Como siempre con Sylvie, hablaba espanol. Antes de ofrecerlo a Maria Teresa, Beaufort habia cuidado de que aprendiera esa lengua, que era la que utilizaba habitualmente, lo que no impedia que pudiera expresarse tambien en un frances relativamente correcto.

— ?Quien te envia?

— Madame de Motteville. Ha venido esta tarde…

— ?Donde estan las otras? ?Madame de Bethune? ?Madame de Montausier?

— Bethune fatigada, marcho a acostarse. La gran dama ha ido a cenar con la favorita.

— ?Quien te ha dado mi direccion?

— Motteville.

?Quien, si no? No quedaba mas remedio que volver al Louvre por un tiempo indeterminado. Con un suspiro de cansancio, Sylvie despidio al joven negro diciendole que le seguiria, llamo a Pierrot para que hiciese preparar el coche, y finalmente se volvio hacia su hija.

— Si no estas obligada a volver muy pronto, quedate aqui como yo deseaba hacerlo. Te hara bien.

— ?Oh, no tengo prisa! Madame esta con sus inhalaciones, y se ha encerrado con su querida Madame de La Fayette [22] y con la princesa de Monaco. En cuanto a las doncellas de honor que quedan, tienen propension a irritarme.

Al hablar de las que «quedaban», Marie se referia a que habia perdido a sus companeras mas queridas: Montalais, exiliada desde el asunto de la carta espanola, habia regresado a las orillas del Loira; en cuanto a Tonnay-Charente, despues de la muerte de su prometido, el marques de Noirmoutiers, junto al duque d'Antin en uno de esos duelos estupidos que parecian batallas en toda regla, se habia casado por amor con el hermano del difunto duque, el marques de Montespan, un bravo soldado mas rico en antepasados que en caudales, y que llevaba junto a ella una vida apasionada pero dificil.

— Intentad que se quede esta noche, padrino -murmuro Sylvie mientras besaba a Perceval-. No me gusta mucho que ande por las calles despues de la puesta del sol. Ni siquiera en coche.

El la tranquilizo con un apreton de mano, y ella salio sin ocuparse mas de su hija. Ahora sabia a que atenerse respecto a su extrano comportamiento, y cualquier intento de aproximacion, dado el estado critico en que se encontraba Marie, no haria mas que agravar las cosas. Era preciso contentarse con confiar en la elocuencia y el tacto del querido Perceval.

En el Louvre, la situacion era peor de lo que habia temido. Pensaba encontrar a Maria Teresa presa de una de las numerosas indigestiones que le valian su abuso del chocolate y su gusto exagerado por los platos fuertemente especiados, y en efecto eso habia ocurrido. El olor agrio que llenaba la habitacion y las criadas ocupadas en limpiar las alfombras lo atestiguaban, pero ademas la reina, envuelta en sus cabellos sueltos, sus lagrimas y sus sabanas arrugadas, padecia una crisis nerviosa que Molina y su hija parecian incapaces de controlar. El cuerpo de la infeliz, con su vientre enorme que apuntaba al dosel del lecho cuando se arqueaba apoyandose en sus talones, sufria de sacudidas convulsivas que las mujeres presentes en la habitacion miraban con espanto, mientras se santiguaban y murmuraban plegarias apresuradas. ?Que diria el rey si se revelaba que la reina estaba poseida por el demonio? ?Ni siquiera se atrevian a llamar a los medicos!

Sylvie recordo un caso parecido, de una mujer cerca del termino de su embarazo a la que una especie de curandero de los alrededores de Fontsomme habia conseguido calmar. Ordeno a Molina que preparara un bano templado y enviara a buscar un poco de abrotano a un boticario para preparar una tisana; luego pidio a Madame de Motteville, que aun estaba alli y la habia recibido con visible alivio, que hiciera salir de la alcoba a todos los que no tenian nada que hacer en ella, y colocara guardias en la puerta.

Durante la noche, la crisis cedio y la reina pudo reposar con tranquilidad; y tambien Sylvie, para la que se preparo una cama en una de las habitaciones de los aposentos reales. Alli se quedo, por lo demas, hasta el parto, porque la reina la reclamaba con unos lamentos que llegaban al alma si no la veia a su lado. Bien es cierto que en los dias venideros habria de sufrir muchos dolores.

