resulta familiar: es la misma que sorprendi justo antes de que me arrojara la bolsa de viaje a la cara, en Port Authority. Estoy tan absorto estudiando los detalles de la instantanea que no veo llegar el autobus. Cuando se detiene junto a mi, el chirrido del freno hidraulico me hacer dar un respingo. Aunque he llegado el primero, me hago a un lado y espero a que termine de subir la gente que hace cola. Guardo las fotos y subo, inquieto porque no se bien que paso me conviene dar ahora que estoy al tanto de las circunstancias de la rutina de Nadia Orlov. Dejo caer un punado de monedas en la bandejita de acero, mientras oigo el ruido sordo que hace el reborde de goma negra al cerrarse la puerta neumatica tras de mi, dejando el mundo fuera.
Despues del sol radiante de la calle, mi casa me parece un agujero negro, pero no enciendo la luz. Prefiero esperar a que mis ojos se acostumbren a la penumbra. Dejo los sobres en la mesa y llamo a Marc al trabajo. Contesta al primer timbrazo. Me hace bien oir su voz y empiezo a hablar atropelladamente, abrumandole con detalles del informe de Carberry.
?Gal!
Sigo hablando.
?Gal! ?Que te pasa?
Caigo en la cuenta de que me he puesto a contarle mis cuitas sin siquiera tomarme la molestia de saludarlo.
Perdona, Marc. Estoy un poco alterado.
Silencio al otro lado de la linea y luego el murmullo de una voz lejana. Alguien ha debido de entrar en su despacho.
Necesito hablar contigo.
Lo siento, pero ahora no puedo. Tengo que salir a un almuerzo de trabajo. La voz de Marc suena distinta, mecanica, profesional. Ya no volvere por la oficina en todo lo que queda de dia. ?Por que no te pasas esta noche por el Chamberpot y hablamos?
?A que hora?
A partir de las ocho. Lo siento, Gal, pero te tengo que dejar.
Un rayo de luz se cuela por el cristal de la ventana. El sol del mediodia empieza a despuntar por detras de uno de los rascacielos que mantienen mi casa en penumbra las veinticuatro horas del dia. Salvo quince minutos. Eso es todo. En esta epoca del ano, en mi casa solo hay quince minutos de luz natural al dia justo ahora. Quince minutos durante los cuales, si el cielo esta despejado, el sol brilla con fuerza, mientras recorre la distancia que media entre los dos rascacielos que encajonan el patio interior de mi edificio. En el suelo de la cocina se dibuja un recuadro de luz. Me acerco a la ventana, cierro los ojos y espero a que el sol me de de lleno en la cara, antes de que se desvanezca. Cuando vuelvo a sentir la sombra a traves de los parpados, dejo caer la cortina y me siento a la mesa.
No me hago a la idea de que la busqueda ha terminado. Despues de tanta expectacion todo ha ocurrido muy de prisa. He localizado a la chica de la foto, se donde vive, donde trabaja, que hace cada dia. Conozco los detalles externos de su rutina y, si quiero, puedo irrumpir en su vida, pero algo me dice que no debo hacerlo aun. Es como si hubiera llegado a los confines de una zona de niebla. Siento que me he burlado del azar y estoy a punto de desencadenar un juego peligroso. Pero no. Desdeno las dudas y hago un rapido calculo mental. Me da tiempo a corregir lo que me queda de las galeradas y entregarlas en McGraw-Hill antes de que ella termine su turno en la biblioteca.
Hace una tarde calurosa. Desde mediados de septiembre el tiempo se ha mantenido casi constantemente asi, como una prolongacion anomala, cancerosa, del verano. Despues de pasar por McGraw-Hill, subo a pie por la Sexta Avenida y, al llegar al flanco sur de Central Park, giro hacia la izquierda, en direccion a Columbus Circle. Me gusta este camino, porque en la acera que linda con el parque hay siempre una hilera de coches de punto, con los caballos enganchados. Me encanta pasar cerca de ellos, sentir el misterio de su presencia, ni siquiera me molesta el olor acre que desprende su excremento. Sigo por Broadway hasta llegar a los alrededores del Lincoln Center. Hace mucho que no voy por alli. Poco despues de que lo inauguraran solia hacerlo con cierta frecuencia. Cuando aparece ante mi, a la altura de la calle 62, la sobria audacia de su arquitectura de cristal y cemento me sorprende como si lo estuviera viendo por primera vez. Subo los peldanos que dan a la plataforma de piedra donde se alza la fuente, en la plaza principal. El ruido de la ciudad parece haber quedado atras, amortiguado. Me detengo a contemplar el juego de las nubes en el cielo, una procesion de manchas alargadas, que viajan con parsimonia hacia el oeste. La luz ha adquirido una coloracion intensa, de un azul metalico, que se adhiere con precision al contorno de los edificios. En el vestibulo del MET, de frente, a lo lejos, colgados de las paredes, reconozco los Chagall, dos telas gigantescas pobladas de seres irreales que flotan ingravidos en un espacio imposible. Un portero uniformado sale de entre las columnas del Philarmonic Hall. Me ha debido de ver fumando y se acerca a pedirme fuego. Es un hispano joven, con barbita recortada. Me habla en ingles y yo le contesto en espanol. Sonrie al oir su idioma y se inclina hacia delante, estirando mucho el cuello. Acerca su cigarrillo al mio e inhala con fuerza, arrastrando el fuego al suyo.
