esposa reciba a marineros y a capataces de fabricas.

– Pero ?es tan grave?

Dimitri se desplomo a mi lado. Apoyo la cabeza en mi regazo y cerro los ojos. Le acaricie el pelo. Solamente tenia veinte anos, pero las tensiones de los ultimos meses se le habian quedado marcadas en la frente en forma de arrugas. Pase los dedos sobre los frunces de su piel, intentando alisarlos. Me encantaba el tacto de su tez, resistente y aterciopelada como el ante de buena calidad.

Ambos nos quedamos dormidos y, por primera vez en mucho tiempo, sone con Harbin. Vagaba por la casa cuando escuche una risa familiar. Boris y Olga estaban de pie, junto al fuego, con su gato. Mi padre estaba podando unas rosas para ponerlas en un jarron, con un cigarrillo colgandole de los labios, mientras cortaba habilmente con las manos las espinas y los tallos. Me sonrio cuando pase a su lado. En el exterior, por la ventana, se veian los verdes campos de mi ninez, extendidos ante mi, y percibi a mi madre junto al rio. Corri afuera, con la hierba humeda rozandome los pies. Me quede sin aliento y llore en el momento en el que alcance a tocar el dobladillo de su vestido. Ella se llevo los dedos a los labios y luego presiono con sus dedos los mios. Su imagen fue atenuandose y yo parpadee para darme cuenta de que la manana habia llegado.

Dimitri aun estaba dormido junto a mi en el sofa, con su rostro aplastado contra un cojin. Respiraba profunda y pacificamente. Incluso cuando le bese los parpados, no se movio. Frote mi mejilla contra su hombro y despues le rodee con los brazos, como el superviviente de un naufragio que se aferrase a un madero.

Por la noche, mi resfriado se habia convertido en fiebre alta, y tosia con tanta violencia que comence a escupir sangre. Dimitri llamo a un medico, que llego justo despues de medianoche. El cabello del medico formaba una nube blanca alrededor de su rubicundo rostro, y su nariz parecia un champinon. Pense que se asemejaba a un duende de cuento de hadas mientras le observaba calentando el estetoscopio entre sus finas manos y escuchando el silbido dentro de mi pecho.

– Ha sido usted imprudente al no llamarme antes -declaro, metiendome el termometro en la boca-. Sufre una infeccion de pecho y, a no ser que prometa quedarse en la cama hasta que se recupere por completo, tendre que enviarla al hospital.

El termometro sabia a mentol. Me recoste hundiendome en las almohadas, mientras cruzaba los brazos sobre mi dolorida caja toracica. Dimitri se agacho junto a mi, masajeandome el cuello y los hombros para aliviarme el dolor. «Anya, por favor, recuperate», me susurro.

Durante la primera semana de mi enfermedad, Dimitri trato de cuidarme mientras seguia encargandose del club. Pero mi tos interrumpia las pocas horas de sueno que el trataba de acumular durante los mediodias y las tardes. Me alarmo ver los circulos negros que se le formaron bajo los ojos y su palida complexion. No podiamos permitirnos que el tambien enfermara. No habia contratado a ninguna doncella ni cocinera, por lo que le pedi que fuera a buscar a Mei Lin para que viniera a cuidarme, y le sugeri que tratara de descansar un poco en la casa.

Me pase postrada en la cama la mayor parte de diciembre. Todas las noches volvia a tener fiebre y pesadillas. Veia como Tang y los comunistas venian a buscarme. El granjero al que los japoneses habian ejecutado ante mis ojos se me aparecia en suenos cada noche, suplicandome con ojos afligidos. Me alargaba una mano y yo la cogia, pero no le latia el pulso, y yo sabia que ya estaba condenado. Una vez, cuando creia estar despierta, vi a una joven china tumbada a mi lado, con las gafas enganchadas en el cuello de la chaqueta y la cabeza destrozada sangrando sobre mis sabanas. «?Mama!, ?mama!», gemia.

A veces sonaba con Serguei y me despertaba llorando. Trate de ponerme a mi misma a prueba, para ver si realmente pensaba que Amelia le habia envenenado, pero, a pesar de la conviccion de Luba, sencillamente no podia creermelo. En todo caso, desde que Dimitri habia hecho socia a Amelia en el club, ella se habia mostrado mas cordial que nunca conmigo. Y cuando se entero de que estaba enferma, me habia enviado un criado con un precioso ramo de lirios.

