mi. Tiene los ojos grandes, muy negros, algo tristes, y una de las manos apoyada en el vientre. El tiene un pie encima del poyete de una fuente de piedra en la que se puede leer: Republica Espanola, 1934.

No son mis padres, eso fue lo que dije, mirando a Ben y a Lucia. Mis padres sois vosotros. Me senti muy tranquilo despues de decir aquello y se me quitaron las ganas de llorar. Seguramente ellos estaban pasandolo peor que yo. Le devolvi la foto a Ben, porque no sabia que hacer con ella. Era evidente que me la habia dado para que me la quedara, pero no se atrevia a decirlo. Por fin afirmo:

Es tuya. Llevo anos esperando el momento de dartela. Te ruego que la aceptes.

Me resultaba sencillamente imposible. Me daba miedo tocar la fotografia. Me quede como estaba, sin decir palabra.

Esta bien, como quieras, dijo Ben. Para el tambien era un trago muy amargo. La volvere a dejar en el Archivo, en deposito, como hasta ahora. Su sentido del deber le hizo anadir: Con foto o sin ella, tu madre es Teresa Quintana, eso no lo puede cambiar nadie. Apoyo la yema del indice en la superficie de papel mate. Por encima de la forma semiovalada de la una se destacaba el rostro aninado de la miliciana. Ben desplazo levemente el dedo hacia la derecha y por un momento crei que iba a anadir: Y tu padre, Umberto Pietri, pero no dijo nada. Volvi a sentir vivos deseos de llorar, pero seguia siendo incapaz de hacerlo. Tenia la garganta muy seca y me raspaba como si la tuviera taponada con arena.

En el fondo del vaso quedaba un resto de carajillo. Lo fui a apurar, pero estaba frio. Abe Lewis cogio la cajetilla de tabaco de la mesa, me ofrecio un Lucky Strike y eligio otro para si. Tras prender los dos cigarrillos con cierta parsimonia, le dio al suyo una calada tan honda que su cabeza desaparecio un momento, arropada por el humo.

Lo cierto es que les habia hecho repetir tantas veces la historia de Teresa Quintana a Ben y a Lucia que se me quedo grabada a fuego en la memoria, pero de tu Umberto Pietri, Abe, nunca supe apenas nada, ni siquiera logre retener el nombre. Lo unico que sabia era que se habia esfumado con el grueso del Escuadron de la Muerte. Eso era todo: su rastro se borraba en Santa Quiteria. No es que me importara mucho, simplemente di por hecho que estaria muerto.

Siete . CUADERNO DE LA MUERTE

Si eres la Muerte, ?por que lloras?

Anna Ajmatova

Enero de 1993

Me sente donde te habia visto tantas veces escribiendo, en la Mesa del Capitan (el puente de mando del Oakland, solia decir Frank). Barri el local con la vista. Teniais razon. Desde alli se dominan perfectamente todos los angulos del bar. Alida, la camarera puertorriquena, hablaba por telefono sentada en un taburete al principio de la barra. La larguisima espiral del cable describia una linea recta que iba desde donde se encontraba ella hasta la base del telefono, en el extremo mas alejado del mostrador. La pista de baile estaba a oscuras, salvo el debil resplandor del pasillo interior del edificio, al otro lado de las puertas giratorias. A su izquierda, la sala de billar parecia un acuario gigantesco. Boy y Orlando, los pupilos del Luna Bowl amigos de Victor, estaban echando una partida. Sus siluetas evolucionaban silenciosamente, sumergidas en una neblina de neon a la que la pintura de la pared daba una coloracion verdosa. Agazapado detras de la caja registradora estaba Raul, el hijo adoptivo de Frank y Carolyn. (Sus padres, me contaste en su dia, murieron en un accidente de trafico siendo el nino. Tiene treinta y cinco anos, y apenas mide 1,40. Todo el mundo le llama Raul el Enano, cosa que a el no parece importarle. Es contable y los miercoles se pasa por el Oakland, a revisar los libros de su padre.) Al unico que no habia visto nunca era al viejo albino que estaba sentado en un taburete al fondo de la barra, con la espalda apoyada en la vidriera de cristal esmerilado, escuchando algo que le decia Manuel el Cubano (despues hablare de el). A medida que me vieron, me fueron saludando todos, hasta los boxeadores, a pesar de que estaban muy lejos. Manolito dejo solo al viejo de la barra, puso un bolero en la Wurlitzer y se fue al bano. Raul alzo la mano derecha, en un gesto caracteristico, que queria decir que me invitaba a lo que quisiera. Alida tapo el auricular, me lanzo un beso y se dirigio hacia la trampilla del sotano. El cable del telefono la siguio como si estuviera enchufada a la pared.

