Claire le habia abierto las puertas de su casa y el habia respondido a aquella hospitalidad deshonrandole al yacer con su unica hija. Al menos le quedaba el consuelo de que ella parecia versada en las artes amatorias.

?Que pensarian Jacques de Rossal y Andre de Montbard si le descubrian? Parecian dos ascetas. No lo entenderian.

Intento poner en orden sus ideas para enviar un mensaje a Silvio de Agrigento. Tenian que verse lo antes posible, pero… ?donde? En La Rochelle. Le habian dicho que alli habia un barco que lo llevaria a Palestina. Si lograba solucionar el problema que se le planteaba con Robert Saint Claire -ya veria como- tendria que marchar hacia el puerto templario. Alli, antes de partir, podria reunirse con el de Agrigento y con Tomas y Toribio.

Una vez hubiera contado lo que sabia al secretario de Lucca Garesi, este tendria que decidir. El, por su parte, se encontraba cansado, harto de aquel negocio. Quizas era debido a que no le agradaba la idea de asesinar al joven Saint Claire. Creia haberle salvado la vida tras su conversacion con Bernardo de Claraval pero, al parecer, la rama mas dura de las familias apostaba por una solucion mas expeditiva.

Pensaba haber acabado con la parte mas desagradable de su trabajo como espia: la muerte, la daga, los venenos… aquello formaba parte del pasado. Cuando era mas joven no se lo planteaba siquiera. Actuaba como se le ordenaba y no reparaba en ello ni un solo momento. Habia sido entrenado para hacerlo, era un soldado. Unos eran duchos manejando el arco, otros cargaban a caballo en las batallas, habia zapadores que excavaban tuneles a fuer de derribar los muros mas solidos de las fortalezas, y el, por su parte, fingia ser lo que no era, obtenia informacion, sobornaba y en caso necesario… mataba.

No sabia muy bien por que pensaba en Beatrice y en terminar con aquella mision, volver a Chevreuse y llevarla consigo; vender sus tierras junto a los Pirineos y perderse en una granja lejos de Roma y las familias. Cultivar la tierra y tener hijos; vivir en paz.

Lorena era una mujer excitante, culta y de origen noble, pero habia algo en ella que le hacia desconfiar. Se sentia culpable por haber yacido con ella, alli, en la casa de sus mayores. Ella se habia vuelto a manifestar muy cansada de todo aquel asunto del proyecto y las familias. Le habia descubierto otra cara: la de las mujeres de aquellos confabuladores, sus familias, que habian sido abandonadas cuando la mision lo requeria. La prima de Lorena, Elizabeth, la madre de Theobald, habia sido entregada en matrimonio a Hugues de Payns a la edad de trece anos. Asi sellaron su extraordinaria amistad Henry Saint Claire y el fundador del Temple, quienes habian luchado juntos en la cruzada. Hugues de Payns habia dejado a su esposa adolescente y a su hijo recien nacido por ingresar en la orden que acababa de fundar. ?Merecia la pena? Gracias a Henry Saint Claire su sobrina no se vio obligada a ingresar en un convento. Lorena habia visto marchitarse a su prima mayor por culpa del proyecto.

Rodrigo, aprovechando las confidencias que suelen hacerse los amantes, pregunto a Lorena por su padre. Henry Saint Claire no habia ingresado en la orden. Ella le dijo que su progenitor era uno de los mas firmes defensores del proyecto, pero que nunca se habia planteado por ello renunciar a su esposa, a sus hijos y a sus tierras. Quiza por esa razon se habia sentido culpable y habia inducido a su hijo menor, Robert, a ingresar en el Temple; era la contribucion de los Saint Claire al brazo armado de las familias. Y asi se lo pagaban ahora. Ella le dijo que con seguridad iban a tratar de matar a su hermano. Rodrigo se sintio culpable. No podia decirle que el era el encargado de hacerlo. Cuando volvio al castillo, Arriaga vio mas monturas. Habian llegado nuevos invitados; aquella reunion era importante. Subio a su habitacion, pues no le quedaba tiempo, tenia que escribir la esquela para Silvio de Agrigento, bajar al pueblo y darsela a Owen.

Lorena fue a visitarlo tras la cena e hicieron el amor. Era agradable compartir el lecho con una mujer, abrazados, desnudos bajo la manta y al calor del brasero del cuarto mientras en el exterior la nieve hacia su aparicion. A punto estuvo de quedarse dormido. En cuanto sintio que la respiracion de la joven se hacia ritmica y pausada se deslizo fuera del lecho y se vistio con las ropas que habia preparado: calzas oscuras, jubon negro y manto del mismo color. Se pinto el rostro de oscuro con un tizon que habia tomado de la inmensa chimenea y salio del cuarto evitando hacer ruido.

La moza de Toribio le abrio la puerta del pabellon principal de Rosslyn y bajaron al sotano. Abrieron la falsa puerta tras el botellero y Arriaga encendio la tenue llama de un pequeno candil.

