libraba a lo mejor del liquido malo, haciendolo salir del cuerpo? Con todos aquellos pensamientos le entro dolor de cabeza y con la mano derecha se presiono el lugar de la frente donde sentia el dolor. El sufrimiento se calmo pero volvio en cuanto aparto la mano. ?Debia tocar el timbre para que fueran a ayudarla? Tinna acerco la mano izquierda al timbre, que estaba mucho mas accesible para la mano derecha, pero no se atrevio a moverla por miedo a que las calorias entrasen mas deprisa. Ademas sentia fuego debajo de la aguja, y el ardor empeoraba si se movia. El pulgar descansaba sobre el frio boton del timbre. Tinna estaba a punto de apretarlo, cuando se detuvo. ?Que iba a decirle a aquella enfermera extranjera? Solo sabia chapurrear los buenos dias en ingles, de modo que no era capaz de explicar que si no le quitaban inmediatamente el liquido, sin esperar ni un momento, se empezaria a hinchar y explotaria, y sus tripas llegarian hasta el control de enfermeras. Tinna alejo la mano del timbre. No serviria de nada. Se coloco mejor e intento meter la furia en medio de sus pensamientos. La enfermera no podia ayudarla. Nadie podia ayudarla. ?Que podia hacer?
La mirada de Tinna fue a parar a los esparadrapos que cubrian la aguja. Una esquina estaba un poco levantada, seguramente por el sudor que provocaba la aguja caliente y por todas las calorias que pasaban por ella. Tiro con mucho cuidado de la esquina suelta y escucho embobada el ruido del esparadrapo separandose de la piel. Lo quito despacio y vio como la piel se levantaba desde el hueso. Miro encantada el cuadrado rojizo donde habia estado el esparadrapo. En mitad del cuadrado habia un trozo de plastico rosa que parecia una mariposa, el tubo entraba alli, y de el salia la aguja que estaba enterrada bajo la piel de Tinna. Quito el esparadrapo transparente que lo mantenia todo junto e hizo una mueca. ?Cual seria la mejor forma de quitar la aguja sin que el liquido se derramara por todas partes? Tinna penso y penso, pero no se le ocurrio ninguna solucion. Fue sacando lentamente la aguja. Se oyo un tenue chasquido y un ruido de succion cuando la aguja se separo de la piel y durante un instante pudo contemplar un agujero negro en su mano antes de que unas diminutas gotitas de sangre surgieran de el y descendieran hasta la muneca. Tiro la aguja y la piececita de plastico, pero en lugar de revolotear por la habitacion como habia imaginado, cayeron directamente al lado de la cama, por culpa del tubo que les cortaba el vuelo. Tinna se llevo una gran decepcion, aunque no podia comprender el porque. Tinna saco las piernas de la cama y se sento en el borde un momento mientras se le pasaba aquel mareo tan conocido. Le sonaron las tripas y se dio cuenta de que tenia un hambre horrible. Estaba acostumbrada, pero como le habian llenado la cabeza de medicinas, tenia ganas de comer. Normalmente no le resultaba dificil sentir hambre y aprovecharla para no comer. Asi era ella la que mandaba…, no la gula. La gula que hacia a la gente cada vez mas gorda hasta que estallaban en el aire como la oveja de antes. Tinna no recordaba si la oveja habia explotado de verdad o si solo se lo habia imaginado. Tinna se puso en pie para borrar la idea de comida que la asediaba con gula. Paseo por la habitacion, se asomo a la ventana pero no vio nada que le apeteciera mirar, luego observo lo que habia en el armarito que estaba junto a la pared y encontro su chaqueton colgado de un ganchito con el resto de la ropa que llevaba puesta al llegar. No quedaba nada mas que mirar debajo de la cama, o el grifo del lavabo, pero ambas cosas exigian agacharse, y eso no lo hacia excepto cuando no habia mas remedio, porque le encogeria el estomago y le aumentaria el hambre. Se le vino de pronto a la cabeza la cancion infantil del cuervo que grazna. Un cuervo grazna, / llama a su tocayo. / Encontre la cabeza de un cuervo, / los huesos y la piel de oveja. No podia comer. Si lo hacia, explotaria como la oveja. ?Por que no lo entendia nadie? Tinna sintio que de pronto se quedaba sin peso alguno. La invadio la desidia, la sensacion de tener aquello en sus manos y de no tener que preocuparse. Las calorias que ya estaban en su interior no contaban. Sonrio. Solto una risita. ?Donde podria encontrar un cuchillo?
