10 DE DICIEMBRE
Capitulo 24
En la informacion meteorologica de la noche anterior habian predicho buen tiempo y, efectivamente, asi parecia ser. Se encontraban en la oficina de la escuela de vuelo, donde habian ido ?ora y Matthew el dia anterior para alquilar un aparato. Matthew se encontraba en ese momento totalmente enfrascado en rellenar un formulario para el piloto, mientras ?ora aprovechaba la ocasion para tomar el cafe que le habian ofrecido. El precio del vuelo la habia cogido realmente por sorpresa: el vuelo a Holmavik llevaria apenas una hora en cada sentido y el precio era mas bajo que si hubiesen ido en coche y se hubiesen alojado en un hotel. Ademas, le habian ofrecido una rebaja… si aceptaban que fuera un alumno quien llevase los mandos. ?ora decidio pagar la tarifa mas alta.
– OK., pues entonces, listos para el combate -dijo el piloto sonriendo. Era tan joven que no debia de haber pasado mucho tiempo desde que pilotaba a tarifa reducida.
Volaron sobre Reikiavik, que parecia mas grande desde el cielo que a ras de tierra. Matthew miraba hacia abajo muy interesado, pero ?ora parecia dirigir la vista mas bien al infinito, nunca se sentia demasiado a gusto en un avion. El viaje hasta Holmavik paso rapido, y enseguida aparecio a la vista el aerodromo. ?ora vio que no era mas que una pista estrecha y un pequeno edificio. El campo estaba justo al lado del pueblo, junto a la carretera. El piloto volo sobre la pista para examinarla; luego viro, satisfecho con lo que habia visto, y aterrizo con suavidad. Se soltaron los cinturones y bajaron.
Matthew saco su movil y se dispuso a llamar.
– ?Cual es el numero de la parada de taxis? -pregunto al piloto.
– ?Parada de taxis? -respondio, sin poder reprimir una risa-. Aqui no hay ni siquiera un taxi… no digamos una parada. Tendran que caminar.
?ora sonrio al piloto, como diciendo que ya lo sabia. Pero en realidad, al igual que Matthew, ella tambien se habia hecho a la idea de ir al museo en taxi.
– Vamos, no esta lejos -le dijo al escandalizado Matthew.
Fueron caminando por la carretera, que no tenia ni asomo de trafico y llegaron a la gasolinera y a la tienda que daban la bienvenida al pueblo. Entraron a preguntar el camino. La chica que atendia era la simpatia en persona, y salio con ellos para indicarles cual era el edificio del museo. No habria podido ser mas sencillo, caminar un poco por la calle que seguia la linea de la playa hasta entrar en el pueblo; alli mismo, al lado del puerto, estaba el museo. Desde lejos se podia distinguir un edificio de madera con techo verde de turba. Eran solo unos cientos de metros y hacia buen tiempo. Alla fueron.
– Reconozco este sitio por las fotos que habia en el ordenador de Harald -dijo ?ora mirando a Matthew, que iba detras de ella. La acera era tan estrecha que no podian caminar uno al lado del otro.
– ?Muchas fotos de este lugar? Algo significativo, quiero decir.
– No, no tanto -respondio ella-. En realidad eran solo las tipicas fotos de turista, si descontamos varias que tomo dentro del museo, donde no se puede fotografiar -preciso pisando con mucha prudencia una zona resbaladiza de la acera-. Ten cuidado aqui -advirtio a Matthew, que paso por encima de una zancada-. Realmente no vas muy bien calzado para caminar -le dijo, clavando los ojos en sus zapatos negros de vestir. Iban conjuntados con el resto de la ropa de Matthew, eso si: pantalones planchados con raya, camisa y chaqueta de lana. Ella llevaba vaqueros y zapatos de caminar y se habia puesto un jersey de cremallera y el chaqueton de pluma. Matthew no quiso saber nada de ponerse abrigo; cuando fue a recogerla y ella entro en el coche se limito a levantar las cejas: la parte superior del cuerpo ocupaba tres veces mas espacio.
– Cuando muera, espero no tener que seguir sintiendo la tierra bajo los pies -dijo Matthew con fastidio-. Me podia haber avisado el tipo ese. -El tipo al que se referia era el director del Museo de Brujeria, a quien Matthew habia llamado el dia anterior para asegurarse de que no encontrarian el edificio vacio.
