– ?Para guardar sus tesoros?
– Pero esto… esto esta vacio.
– Si, eso es cierto.
– Sea como fuere, Lorena me dijo que pronto empezarian las reuniones, los canticos y las tunicas blancas. Se creen descendientes de los nazareos. Debemos aprender mas sobre dicha secta pero ?como? ?Como?
– Clairvaux. Guior. Quizas el pueda ayudarnos.
– Si, debes ir alli cuanto antes, manana si es preciso. Dire que tienes que ver a tu madre enferma y…
– Descubriran que he estado alli.
– No si no revelas tu identidad. Intenta hablar en secreto con Isaias Guior o, mejor, hospedate cerca y hazle llegar una esquela. El o sus companeros sabran ayudarnos. Necesitamos pruebas. Sabemos que esta gente trama hacerse con el poder que ostenta la Iglesia, se creen herederos de una verdadera fe que aunara los tres grandes credos. Son herejes…
– Y luego… ?donde nos encontraremos?
– Os hare llegar un mensaje como sea. Sigamos mirando.
Dieron la vuelta y salieron de la estancia. Detras de la misma quedaba un hueco entre ella y el inmenso muro de contencion del fondo. De alli, partia un tunel que descendia hacia la mas negra oscuridad.
– Esta pared representa el muro oeste del templo -dijo Tomas.
– Y ese tunel debe de conducir al castillo. Veamos.
Sacaron mas telas que impregnaron en brea y enrollaron en torno a las antorchas, que revivieron. Comenzaron a descender por el tunel, cuya pendiente era acusada. Se escuchaba el goteo constante del agua que rezumaba desde el bosque situado justo encima de ellos. Las paredes aparecian labradas con caras barbudas y figuras que asemejaban un extrano via crucis. El camino se les hizo eterno. Rodrigo seguia llevando la daga en la mano y Tomas miraba hacia atras, hacia la oscuridad del tunel, del que temia que saliera algun horrible monstruo que los devorara. Despues de una cerrada curva, el tunel terminaba bruscamente.
– No puede ser, debe de haber alguna salida aqui -dijo Rodrigo tanteando las humedas piedras.
De pronto se oyo un chasquido, el muro giro, les deslumbro una luz cegadora y gritaron al verse frente a un individuo al que no se le distinguia el rostro.
Rodrigo le puso la daga en el cuello y el otro grito:
– ?Piedad para un buen cristiano!
– Casi nos matas del susto, Toribio -dijo Rodrigo Arriaga quitandose el panuelo de la boca.
– ?Senor! ?Pareciais salteadores!
El bueno de Tomas dio un paso adelante. Se leia el miedo en sus ojos.
– ?Donde estamos? -pregunto Arriaga.
– En la despensa, bajo el Salon Grande, en el pabellon de la familia.
– ?Y como has encontrado el pasadizo?
Toribio se hizo a un lado y contemplaron a una moza bien entrada en carnes que roncaba despatarrada sobre unos sacos de harina. Junto a ella habia una jarra de vino y dos vasos.
– Ella me lo dijo. Queda semioculto detras de este botellero y se abre con esta pequena palanca -argumento Toribio senalando a la cocinera con la cabeza-. Y no creais, que me ha costado folgarla tres veces seguidas; no es de las que queda satisfecha con un revolcon.
– Ay, Toribio, Toribio… -dijo Rodrigo, que reparo de inmediato en que habian dejado la lapida de la ermita abierta-. Tenemos que volver a cerrar la entrada en la cripta o descubriran que hemos entrado en el Templo.
– ?El Templo? -dijo Toribio.
– Ya hablaremos. Manana partes con Tomas a Clairvaux, necesitaremos que contacteis con Guior a traves de la sobrina de su amigo. La del cobertizo.
Toribio esbozo una sonrisa socarrona
– Huuummm… -murmuro.
– ?Y tenemos que volver alli arriba, mi senor? -pregunto el joven Tomas asustado.
– No, hijo, no. Cerrad el pasadizo. Yo lo hare.