Al dia siguiente, los medicos reunidos por el rey en torno a la cabecera de su mujer diagnosticaron doctamente una «fiebre terciana», cosa al alcance de cualquiera porque a simple vista la reina tenia temperatura alta; ademas, se quejaba de agudos dolores en las piernas. Le aplicaron entonces el gran remedio habitual, es decir, la sangria, con la liberalidad de costumbre. En pocos dias, la pobre Maria Teresa se vio aligerada de una parte apreciable de su sangre espanola. Pronto tuvo grandes dolores en las piernas, y el partero Francois Boucher se mostro preocupado: «Temo que la reina no llegue hasta el termino previsto, en la Navidad -confio al rey-. Seria mejor estar preparados para un parto prematuro.»Se tomaron de inmediato las disposiciones necesarias. Se bajo el lecho de operaciones que, siguiendo la costumbre, estaba colgado desde el comienzo del embarazo del techo de la habitacion de respeto; se retiraron las fundas que lo protegian -sobre todo durante los desplazamientos, en los que nunca olvidaba llevarlo-, y fue colocado bajo una especie de tienda alrededor de la cual era posible circular para las necesidades del servicio sin molestar demasiado a la parturienta. Luego se instalaron los instrumentos de cirugia debajo de otro pabellon mas pequeno. En el momento de la llegada de la criatura, se apartaban las cortinas a fin de que los principes, princesas y otros altos personajes reunidos en la amplia estancia no perdieran detalle del espectaculo y dieran testimonio, llegado el caso, de que no habia habido sustitucion del bebe.

Las precauciones habian sido prudentes: al amanecer del domingo 16 de noviembre la reina, que desde hacia varios dias sufria contracciones episodicas, empezo a sentir intensos dolores. Fue llevada a la habitacion de respeto, y el rey se reunio alli con la reina madre, que llevaba ya varios dias pasando la mayor parte del tiempo a la cabecera de su nuera, olvidando sus propios dolores para intentar consolarla. Uno a uno, los miembros de la familia y los grandes del reino ocuparon su lugar junto a ellos. Finalmente, aproximadamente media hora antes del mediodia, Maria Teresa, destrozada por el dolor y la fatiga, exhalo un largo gemido y dio a luz una nina cuyo aspecto sorprendio a todo el mundo: era mas pequena que la mayoria de los bebes, cosa nada sorprendente porque llegaba con mas de un mes de adelanto, y no tenia la habitual piel enrojecida, sino de un violeta casi negro que impresiono a los asistentes, y al rey mas aun que a los otros.

— ?Esta nina no respira! -declaro D'Aquin, el medico del rey, que se apodero de ella y se la llevo a una estancia vecina donde estaba dispuesto un cojin delante del fuego para los primeros cuidados.

Con un dedo experto, libero la nariz y la boca de los «humores viscosos y pegajosos» que las obstruian y luego, sujetando al bebe por los pies, palmeo las pequenas nalgas hasta que dio su primer vagido. Pero una vez puesta de nuevo del derecho, siguio ofreciendo un color nada ortodoxo.

— No es nada -aseguro el medico al rey, que le habia seguido-. Un efecto de la asfixia. La sangre privada de aire se ha ennegrecido. En unos dias desaparecera…

— Si vos lo decis…

A pesar del gran credito que concedia a la medicina, el tono del rey no era precisamente amable, y D'Aquin aparto la vista para no ver el fulgor siniestro de la mirada de su amo. Sin embargo, se atuvo a su version del suceso, y Luis XIV no insistio. Por lo demas, ni el uno ni el otro pensaban que una criatura asi pudiera vivir mucho tiempo, y el mismo dia su nodriza, acompanada por el padrino y la madrina -el principe de Conde y Madame-, la llevo a la iglesia de Saint-Germain-l'Auxerrois, la parroquia real, para bautizarla con el nombre doble de Marie- Anne. Nunca se vio a un bebe recibir el agua lustral tan prodigiosamente envuelto: el capillo de encaje que ocultaba a medias su carita oscura y la penumbra de la iglesia disimularon bastante bien su extrano color, objeto ya de comentarios entre los mas charlatanes de quienes habian asistido a la ceremonia. Se hablo incluso de un «pequeno monstruo negro y peludo».

No hubo mucho tiempo que perder en conjeturas porque, poco despues del parto, el estado de la reina inspiro la mas viva inquietud. Volvieron a presentarse las convulsiones, hasta el punto de que el rey se instalo en la misma habitacion de la que en el acto fue considerada moribunda, mando distribuir dinero entre los pobres e hizo votos por el restablecimiento de una esposa tan dulce y amante. Al ver que se debilitaba cada vez mas, ordeno que le trajeran el viatico.

— ?No es un poco pronto, Sire? -se atrevio a preguntar Sylvie, que no sabia que pensar de todos los sucesos de que era testigo.

— No. Es de temer que Dios no nos ha enviado esta dura prueba mas que para llevarse consigo rapidamente a la madre.

— Es cierto -dijo Ana de Austria, que tampoco se apartaba de su nuera- que tenemos que desear con mas ardor ver vivir a la reina en el Cielo que en la Tierra…

Pero Maria Teresa, aunque sin duda sufria mucho, no estaba en absoluto inconsciente, y gimio:

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