– Espero que tengamos suerte y se reunan esta noche.

– Id con cuidado -dijo ella.

– En cuanto cerreis el muro, salid de aqui. Es seguro que entraran por esta puerta, no creo que usen la de la ermita con lo que esta cayendo.

– Asi lo hare -dijo la cocinera.

El muro se cerro tras Rodrigo y se le apago la llama. Sintio miedo. Iba embozado, por si hubiera algun tipo de polvo venenoso en el Baphomet del Templo. Espero a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad y con una yesca pudo volver a encender la llama. Se sintio aliviado. En lugar de avanzar por la galeria principal -la que conducia a la replica del Templo- se interno por el tunel que se abria a la derecha. Paso santiguandose junto a los nichos ocupados por esqueletos y se introdujo en uno que estaba vacio. Alli, tumbado, volvio a sentir que aquel negocio lo superaba. Soplo el candil y se hizo la oscuridad. Se arrebujo bajo el manto. Hacia un frio atroz y la humedad calaba los huesos.

Debieron de pasar horas. La estancia alli resultaba insoportable, el tiempo no pasaba y tan solo se percibia el goteo del agua que rezumaba o el correteo de alguna que otra rata sobre el pavimento de piedra. De pronto, cuando ya debia de haber avanzado la madrugada, oyo un ruido inconfundible -el muro de piedra- y una debil y momentanea luz se reflejo en el muro que tenia enfrente. Voces. Eran ellos. Escucho atentamente los pasos y contemplo con aprension como el resplandor de las velas que portaban se reflejaba en las piedras oscuras de las paredes del tunel. Por un momento sintio que lo invadia el panico otra vez, al sopesar la posibilidad de que entraran donde los nichos; pero no, continuaron tunel arriba, hacia el Templo.

Dejo pasar un rato en silencio y espero a que la oscuridad fuera completa. Entonces se levanto y camino palpando las paredes del muro. Cuando llego a la bifurcacion, siguio hacia arriba.

Un lugubre cantico, grave y de voces masculinas, llegaba resonando en las gruesas paredes de piedra. No entendia lo que decian, pero parecia hebreo. Se fue acercando. La claridad se hacia mayor por momentos. Llego al fin del tunel, justo tras el santasanctorum, donde se situaba la pared que equivalia al muro oeste del Templo de Salomon. Aprovechando que estaba situado en la penumbra y que iba vestido enteramente de negro, decidio asomarse un poco. Habian colocado unos bancos en la sala, entre las columnas, formando un cuadrado. En el centro habia una mesa con el horrible Baphomet. Los alli reunidos, excepto los dos perfectos cataros, vestian inmensos mantos blancos con enormes capuchas que cubrian sus cabezas.

Comenzaron a entonar otro cantico monotono, repetitivo, en una lengua que el no entendia, primitiva y gutural. Fueron pasando uno a uno delante de la talla y, reverenciandola, la besaron. Aquello debia de ser mas que suficiente para que los detuvieran a todos y confesaran su herejia ante el verdugo. Uno de los encapuchados parecia dirigir la ceremonia. Todos llevaban el inmenso anillo de oro con la columna a modo de sello. Cuando el ultimo de ellos beso al Baphomet, tras un gesto del mandamas, cesaron los canticos.

– Estimados hermanos -dijo con voz recia y solemne Andre de Montbard-. Nos hemos reunido aqui para tomar decisiones importantes, esperemos que Yahve nos ilumine para poder recuperar el camino perdido y restaurar la gloria de su Templo.

– ?Asi sea! -exclamaron todos al unisono.

Se quitaron las capuchas. Andre de Montbard prosiguio.

– Debemos tratar con ecuanimidad la cuestion del joven Saint Claire, que en verdad sirvio bien al proyecto hasta que se desvio del camino por culpa de una mujer, cuyo despecho lo llevo a la locura. No todas las familias estan aqui presentes y debo destacar que las que no han podido asistir han delegado su voto en mi. Doy la palabra a su padre, mi buen amigo Henry Saint Claire.

Rodrigo se echo hacia atras y se escondio tras el muro, pues pese a que estando en la oscuridad no podian verle, se sentia indefenso, al descubierto.

– Queridos amigos, Andre, Jaques, Pierre de Jointville, Sigfridus Saint Omer. Queridos perfectos Francisco y Dimas. Queridos Theobald, Arnold… Quiero defender aqui la vida de mi hijo, Robert, pues como bien ha dicho Andre, sirvio bien a la orden y al proyecto. Era un joven de brillante futuro que habia de ser mi legado a nuestro sueno, pero quiso la mala fortuna que tras unos desgraciados sucesos cayera en las garras de la demencia.

– Aclarad que esos desgraciados sucesos los provoco el folgando a una moza y matando a un paisano -

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