Quedo dentro del tunel y el muro se cerro tras el. Entonces sintio que el miedo lo invadia. Cuando volvia, en la primera curva, reparo en una bifurcacion del tunel que no habia visto antes. Se adentro en ella y comprobo que apenas si tenia mas de veinte pasos. Era una galeria ciega. En los laterales del estrecho tunel aparecian excavados en la roca unos nichos, diez o doce; varios ocupados por esqueletos que vestian tunicas blancas. Penso que podria ocultarse alli a la noche siguiente. Volvio sobre sus pasos y camino lo mas rapido que pudo. Paso por el Templo como una exhalacion, cerro la puerta de madera, apago la antorcha, encendio el candil y subio las escaleras de vuelta a la ermita. Una vez alli cerro la losa y salio aliviado al frio de la noche.
Entonces oyo una voz.
– ?Que haceis aqui?
Se giro y vio la figura de Lorena, que se perfilaba en la oscuridad.
– Buscaba un poco de tranquilidad. Queria orar.
Ella se le acerco mucho, demasiado.
– ?Habeis pecado, Rodrigo? -Habia cierto retintin en sus palabras.
– Pues si, un templario debe mantenerse lejos de las cosas mundanas.
– ?Que cosas mundanas hay aqui arriba, en la ermita?
– Vine huyendo de mi pecado.
– ?De vuestro pecado?
Estaba en un apuro. No le interesaba que ella pudiera contar que lo habia visto alli a aquellas horas de la noche. Lo descubririan. Tenia que arriesgarse.
– Si, he pecado de pensamiento. Con vos, desde que os vi por primera vez. -La atrajo hacia si, tomandola por el talle, y la beso. Sintio como la joven se estremecia. La agarro por las posaderas y le beso el cuello. Noto que jadeaba y envolvio sus senos con las manos; eran pequenos y duros.
– Venid -dijo ella.
Fueron a un cobertizo que habia detras de la pequena iglesia.
Tomas y Toribio partieron al dia siguiente. Al tratarse de dos sirvientes nadie le dio mayor importancia. Justo cuando Rodrigo salio a despedirlos al camino se dio de bruces con dos caballeros de mediana edad que llegaban acompanados por gente de armas. Eran los representantes de las familias Saint Omer y Jointville, sin duda.
Cuando volvio al patio del castillo y antes de adentrarse en el pabellon de invitados comprobo que Henry Saint Claire, Jacques de Rossal y Andre de Montbard recibian a los recien llegados con abrazos y parabienes. Le parecio escuchar algo asi como «esta noche hablaremos con calma en la reunion, ahora bebamos un poco de vino».
Subio a su aposento para poner en orden sus ideas, tenia que hacer llegar una esquela a Silvio de Agrigento. Le iban a pedir que eliminara a Robert Saint Claire y luego querrian que partiera hacia Tierra Santa para alejarlo de alli. No le desagradaba pasar por el puerto templario de La Rochelle, asi podria averiguar algo sobre el paradero de los siete sabios, pero la idea de eliminar al pobre demente de Robert le hacia sentirse muy angustiado.
Al entrar a su cuarto se sintio reconfortado por el calor del brasero. Entonces sintio una presencia tras de si, en la penumbra que quedaba junto a la puerta entreabierta. Se volvio alarmado y vio a Lorena Saint Claire.
– Os esperaba -dijo ella-. Ahora tenemos el cuarto para nosotros dos solos.
Dicho esto, dejo caer el vestido que llevaba. Estaba desnuda.
Era una mujer de belleza extraordinaria, de tez palida y pecosa. Tenia los senos pequenos y el vello de su sexo rojizo. Era una noble, no habia duda, su piel no habia sido curtida por el sol como la de Beatrice.
Ella se le acerco y se fundieron en uno solo. Aquello se le estaba yendo de las manos, penso el templario.
– No he dejado de pensar en vos desde anoche -dijo ella.
Despues de comer, Arriaga salio a dar un paseo para relajarse. Se habia sentido algo tenso durante el almuerzo en la Sala Grande, pues Lorena no paraba de lanzarle miradas maliciosas que afortunadamente no llamaron la atencion de los demas. El era un templario y por tanto debia mantenerse celibe. Ademas, Henry Saint
