con un chirrido agudo y estridente que les helo el alma. Delante de ellos se extendia la oscuridad de una amplia sala en la que, al fondo, se adivinaba una especie de pequeno habitaculo donde brillaba el tenue reflejo de una vela.
– Vaya, esto encoge el alma -dijo Arriaga alargando el brazo para que su antorcha iluminara el camino-. No te separes de mi, hijo.
Llevaba la daga en la mano.
Comprobo que se hallaban en una amplia sala rectangular, cuyo techo era bastante alto para ser una estancia subterranea. Justo delante de ellos habia dos gruesas columnas. Detras de cada una de ellas surgia una hilera de pilastras de menor diametro que llegaban hasta el fondo de la sala.
Rodrigo se entretuvo en echar un vistazo a la de la derecha. Estaba formada por cuatro cilindros, dos de ellos labrados profusamente con motivos vegetales y caracteres hebraicos. Penso que el que la habia tallado desconocia dicho idioma, pues no pudo leer ni una sola palabra.
– Esto… -dijo Tomas.
Rodrigo se giro y vio al muchacho examinando la otra columna. Era mas bella que la anterior y los motivos vegetales formaban cuatro cordones que rodeaban la columna en espiral, dandole un aspecto demasiado recargado.
– Esto me suena… -siguio diciendo el criado-. Sujetad mi antorcha.
Mientras Arriaga sujetaba las dos teas, Tomas escarbo en su bolsa y saco su libro apresuradamente. Paso las paginas con determinacion y exclamo:
– ?En efecto! ?Aqui estan!
Dieron un paso atras y contemplaron las dos columnas. Luego miraron una ilustracion del libro de notas que Tomas habia ido completando.
– Boaz y Jaquin, las dos columnas del Templo de Salomon. -leyo el joven.
– Vaya -dijo Rodrigo con la boca abierta.
Tomas comenzo a avanzar por la amplia sala, entre la balaustrada de columnas, mientras miraba el libro y Rodrigo lo seguia iluminando el camino con las dos antorchas.
– Y todo esto es… todo esto es… una replica a escala del mismisimo Templo de Salomon. Mirad.
Echaron un vistazo al plano de la seccion del Templo que Tomas habia copiado en Clairvaux y comprobaron que todo coincidia.
– Entonces -comento Rodrigo-, ese habitaculo del fondo es…
– El
– Guarda tu libro, Tomas, y por nada del mundo te quites el pano de la boca.
Se acercaron caminando con aprension hacia el unico habitaculo que habia al fondo de la amplia sala. No tenia puerta y se adivinaba una especie de mesa o altar con algo depositado en el centro.
Rodrigo se acerco apenas unos pasos y adelanto la antorcha.
– ?Es horrible! -exclamo.
Ante ellos habia un busto de un hombre barbado, de aspecto siniestro y ojos saltones. Entraron en la pequena habitacion y rodearon la macabra escultura.
– ?Mirad, por este lado tiene cara de mujer! -exclamo Tomas, asombrado.
– Es cierto, ?que querra decir esto?
Examinaron la tetrica figura durante un rato sin decir palabra.
En la base del lado femenino de la figura habia tres letras.
– Mira, Tomas. Y, H, V…
– Yahve.
– Estos tipos estan locos. ?Para que construir una replica del Templo en estas tierras perdidas?