Dis estaba sentada, pensativa, esperando a Agust. La ultima paciente estaba en el despacho de su colega, se trataba de una mujer joven que no acababa de decidir si se aumentaba los pechos o no. Dis la habia mirado al entrar y aposto consigo misma que aquella mujer tan delgada acabaria con unos pechos mas grandes de lo que podia considerarse bonito. Siempre pasaba igual. Le parecia lamentable, porque las mujeres se aumentaban el pecho para ser mas guapas a ojos de los hombres, daba igual la justificacion que diera cada una de ellas. Solian disfrazarlo las mas de las veces diciendo que el aumento de talla las dejaria mas contentas consigo mismas y mas seguras de si mismas. Desde luego, era cierto, pero eso significaba que la confianza en una misma se basaba en ser mas atractiva a los ojos del otro sexo. Por eso, Dis creia que era lamentable que, casi sin excepcion, aquellas mujeres eligieran unos implantes demasiado grandes que las hacian opulentas pero no estupendas. Si una mujer estaba casada, solia venir con su marido para las primeras consultas y siempre tenia en mente unos pechos grandes, mientras que el marido solia preferir algo mas bien bonito. Dis siempre intentaba llamar la atencion de las mujeres sobre ese hecho, pero no servia de nada: «?No prefieres pensartelo y elegir quiza unos pechos mas pequenos? Seran mayores que los que tienes ahora, pero el cambio no sera tan drastico. Estaras mas satisfecha con ellos con el paso del tiempo». Ni doctor ni marido conseguian cambiar nada. Quiza se trataba de conseguir lo mas posible por el mismo dinero, o el miedo a que los pechos fueran a disminuir de tamano con la edad, Dis no estaba segura ni creia que las mujeres fueran capaces de responder. Ni siquiera entenderian que se lo preguntara.
Dis miro de nuevo su reloj. ?Por que demonios estaba pensando en esas cosas en aquel momento? De todos modos, aquello era como una pesadilla, porque eran las afectadas quienes tomaban sus propias decisiones, quienes cargaban con la responsabilidad y quienes tenian que vivir con ellas. Y encima sabia que esas mujeres estaban felices y contentas con sus nuevos pechos. Dis echo otro vistazo a su reloj con la esperanza de que el tiempo hubiese transcurrido mas deprisa de lo que le parecia. Naturalmente, no era asi. El tiempo se arrastraba como un gusano, como siempre que queria que pasara deprisa. La espera la fastidiaba por bastantes motivos, le recordaba que Agust era mas cotizado que ella, aunque ella fuera exactamente igual de habil que el, si no mas ya, en los ultimos tiempos. El era mayor y tenia mas experiencia, pero habia empezado a estancarse. Ademas, Dis se percataba de que habia empezado a mostrar menos interes por la profesion. Hacia un debil intento de disimularlo aparentando interes cuando Dis hablaba de articulos que habia leido, como, muy recientemente, sobre una intervencion en la almohadilla de la planta del pie que facilitaba a las mujeres caminar con zapatos de tacon. Dis oyo abrirse la puerta del despacho de Agust y escucho la cortes charla entre el y la paciente, a la que obviamente queria acompanar hasta la puerta. Dis se sento bien erguida cuando oyo a Agust cerrar la puerta de salida. Por fin.
– Creia que no iba a terminar nunca -dijo Agust al entrar en el despacho de Dis-. Perdona la espera -se dejo caer en la silla, se aflojo el nudo de su carisima corbata y el ultimo boton de la camisa-. Acaba de tener un nino y no puede esperar para volver a ponerse el bikini.
A Dis ni se le paso por la cabeza hacer un comentario. Le apetecia ir a nadar y marcharse a casa.
– Estoy lamentando el interrogatorio de ayer -dijo, entrando asi directamente en materia-. La policia sabe que me lo lleve yo. Tengo esa corazonada.
– Venga, mujer -dijo Agust frotandose los hombros con la mano y pensando en otra cosa-. ?Cuando tienes que presentarte manana? Por suerte, yo no tengo ningun paciente hasta las diez.
Dis se sintio inundada de furia. Ese hombre no comprendia lo que pasaba, ahi estaba, tan ridiculamente indiferente mientras ella no aguantaba los nervios. Y eso que todo habia sido culpa suya.
– Hay un hombre encerrado por el asesinato de Alda -dijo Dis con toda la tranquilidad de la que fue capaz-. ?No te molesta eso ni siquiera un poquitin? -en su voz sonaba claramente la ira.
Agust miro fijamente a Dis, como si estuviera volviendose loca.
– ?Y por que tendria que molestarme? -pregunto, molesto-. Estoy encantadisimo con que la policia haya encontrado ya al criminal -aparto los ojos de Dis-. Tu tambien deberias alegrarte, en vez de andar dandole vueltas a puras imaginaciones que nunca se realizaran.
– Agust -dijo Dis apretando los dientes para no gritar. Respiro por la nariz y luego continuo algo mas tranquila-. Me lleve pruebas de la casa de Alda y la policia sospecha algo. Quiza esa prueba podria demostrar la culpabilidad del hombre que tienen detenido o, lo que seria aun mucho mas terrible, limpiarle de todas las acusaciones. Claro que estoy preocupada, tendria que estar loca para no preocuparme -indico asi que Agust deberia estar igual que ella.
Agust no comprendia el motivo:
– La policia tambien hablo conmigo. No hubo nada extrano en sus preguntas, considerando las circunstancias de la muerte. El botox no se coge sin mas de las estanterias de la farmacia.
Dis puso cara de desesperacion.
– No fuiste tu la primera persona que llego a su casa y entro en la escena del crimen. Fui yo -dijo Dis echandose un poco sobre el respaldo cuando se dio cuenta de que estaba casi con el vientre sobre la mesa-. Las