Tiro de la argolla de hierro, alzando la trampilla, y desaparecio en el sotano. Al ver aquello, el anciano se levanto y se dirigio con pasos rapidos hacia la maquina de discos. Un estruendo infernal sacudio repentinamente los cimientos del bar, como si alguien hubiera activado un artefacto explosivo. El albino habia subido el volumen al maximo, accionando el boton oculto en la parte trasera de la Wurlitzer. Excitado por el ruido atronador, se retorcia a carcajadas sujetandose el vientre, como si se le fueran a salir los intestinos. Alida subio precipitadamente del sotano y corto el estrepito de golpe. En medio del silencio subito, el anciano se puso a gesticular espasmodicamente, remedando el movimiento de brazos de un director de orquesta, cada vez con menos fuerza, hasta quedar completamente inmovil, como un muneco mecanico al que se le hubiera acabado la cuerda. Con cara de resignacion, Manuel el Cubano se acerco a el, le ayudo a ocupar el mismo taburete de antes y se quedo a su lado, vigilandolo. Raul me hizo una senal, indicandome que se iba al despacho de su padre a trabajar.

En ese momento, una luz destello fugazmente en la pista de baile. Alguien entro en el Oakland a traves de las puertas giratorias que hay al fondo, atraveso la sala a oscuras y al llegar al arco que la separa del resto del bar se detuvo. Eras tu. Intercambiaste un saludo silencioso con Manuel el Cubano, y te acercaste hacia donde estaba yo. Dejaste un cuaderno encima de la mesa. Alida trajo una botella de vodka y un vaso sin que se los pidieras.

?Lo conoces? me preguntaste, senalando al albino.

No.

Viendolo asi nadie lo sospecharia, pero antes de cumplir los veinticinco anos era primer oficial de un mercante danes, dijiste. Hiciste un mohin y sirviendote un vodka, lo vaciaste de un trago. Tengo una extrana deuda con el. Su historia fue el origen del Cuaderno de la Muerte. Acariciaste la libreta. Claussen llego al Oakland mucho antes que yo. Me fije en el desde el principio; siempre estaba en el mismo sitio, en esa esquina, como si fuera parte del mobiliario, pero nunca llegue a cruzar una sola palabra con el a lo largo de los anos. Todo lo mas, un leve gesto con la cabeza. Una tarde, de manera inopinada, se acerco a mi mesa. Con una voz que no parecia salir de dentro de el, me pidio permiso para sentarse. Mi sorpresa fue mayuscula: la historia oficial era que habia perdido la razon. Para mi siempre habia sido un ser sin vida. Fue como ver a alguien renacer de entre sus cenizas.

Tu eres escritor, ?verdad? me dijo.

Lo mire, incapaz de creer lo que ocurria. Era la primera vez que veia en el a un ser humano, la primera vez que reparaba en sus rasgos, en su mirada, en el timbre de su voz; la primera vez que comprobaba que tenia rostro, ojos, voz propia.

Supongo que le contestaria que si, la verdad es que no lo recuerdo. Lo que si conservo en la memoria es lo que hizo el a continuacion. Se metio la mano en el bolsillo interior del chaqueton azul y saco un recorte de periodico. Me debi de quedar un rato largo contemplando sus unas sucias, el papel arrugado y grasiento, hasta que por fin lo cogi. Me volvio a pedir permiso para sentarme, sin que yo lograra acostumbrarme a su presencia, a ver que era capaz de expresarse casi con normalidad. Lei lo que me habia dado. Aquel recorte y lo que me conto durante los escasos minutos en los que volvio a tener uso de razon me llevaron a empezar esto.

Volviste a acariciar el cuaderno. Era negro, de gran formato, con las tapas duras y los cantos coloreados de amarillo. Una goma elastica lo cerraba longitudinalmente. Te serviste un segundo vodka y lo vaciaste con la misma ansiedad que el primero. Me daba miedo como me mirabas, me hacias sentir un vertigo indefinible, como si me estuvieras franqueando el paso a una zona inaccesible de tu mundo.

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