– Te sentara bien. Ya se nota que no eres muy andarin -respondio ?ora-. Eso no es nada practico en Islandia. Si no acabamos pronto tendre que arrastrarte hasta el pueblo y comprarte un jersey de tipo campestre.
– Jamas -respondio Matthew malhumorado-. Por encima de mi cadaver.
– Ese dia llegara antes de lo que te imaginas, si sigues asi -repuso ella-. ?Pero no tienes frio?… ?quieres ponerte mi chaqueton? -anadio.
– Hice las reservas para el Hotel Ranga para esta noche -dijo el, y cambio rapidamente de tema-. Y voy a dejar el coche alquilado y coger un todoterreno -anadio.
– Vaya, ya eres medio islandes.
Finalmente llegaron al final del camino y al museo… sin un solo resbalon. Por fuera, el museo tenia aspecto de edificio tradicional. La explanada de delante, que estaba delimitada por un bajo murete de piedra, se encontraba cubierta de cantos rodados y habia unos cuantos tocones arrastrados por las mareas. La puerta era de un color rojo fuego que desentonaba un poco con el aspecto terroso del edificio. En un banco de madera que habia en el exterior estaba sentado un cuervo gordo y rechoncho. Cuando ?ora y Matthew se acercaron, miro hacia el cielo, abrio desmedidamente el pico y grazno. Entonces extendio las alas y se elevo hasta el alero del tejado, desde donde los miro entrar.
– Muy apropiado -dijo Matthew mientras abria la puerta y dejaba pasar a ?ora.
Ante ellos aparecio un pequeno mostrador, a la derecha, y justo delante varias estanterias con objetos a la venta relacionados con la brujeria. Todo muy limpio y nada ostentoso. Detras de la mesita habia un joven que levanto los ojos del diario
– Buenos dias -dijo con una sonrisa-. Bienvenidos al Museo de Brujeria de Strandir.
?ora y Matthew se presentaron, y el joven senalo que los estaban esperando.
– Estoy aqui haciendo una sustitucion -dijo despues de darles la mano y presentarse como ?orgrimur. El apreton de manos de ?orgrimur era de los de estilo antiguo, firme y franco-. El conservador del museo esta de sabatico, pero espero que no les importe demasiado.
– No, no, perfecto -respondio ?ora-. ?He entendido bien que usted estaba aqui ya el otono pasado?
– Si, en efecto. Me incorpore en julio. -La miro con curiosidad y pregunto-: ?Puedo preguntar por que me lo pregunta?
– Como le dijo Matthew ayer, estamos investigando un caso relacionado con una persona interesada en temas de brujeria. Estuvo aqui el otono pasado, y nos encantaria poder hacernos una idea precisa sobre su forma de pensar. Confio en que le recordara.
El hombre rio.
– Pues eso no es tan seguro. Por aqui viene mucha gente. -Se dio cuenta de que en aquel momento alli no habia nadie mas que el mismo y los dos visitantes y anadio, apurado-: Claro, no en esta epoca del ano… esto suele estar lleno de gente en la temporada turistica.
Matthew sonrio ironico.
– Pues mire, a ese hombre no se le olvida facilmente. Era un estudiante aleman de Historia y con un aspecto muy poco convencional. Se llamaba Harald Guntlieb y fue asesinado recientemente.
El rostro de ?orgrimur se ilumino.
– Ya, si, ?era… bueno, iba todo lleno de, como expresarlo… de adornos?
– Si, si quiere llamar adornos a eso -repuso ?ora.
– Pues si, claro… lo recuerdo perfectamente. Vino con otro hombre, algo mas joven, pero este no se atrevio a mirar nada, por la resaca. Hace no mucho que lei en el periodico que habian asesinado al aleman aquel.
– Pues si-dijo Matthew-. Y del flaco… ?puede decirnos algo de el?
El joven sacudio la cabeza.
– No directamente… al despedirse dijo que era medico. Creo que debia de estar bromeando. Desperto a su amigo a gritos al irse a marchar. Yo estaba en la puerta mirando. Recuerdo que me parecio poco probable que aquel muchacho fuese medico, tumbado como estaba en el banco de ahi fuera.
?ora miro a Matthew y los dos intercambiaron miradas de reconocimiento: Halldor.