Gracias. It's a beautiful day, ?no le parece? dice, despues de tragarse el humo, y llevandose la mano a la visera de la gorra, se pierde entre las columnas del edificio.
Sigo hacia la segunda plaza, la plaza norte, a mi derecha. Los dos espacios rectangulares comparten un flanco imaginario. Cuando paso de uno a otro, siento que atravieso una barrera invisible y que al otro lado todo, incluso el aire es diferente. En la zona contigua al estanque hay una arboleda. De la reticula del suelo se elevan unos cubos de marmol, dentro de cada uno de los cuales crece un arbol joven. Las hojas estan cambiando de color, pero aun no han empezado a caer. En las copas brillan con fuerza los colores del otono, una llamarada que recorre toda una gama de matices ocre, rojo, amarillo. La fachada de la Biblioteca Publica queda al fondo, encajonada entre un lateral del MET y los soportales del teatro Vivian Beaumont. Hacia el norte, en un plano elevado, se ve el edificio de la Juilliard School of Music. Me imagino un hilo invisible que une los dos lugares donde Nadia Orlov pasa buena parte de su tiempo. Avanzo con paso deliberadamente lento a lo largo del estanque. La superficie es una lamina de color gris, perfectamente lisa, que absorbe el reflejo de los arboles, de los edificios, de las nubes, que clavan sus figuras invertidas en la profundidad del agua. En el centro, parcialmente sumergidos, estan los dos volumenes que constituyen la colosal Figura Reclinada, de Henry Moore, a la vez serena e inquietante. Subo por la escalinata de piedra que lleva al Conservatorio y lo primero que veo al llegar arriba es la libreria. Por los alrededores de la Juilliard se ven grupos de estudiantes. Me pierdo entre ellos, observando con especial interes a las chicas de la edad de Nadia, tratando de imaginarme como seran sus vidas, que secretos descubriria si me diera por contratar a un ejercito de Carberrys para que indagaran en sus trayectorias cotidianas.
Cuando apenas faltan diez minutos para las seis decido volver a bajar. En lo alto de la escalera me cruzo con una estudiante que va abrazada a un estuche en forma de violonchelo y me sonrie. El sol ha empezado a declinar, y va llenando de sombras el cuenco de la plaza norte. Cuando llego al borde del estanque levanto la vista y veo flotar en el aire los ultimos rescoldos de luz diurna. Me situo en un banco, junto a un arbol. Desde alli se domina la entrada de la biblioteca, pero he apurado demasiado el tiempo. Apenas me siento cuando la veo aparecer. Instintivamente, me pongo de pie y me refugio detras del arbol, como si el tronco, apenas algo mas grueso que mi brazo, pudiera ocultarme. Ella echa a andar de prisa. La sigo. A la altura de la plaza principal, la pierdo de vista unos instantes. Cuando llego alli, veo que han encendido las luces de la fuente. Al otro lado del penacho de agua distingo su silueta. Aguardo a que desaparezca. Decido que por hoy con esto basta.
Vuelvo a la biblioteca, a fin de familiarizarme con el lugar donde trabaja. El vestibulo es muy amplio. Al fondo, hay un grupo de gente esperando el ascensor. Me uno a ellos. Recorro con detenimiento las tres plantas del edificio, bajando de una a otra por las escaleras. En el entresuelo busco la sala de archivos, donde, segun el informe de Carberry, trabaja ella.
Hay un mostrador, unas cuantas sillas vacias y una puerta con un cartel que dice: Solo Empleados. Me paseo por entre los estantes y llego a una sala de lectura. Observo a los usuarios que ocupan los pupitres, pensando que regresare alli al dia siguiente y me siento en uno al azar. Por hoy con esto basta, repito para mis adentros. Este era el tiempo que necesitaba: justo el suficiente para volver a verla. Ahora que lo he conseguido, compruebo que la inexplicable inquietud que se adueno de mi cuando me salio al paso en Port Authority, persiste. Manana se puede cerrar la espiral que llevo clavada dentro desde entonces. Ya no tiene sentido dejar la herida abierta por mas tiempo.
Por la noche, en el Chamberpot, le muestro el juego de fotos a Marc. Las va