Alrededor de mediados de diciembre, Dimitri pasaba la mayor parte del tiempo en el club, tratando de mantenerlo a flote. Habia trasladado sus cosas a la casa, porque le resultaba mas comodo quedarse alli. Yo estaba sola y aburrida. Trataba de concentrarme en los libros que Luba me traia, pero la vista se me cansaba en seguida, y, al final, me pasaba las horas mirando al techo, demasiado debil incluso para sentarme en una silla junto a la ventana. Despues de tres semanas, aunque la fiebre habia remitido y la tos era menos fuerte, todavia no podia ir desde el dormitorio hasta el sofa del salon sin ayuda.

Dimitri vino a verme temprano el dia de la Nochebuena occidental. Mei Lin, que estaba mejorando mucho sus habilidades culinarias, preparo pescado frito sazonado y espinacas.

– Me alegra ver que vuelves a comer comida de verdad -comento Dimitri-. Estaras mejor antes de que te des cuenta.

– Cuando me encuentre mejor, me voy a poner mi vestido mas bonito y deslumbrare a todo el mundo cuando vuelva al club. Voy a ayudarte como debe hacerlo una esposa.

El rostro de Dimitri adquirio una expresion tensa, como si de pronto tuviera los ojos irritados. Le observe y el se aparto.

– Eso estaria bien -dijo.

Al principio, me sorprendi por su reaccion. Pero luego recorde que se avergonzaba de la nueva clientela. «Me da igual -pense-, te amo, Dimitri. Soy tu esposa y deseo estar a tu lado, independientemente de lo que ocurra.»

Mas tarde, aquella noche, despues de que Dimitri se fuera, Alexei y Luba me trajeron un regalo. Abri la caja y encontre un chal de cachemira en el interior. Era de un tenue color ciruela, y me lo puse sobre los hombros para ensenarles como me quedaba.

– Te sienta muy bien -comento Alexei-. El color de tu pelo queda estupendamente con la tonalidad del chal.

Los Mijailov se marcharon, y mire por la ventana mientras andaban calle abajo. Justo antes de doblar la esquina, Alexei le paso el brazo a su mujer por la cintura. Era un movimiento muy sencillo y relajado, un toque de afecto confiado que aparece tras anos de intimidad compartida. Me preguntaba si Dimitri y yo llegariamos a ser asi algun dia, pero aquel pensamiento me deprimio. Solo llevabamos casados tres meses y ya estabamos pasando las Navidades separados.

Las cosas parecieron mejorar al dia siguiente, cuando Dimitri vino a verme. Sonreia de oreja a oreja y me acaricio jugueton la cadera.

– ?Tendrias que haberlo visto ayer por la noche! -me dijo-. Fue casi como en los viejos tiempos. Parece que todo el mundo esta harto de esta estupida guerra. Los Thorn, los Roden, los Fairbank, todos estaban alli. La senora Degas aparecio alli con su caniche y pregunto por ti. Todo el mundo se lo paso bien, y dijeron que volverian para Nochevieja.

– Me voy recuperando -le confese a Dimitri-. Ya he dejado de toser. ?Cuando volveras a instalarte en el apartamento?

– Ya veo que estas mejor -me contesto Dimitri, besandome en la mejilla-. Tratare de volver despues de Nochevieja. Tengo muchas cosas que hacer hasta entonces.

Dimitri se quito la ropa y se tomo un bano, ordenandole a Mei Lin que le trajera un whisky. Observe mi palida complexion en el espejo de la entrada. Tenia manchas oscuras bajo los ojos y la piel alrededor de la nariz y de los labios se me habia escamado. «Tienes un aspecto terrible -le dije a mi reflejo-, pero, cueste lo que cueste, tu tambien tienes que ir a esa fiesta.»

«Dame un buen campo y te traere trigo dorado…», escuche como Dimitri entonaba en el bano. Era una antigua cancion sobre la cosecha. Sus canturreos me hicieron sonreir. «Dame una semana mas de descanso y un dia en el salon de belleza e ire a tu fiesta», pense. Y entonces se me ocurrio una idea aun mejor: mantendria en secreto mis intenciones hasta el ultimo momento. Apareceria en la fiesta como un regalo tardio de Navidades para el.

La escalinata del Moscu-Shanghai estaba desierta cuando llegue alli el dia de Nochevieja. Hacia una noche desapacible, y en la entrada no habia alfombra roja ni cuerda trenzada color dorado dispuestas para la elegante muchedumbre. Los dos leones de marmol parecian mirar hacia mi cuando me baje del taxi y me apee al principio de los congelados escalones. Un viento humedo me despeino. Me irrito la traquea y comence a resollar, pero nada iba a impedir que diera mi sorpresa. Me cerre el cuello del abrigo y corri escaleras arriba.

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